sábado, 21 de febrero de 2015

Capitulo 8 -Conquistandote-

Rafe Dancer no se dejaba intimidar fácilmente. Negó con la cabeza.
-Sabes que no puedo hacerlo. Si ella hubiera querido darte sus señas te las habría dado. No puedo violar la intimidad de uno de mis huéspedes.
-Maldita sea, Rafe. Tú me conoces. Sólo quiero encontrarla y hablar con ella. Si me pide que me vaya, lo haré. Dame sus señas, por favor.
-No, Pedro. Ni siquiera a ti.
Maldiciendo entre dientes, Pedro empezó a caminar de un lado a otro del despacho de Rafe con grandes zancadas.
Apoyándose contra el escritorio, con los brazos cruzados, Rafe miró pacientemente a su amigo.
-¿Qué le dijiste para enfadarla?
-Nada -espetó Pedro-. Se ha ido por que se ha asustado. Porque lo que comenzó como un mero flirteo de verano acabó convirtiéndose en mucho más.
-¿Hace cuánto la conoces...? ¿Un par de días?
-Eso no importa. Tengo que encontrarla, Rafe.
-No, Pedro.
Pedro golpeó con el puño una mesita de madera de cerezo que tenía aspecto de ser bastante cara. Milagrosamente, no se rompió. Rafe se limitó a seguir mirándolo, sin mostrarse aparentemente preocupado por la decoración de su despacho.
Pedro volvió el rostro hacia su amigo.
-Dime una cosa, Rafe -dijo, entrecerrando los ojos-. ¿Qué habrías hecho si alguien hubiera tratado de mantenerte alejado de T.J.?
-Me habría lanzado a su cuello -replicó Rafe y, echando ligeramente la cabeza atrás, añadió- ¿Quieres intentarlo?
Pedro permaneció un momento pensativo.
-Si acepto la apuesta y gano, ¿me darás las señas de Paula?
-No.
Pedro soltó otra maldición y se volvió.
-Menudo amigo eres tú.
La mandíbula de Rafe se tensó.
-Hay algunas cosas que no puedo hacer, ni siquiera por un amigo.
Pedro tuvo el detalle de mostrarse avergonzado.
-Lo siento -murmuró-. Pero no puedo soportar la idea de que Paula desaparezca de mi vida sin al menos hablar una vez más con ella.
-Entonces, búscala. Pero tendrás que hacerlo sin mi ayuda.
Pedro asintió, serio.
-Eso es lo que voy a hacer.
-Buena suerte.
Desde la puerta del despacho, Pedro dijo:
-Respeto tu integridad, Rafe. Siempre lo he hecho.
-Gracias, Pedro. Y asegúrate de decirle a la señorita Chaves que he respetado su intimidad, ¿de acuerdo?
-Sí, claro, lo... -Pedro se quedó paralizado por un momento, dándose cuenta de lo que acababa de hacer Rafe-. Gracias.
Con expresión dura, Rafe señaló con la barbilla hacia la puerta.
-Y ahora, si me disculpas, tengo mucho trabajo entre manos. Vuelve a la isla cuando quieras, Pedro. Siempre serás bienvenido.
Pedro asintió.
-Tal vez vuelva para mi luna de miel -dijo, y salió del despacho.
Chaves. Paula Chaves, de Georgia.
La encontraría aunque tuviera que buscar a todos los Chaves del estado.

La familia de Paula estaba esperándola en el aeropuerto de Atlanta.
Miranda llevaba demasiado maquillaje, pensó Paula de inmediato al ver el colorido rostro de su hija de trece años. Su gemelo, Michael, estaba ligeramente detrás de los demás, y su expresión revelaba que algo le desagradaba. Probablemente, algo que su hermana había dicho, pensó Paula, reprimiendo una sonrisa. últimamente sus hijos no se llevaban demasiado bien, y los pocos días que habían pasado solos con su a veces difícil abuela no debían haber ayudado a mejorar las cosas.
La madre de Paula, Ernestine Pratt Chaves, tenía una expresión parecida a la de su nieto. Su hija supo de inmediato que estaba haciendo lo posible para que pareciera que los pocos días que había pasado sola con sus nietos la habían agotado, sólo para culpabilizar.
Pero, en esa ocasión, la treta no le iba a funcionar. Aquellas breves vacaciones habían sido una necesidad imperiosa para Paula. Necesitaba paz, tranquilidad, una escapada de la tensión... la diversión que había encontrado con Pedro, a pesar de que, probablemente, éste no tendría ni idea de cuánto habían significado para ella los ratos que habían pasado juntos.
Pero ahora no podía pensar en Pedro.
Se acercó a sus hijos, abriendo los brazos. Miranda se lanzó entre ellos de inmediato, charlando a toda velocidad sobre todo lo que le había pasado durante la ausencia de su madre. Michael respondió con más calma, pero su abrazo fue lo suficientemente fuerte como para hacer saber a Paula que la había echado de menos.
Ernestine se inclinó lo justo para besar la mejilla de su hija.
-Las vacaciones parecen haberte sentado bien -reconoció, reacia-. Pareces más descansada.
-Es cierto. Y me siento muy bien. Y ahora, me gustaría invitarte a una buena comida por haber cuidado de los niños.
La expresión de Ernestine se animó de inmediato.
-Hay un nuevo restaurante italiano que me gustaría conocer, aprovechando que estamos en Atlanta. Ése al que van todos los famosos cuando vienen a la ciudad.
Paula pensó en sus ropas arrugadas por el viaje y en su mermada cuenta bancaria. Habría preferido ir directamente a Campbelville, darse un largo baño y acostarse. Pero sabía lo que hacía falta para que su madre se sintiera feliz.
-De acuerdo, madre. Si es ahí donde quieres comer, allí iremos.
Con una ligera punzada de pesar, Paula apartó sus tropicales recuerdos al fondo de su mente, guardó el broche de la flor en su bolso y volvió a su vida real.

Paula tuvo que trabajar el día de su cumpleaños. Consiguió sonreír mientras sus compañeros en la empresa constructora le entregaban sus regalos y hacían jocosos comentarios sobre lo terrible que era llegar a los treinta.
Para cuando llegó a su casa esa tarde, estaba cansada de mostrarse amable. Había decidido que era mucho menos agotador un día entero de trabajo que pasar ocho horas celebrando un cumpleaños.
Pero la celebración aún no había terminado. En cuanto abrió la puerta de la casa que compartía con sus hijos y su madre, oyó a los gemelos exclamar:
-¡Feliz cumpleaños!
Paula volvió a adoptar su sonrisa de día de cumpleaños y renunció al largo baño caliente que pensaba darse. Faltaba un buen rato para que pudiera disfrutar de tal lujo.
Ernestine preparó la comida para la celebración. Después, los gemelos limpiaron la cocina sin apenas discutir, una concesión especial para la ocasión. Y luego insistieron en que Paula abriera los regalos.
Ernestine regaló a su hija una colección de caras cremas y lociones pensadas para ocultar los indicios naturales del envejecimiento. Sabiendo lo que se esperaba de ella, Paula se mostró encantada con el regalo. Esperaba ver el precio de éste cargado en su cuenta en el siguiente extracto que le mandaran del banco. Paula se había ocupado de mantener a su madre y a sus hijos desde que Ernestine, a la que aún faltaban unos años para llegar a la edad de la jubilación, sufrió una infección de pulmón que, según ella, la dejó demasiado delicada como para volver a trabajar.
A Paula no le importaba mantener a su madre, considerándolo una deuda con ella. A pesar de su manifiesta desaprobación y evidente humillación, Ernestine estuvo a su lado cuando, siendo poco más que una niña, se encontró esperando gemelos.
Su madre se sacrificó mucho para conseguir un nuevo hogar para su hija y sus nietos en una población en la que pudieran vivir tranquilos, manteniéndolos a todos hasta que Paula pudo hacerse cargo. Ernestine aún ayudaba mucho en las tareas de la casa, aunque no sin recordar ocasionalmente a su hija todo lo que hacía. Pero había veces en que la magnitud de las responsabilidades de Paula superaban a ésta, manifestándose en migrañas que se sentía impulsada a ocultar y en una dieta continuada de pastillas anti acidez.
Aunque Paula quería a su madre, Ernestine no era una mujer con la que resultara fácil vivir. Cuando, finalmente, el día de su cumpleaños terminó, Paula abrazó a sus hijos y los mandó a la cama. El resto de su cumpleaños lo pasó haciendo la colada y preparándolo todo para el día siguiente. Para cuando fue a su dormitorio, se sentía agotada... y bastante vieja.
Mientras se limpiaba la cara para aplicarse una de las cremas que le había regalado su madre, puso la radio para escuchar algo de música. El volumen estaba bastante bajo y apenas prestó atención a la música mientras se desvestía para meterse en la cama.
Entonces reconoció una melodía y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Stardust.
La famosa y sentimental melodía pareció invadir el dormitorio. Si cerraba los ojos y se esforzaba, Paula casi podía imaginar que estaba de vuelta en la playa, paseando bajo la luz de la luna, sintiéndose joven y feliz mientras Pedro la tomaba entre sus brazos para bailar.
Ella quiso los recuerdos, se dijo. Pensó que la consolarían.
¿Cómo iba a saber entonces que sólo servirían para atormentarla?
Por enésima vez desde que había vuelto de Serendipity, se preguntó si Pedro pensaría alguna vez en ella.

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Aca les dejo los dos capitulos! Espero que comenten, porfii tw @Floor_PauChaves

2 comentarios:

  1. Me encantaron los 2 caps. Pobre Pedro, está desesperado x encontrarla. Y cuando la encuentre no la va a dejar escapar.

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  2. muuy buenooo ambos capitulos.. espero q Pedro la encuentre rapido

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