viernes, 20 de febrero de 2015

Capitulo 5 -Conquistandote-

Pedro se sentía muy bien mientras iba hacia su cabaña, dónde pensaba darse una ducha y hacer luego una llamadas que llevaba retrasando un par de días. Sólo estaría matando el tiempo hasta volver a ver de nuevo a Paula, pensó, con una sensación de anhelo que encontró a la vez divertida y un poco inquietante.
¿Qué estaba sucediendo entre ellos? ¿Qué era lo que le hacía sentir aquella mujer? Fuera lo que fuese, era poderoso. Increíble. No se parecía a nada que hubiera sentido hasta entonces.
Había algo en la mirada de Paula que le llegaba de una forma muy especial. Una dulzura, una inocencia en sus brillantes ojos azules que contrastaba de forma intrigante con el aire de madurez y endurecida experiencia que proyectaba a veces. Estaba fascinado por su forma de pasar de la cautela al atrevimiento, de la timidez al encantador descaro, de la precaución a la abierta pasión.
Todo en ella lo fascinaba. Y quería averiguar más.
Entró en la cabaña y se quitó la camiseta, arrojándola sobre una mecedora. La cabaña era acogedora y estaba impecablemente amueblada. Sólo lo mejor para los clientes de Rafe Dancer, pensó Pedro con una sonrisa. No había duda de que Rafe lo había logrado. Un hogar en el paraíso, unos empleados leales dispuestos a hacer lo que fuera por él, una inteligente y bella esposa y un guapo y saludable hijo. Un gran cambio respecto a como Pedro lo conoció ocho años atrás, mientras investigaba para su primera novela.
Rafe trabajaba entonces en la Brigada Antidroga.
Cuando lo conoció, era un hombre duro y peligroso que raramente sonreía. Un solitario. Y sin embargo, a Pedro le gustó. Se hicieron amigos durante las semanas que trabajaron juntos y desde entonces se habían mantenido esporádicamente en contacto. Cuando Rafe dejó su trabajo para abrir aquel centro turístico, Pedro recibió una invitación abierta para visitarlo. Aquella era la segunda vez que había aceptado la oferta de Rafe.
La vez anterior no había disfrutado ni la mitad. Paula no estaba allí.
Pensó en la extraña mirada de Rafe cuando lo encontró besando a Paula. Sintió la tentación de ir a buscar a su amigo y preguntarle si fue así como se sintió cuando conoció a T.J. Harris, la temperamental, inteligente y graciosa reportera que Rafe rescató y con la que luego se casó.
Pero algo lo detuvo. Aún no estaba listo para hablar de Paula, ni siquiera a Rafe. Después de todo, ¿qué podía decir? ¿Que había visto a una mujer sentada en la playa y que desde entonces no había podido apartar la mirada de ella? ¿Que habían bailado y se había sentido como si por fin hubiera encontrado a la compañera que llevaba buscando toda su vida? ¿Que se había colado locamente por ella incluso antes de saber su apellido? No podía decir nada de eso. Quería esperar, pasar más tiempo con ella, averiguar si aquellos sentimientos eran tan especiales como parecían.
Y sin embargo, no podía evitar pensar que Rafe comprendería. Después de tres años, su amigo seguía visiblemente enamorado de su mujer y adoraba a su hijito. Estaba satisfecho de un modo en que no lo estaba cuando Pedro lo conoció.
Y si eso podía pasarle a Rafe Dancer, podía pasarle a cualquiera. Incluso a él.

Paula colgó el teléfono con fuerza, casi con rabia. Aún podía escuchar el eco de la fría voz de su madre. Aunque todo iba bien en casa, la madre de Paula seguía desaprobando que su hija se hubiera tomado aquellas vacaciones. Palabras como “irresponsable” y “egoísta”, habían marcado la conversación junto con preguntas como, “¿Y si sucede algo malo aquí mientras tú estás ahí tomando el sol? ¿Cómo puedes disfrutar estando tan lejos de tu familia?”
Resentida por lo injusto de las acusaciones de su madre, Paula se cepilló el pelo con rápidas y fuertes pasadas.
-Egoísta -murmuró-. Irresponsable. No puedo creer que me haya hablado de esa manera.
Paula se había convertido en un modelo de responsabilidad. Durante los pasados trece años había trabajado y luchado y cuidado de todos excepto de sí misma. Aunque no lamentaba en lo más mínimo lo que había echo por su familia y nunca se arrepentiría de haber tenido a sus hijos, no podía evitar echar de menos los años de juventud que había perdido. Se negaba a sentirse culpable por haberse tomado unos días para relajarse y divertirse, sobre todo teniendo en cuenta que no la necesitaban en casa durante esa semana, a pesar de las insinuaciones de su madre en sentido contrario.
No quería ni pensar en lo que habría dicho su madre si la hubiera visto pegada a un hombre que era todavía un virtual desconocido.
Se miró en el espejo mientras se pintaba los labios, fijándose involuntariamente en las pequeñas líneas que se estaban formando en el borde de sus ojos. Pensó en su cercano cumpleaños. A pesar de que sabía que aún era joven, los treinta le parecían de repente muchos. Tal vez porque tuvo que renunciar a su juventud tan bruscamente, por haberse visto forzada a asumir las responsabilidades de un adulto antes de estar preparada para ello.
No era infeliz en su vida, ni mucho menos, se dijo mientras miraba la foto de los gemelos que tenía en la mesilla de noche. Sólo era su cercano cumpleaños lo que la tenía alterada, decidió.
Por lo que había oído, la mayoría de las mujeres encontraban inquietante su treinta cumpleaños. Todo lo que pedía era una última noche de libertad antes de volver a la tensa pero también satisfactoria rutina de su vida normal. Una ligera y privada despedida de sus veintitantos. ¿Y qué podía ser mejor que compartirlos con un hombre guapo y encantador que le hacía sentirse joven, bella... y deseable?
Una llamada a la puerta le hizo echar una última mirada al espejo para comprobar su aspecto. Se había dejado el pelo suelto, cayendo sobre los hombros, sólo cubiertos por las estrechas tiras del vestido color crema que se había puesto. Éste marcaba con suavidad sus generosos senos, su cintura y caderas, cayendo luego en una vaporosa falda que llegaba justo por encima de sus rodillas.
-Una noche más- susurró a los dos sonrientes rostros de la fotografía que había sobre la mesilla de noche-. Eso es todo lo que pido.
Luego fue a abrir la puerta. Casi se quedó sin aliento al ver que Pedro había elegido ponerse unos exquisitos pantalones grises con una camisa azul que marcaba sus bien proporcionados hombros y pecho. Parecía demasiado bueno para ser real.
-Te he traído algo -murmuró el, extendiendo una mano.
Con cierta cautela, Paula tomó la pequeña cajita que le ofrecía y abrió la tapa. Y entonces sonrió. La caja contenía un pequeño broche de oro con la forma de una de las flores tropicales que tanto había admirado en la isla. Los pétalos eran de un brillante rojo y las hojas verdes. Parecía tan real que casi pudo oler su aroma.
-Es preciosa, Pedro -dijo, preguntándose si debía aceptar aquel regalo de un hombre que seguía siendo un desconocido para ella.
-Me ha hecho pensar en ti -replicó Pedro, satisfecho con la expresión de Paula-. Quería que tuvieras un recuerdo.
Un recuerdo... ¡Como si alguna vez fuera a olvidar a aquel hombre!
Impulsivamente, Paula cerró los dedos en torno a la caja y tomó su decisión.
-Gracias.
-De nada. Y ahora, vamos a bailar, ¿de acuerdo?
Sin más dudas, Paula se sumergió de nuevo en la fantasía.

Pedro tampoco pudo dejar de mirar a Paula aquella tarde. Estaba preciosa. Su oscuro pelo rubio brillaba a la luz de las velas, que se reflejaban en sus intensos ojos azules. Su ligero vestido revelaba su garganta y hombros, mostrando un poco de escote.
Belleza. Inteligencia. Madurez. Afición por las películas y las canciones clásicas. Pedro empezaba a preguntarse si sería real.
Apenas sabía nada de ella, pero quería llegar a saber muchas cosas. Por ejemplo, su apellido, donde había nacido, su profesión, su pasado... si iba a tener que luchar con otro hombre para conquistarla.
Sorprendido de su creciente curiosidad, Pedro se obligó a ser paciente. Habría tiempo de sobra para hacer preguntas. Pero esa noche había que bailar, que beber champán y disfrutar de la luna que sonreía sobre ellos. Sabía muy bien lo rápido que las ilusiones se perdían en la realidad.
La orquesta estaba tocando una melancólica versión de Moonlight in Vermon. Pedro balanceaba lentamente a Paula entre sus brazos, mirándola a los ojos, sonriendo. Dio algunos giros cerrados y ella lo siguió con total precisión, como si llevaran bailando juntos muchos años. La apartó de sí con suavidad, le hizo dar un giro bajo su brazo alzado y luego tiró de ella de nuevo contra su pecho.
Paula rió suavemente y apoyó la mejilla contra su hombro.
-No sabía que podía bailar así hasta que he bailado contigo -confesó.
A Pedro le gustó cómo sonaba aquello... como si nadie más hubiera bailado realmente con ella antes que él. Se sorprendió al comprobar lo posesivo que se sentía. No tenía ningún derecho a sentirse posesivo por una mujer a la que apenas conocía. Pero no podía remediarlo.
-Supongo que todas esas clases de baile que mi madre me obligó a tomar han servido para algo -replicó en tono ligero.
-Evidentemente, tu madre es una mujer muy sabia.
-Es una mujer sorprendente. Tuve suerte de ser criado por ella.
-Es bonito que tú y tu madre os sintáis tan cercanos.
Pedro creyó percibir cierta melancolía en las palabras de Paula. ¿Tendría problemas con su madre? O era posible que ésta hubiera muerto.
Deseó conocerla lo suficiente como para poder preguntar sin aparentar que estaba cotilleando.
En lugar de ello dijo:
-A mi madre le gustarías.
Sintió que Paula se ponía casi imperceptiblemente rígida entre sus brazos. No respondió.
Una pareja mayor, de unos sesenta y cinco años, se acercó a ellos bailando.
-Estábamos comentando lo agradable que es ver a una pareja joven disfrutando de las viejas canciones -dijo la mujer-, y que además saben cómo bailarlas. Pedro sonrió.
-¿Cómo no íbamos a disfrutar de algo así?
-Mucha gente de vuestra edad sólo sabe contorsionarse con ese ruido que llaman música -dijo el hombre, en tono despectivo-. No se hace buena música desde el cincuenta y cuatro.
-Vamos, Gus, no exageres. Elvis ni siquiera había empezado a cantar en el cincuenta y cinco -dijo su mujer, mientras se alejaban de Paula y Pedro.
Pedro sonrió. Cuando miró a Paula vio que ésta se estaba esforzando para no reír.
-¿Te ha sonado familiar ese acento?
-Yo diría que son de Mississipi -replicó Paula con exagerado orgullo-. Yo soy de Georgia.
Pedro se alegró de haber averiguado algo nuevo sobre ella, aunque hubiera sido de forma tan indirecta. -Debería haber notado la diferencia de inmediato.
-Por supuesto. Mi acento y el suyo no se parecen en nada -Paula remarcó las últimas palabras añadiéndoles media docena de sílabas y haciendo sonreír a Pedro.
Se alegraba enormemente de haber ido a Serendipity.

Tomados de la mano, Paula y Pedro caminaban por la desierta playa a la luz de la luna. Ella no pudo evitar pensar que era como una escena de una película romántica.
Qué bonito recuerdo sería aquél cuando volviera a la realidad, pensó, melancólica.
Pedro la miró, sonriente.
-Se está haciendo tarde.
-Sí.

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