Pedro se sentía ridículo mientras esperaba a Paula en el fondo de un pequeño restaurante que se hallaba a unas diez millas de Campbellville. Paula se había mostrado tan furtiva cuando se habían citado que no le habría sorprendido demasiado que le hubiera pedido que se pusiera un disfraz.
¿Por qué tenía tanto miedo de que la vieran con él? A fin de cuentas, la gente ya sabía que estaba allí. El estaba acostumbrado a la curiosidad que despertaba y a la atención que le prestaban. Al parecer, Paula no.
Llevaba unos diez minutos esperando cuando Paula entró. Fue directa a la mesa del fondo en la que le había dicho que se sentara. Llevaba un jersey color crema de manga corta, unos pantalones de color azul marino y el pelo sujeto en un moño tras la cabeza. Era evidente que se había vestido para no llamar la atención.
-Siento haberme retrasado -dijo, sentándose frente a él-. He tenido que hacer un recado de camino.
Pedro la miró unos segundos.
-Estás enfadada -dijo, finalmente.
Ella hizo una mueca.
-Sí.
-¿Conmigo? -Pedro se preguntó si estaría enfadada porque la hubiera seguido.
Supuso que no podía culparla si era así, pero esperaba poder convencerla de que lo único que pretendía era volver a verla.
Pero Paula negó con la cabeza.
-Acabo de recoger las cosas de mi hijo de la casa del amigo con el que se suponía que iba a pasar la noche. El padre del chico me ha ridiculizado por haber castigado a Michael. Ha decidido reírse de mí frente a su hijo, al que no ha castigado, por supuesto.
Pedro movió la cabeza.
-No le está haciendo ningún favor a su hijo.
-Prácticamente le estaba dando palmadas de orgullo en la espalda. Parece que encuentra todo el incidente muy divertido. Según él es algo que los adolescentes hacen de forma natural cuando están juntos.
-Lo siento por su hijo -dijo Pedro-. Así no va a aprender a responsabilizarse de sus actos. Creo que es labor de los padres enseñarles eso.
-Yo pienso lo mismo -asintió Paula-. Cometí muchos errores siendo adolescente, y me gustaría evitar que mis hijos hagan lo mismo. No esperaba que un adulto fuera a tratar de sabotear mis esfuerzos.
-No dejes que eso te influya, Paula. Haz lo que consideres mejor para tu hijo y deja que los demás se preocupen por los suyos.
Paula asintió, pensativa.
Pedro encontró extraño estar allí sentado, aconsejando a la mujer con la que había estado obsesionado las dos semanas pasadas. Hasta ayer, ni siquiera sabía que tenía hijos.
Una joven camarera se acercó a la mesa.
-¿Qué quieren tomar?
Sin mirar el menú, Paula pidió una sopa vegetal y un sándwich de pavo. Pedro pidió lo mismo. Cuando la camarera se alejó, sin ninguna prisa, Paula suspiró, apartó de su mente sus problemas familiares, al menos de momento, y miró directamente a Pedro.
-Lo siento -dijo-. Supongo que para ti no tiene ningún interés hablar de los problemas de mis hijos.
-En eso estás equivocada -replicó Pedro, alargando una mano y apartando un mechón de pelo de la frente de Paula-. Estoy interesado en todo lo que tenga relación contigo.
Un ligero rubor tiñó las mejillas de Paula. Se miraron a los ojos y, por un momento, recuperaron la intimidad que compartieron en Serendipity. Por unos segundos no hubo nadie allí más que ellos. Finalmente, Paula se aclaró la garganta.
-Le he contado a todo el mundo la historia que inventaste sobre el motivo que te ha traído aquí. Tengo la sensación de que me han creído.
Pedro asintió.
-Noté que te resultaba incómodo que la gente pensara que había algo personal entre nosotros.
-Eso es porque no lo hay. A fin de cuentas, apenas nos conocemos.
Pedro volvió a alargar la mano y le acarició la mejilla con ternura.
-No dejas de decir eso, pero no estoy de acuerdo -murmuró-. Llegamos a conocernos bastante bien en la isla.
Paula lo miró con gesto incrédulo.
-No creo. No te dije que tenía gemelos. Tú no mencionaste que eras un escritor conocido. Ni siquiera nos dijimos nuestros apellidos.
-Detalles sin importancia -afirmó Pedro-. Llegamos a conocernos a un nivel más profundo.
Deslizó un dedo hasta la boca de Paula y acarició su carnoso labio inferior. Le estaba recordando que conocía su sabor. Sabía lo que era tenerla temblando entre sus brazos.
Y no podía esperar a volver a tenerla así, le dijo con la mirada.
Paula apartó rápidamente la vista y trató de hablar con firmeza.
-A los dos nos gustan las viejas películas, la música y bailar -dijo, con voz tensa-. Pero eso resume mas o menos todo lo que tenemos en común.
Pedro permaneció un momento pensativo y luego asintió.
-Es un buen comienzo.
-¿Para qué? -preguntó Paula, sinceramente confundida.
-¿Para qué crees? -preguntó él, exasperado-. ¿Crees que he pasado todo este tiempo pensando en ti por mera curiosidad? ¿Crees que habría presionado a un viejo amigo para conseguir tu apellido y que estaba dispuesto a llamar a todos los Chaves de Georgia sólo para pasar a decirte hola?
Paula retorció sus dedos sobre la mesa.
-No sé qué más puede haber.
-Pues yo creo que puede haber mucho más -replicó Pedro-. Conectamos de una forma bastante especial en Serendipity. ¿Puedes decirme con sinceridad que no lo sentiste?
Paula no se sentía capaz de mirarlo a los ojos.
-Yo... er...
Pedro se inclinó hacia ella y murmuró:
-Dime que no has pensado en mí durante estas dos semanas y aceptaré que todo ha sido cosa mía. Creeré que vi en nuestro encuentro algo que no hubo.
-No todo fue cosa tuya -concedió Paula tras un momento de duda-. Yo también sentí algo. Pero me convencí de que fue por lo que me rodeaba. El ambiente romántico, la irrealidad de todo ello...
Pedro miró a su alrededor.
-Ahora no se puede decir que estemos en un lugar especialmente romántico -dijo-. Este sitio está firmemente asentado en la realidad. Pero eso no cambia lo que siento estando contigo.
Paula bajó la mirada y tragó. Pedro vio el pulso latiendo en el centro de su cuello.
-No sé qué quieres que diga -murmuró.
-Dime cómo te sientes.
-Halagada -admitió Paula-. Confundida. Un poco escéptica. Muy nerviosa.
Pedro asintió, intrigado por sus palabras.
-Eso es sincero, desde luego. ¿Qué te pone más nerviosa, yo o mi reputación?
-Tu reputación -contestó Paula sin dudar-. Me siento perfectamente con Pedro, el hombre que conocí en la isla.
Él sonrió.
-Eso era exactamente lo que esperaba...
-Pero -interrumpió Paula con firmeza-, no me siento nada cómoda con Pedro Alfonso, el famoso escritor. Eres material de primera para el cotilleo, y cualquiera que sea visto contigo queda incluido. No quiero encontrar mi fotografía en alguna revistucha con todos los detalles de mi vida expuestos para que cualquiera pueda leerlos.
Pedro la miró pensativamente.
-¿Has tenido alguna experiencia con las revistas de cotilleo?
-He tenido demasiadas experiencias con el cotilleo mismo -contestó Paula-. Y juré no volver a ponerme a su alcance.
La camarera se acercó con la comida y dejó todo en la mesa.
Pedro miró su plato, comprobó que no tenía hambre y luego miró a Paula, que no parecía más interesada que él en comer.
-¿Sabes por qué fui a esa isla solo?
-Supongo que necesitabas unas vacaciones.
-Ésa es una explicación superficial. No estaba satisfecho con mi trabajo, con la dirección que estaba tomando mi carrera, con el futuro que veía ante mí. No podía recordar la última vez que me sentí feliz -alargó una mano y cubrió con ella la de Paula-. Pero me sentí feliz estando contigo.
Paula no pudo evitar emocionarse.
-Oh, Pedro.
-Querías saber por qué he venido a buscarte, y ése es el motivo.
Ella asintió con cierta cautela.
Pedro pudo entenderlo. Él mismo no estaba seguro de qué esperaba cuando fue a buscarla.
Miró sus manos unidas sobre la mesa. Parecía tan natural tocar a Paula, estar con ella. No quería volver a Los Ángeles para tratar de olvidarla de nuevo. Sabía que no lo lograría. Había demasiadas emociones sin resolver entre ellos.
La miró a los ojos, encontrando su expresión preocupada, pero también receptiva.
-Si fuera un vendedor de seguros y nos hubiéramos conocido en una reunión social y te pidiera que cenaras conmigo, o que vinieras al cine, ¿qué dirías? -preguntó, impulsivamente.
Las cejas de Paula se alzaron.
-¿Y cómo se supone que voy a contestar a eso?
-Con sinceridad.
-Probablemente aceptaría.
-¿Por qué?
Paula miró a Pedro, confundida.
-¿Por qué? -repitió.
-¿Por qué aceptarías? ¿Porque yo te parecería un tipo agradable, un hombre al que no te importaría llegar a conocer mejor?
-Bueno... sí, pero...
Pedro asintió, satisfecho al comprobar que el mayor problema que había entre ellos era su condición de celebridad. De manera que lo único que tenía que hacer era convencer a Paula de que sólo era un tipo normal que se había colado por una mujer muy deseable... ella.
Se irguió en el asiento y alargó su mano derecha hacia Paula.
-¿Qué tal, señorita Chaves? Soy Pedro Alfonso. Me encantaría venderle un seguro, pero, ¿qué tal si antes vamos al cine y a cenar?
Se quedó encantado cuando Paula rió.
-Estás loco -murmuró.
-Probablemente -Pedro pensó que, de lo contrario, no estaría allí-. Pero soy bastante inofensivo. ¿Vas a darme la ocasión de demostrártelo?
-Ya te lo he dicho, Pedro. No eres tú el que me preocupa. Es todo lo que acarrea el ser vista contigo.
-¿Vas a dejar que los cotilleos dicten tu vida? ¿Estás dispuesta a darles tanto poder sobre ti? -preguntó Pedro en tono retador.
Paula alzó la barbilla.
-No comprendes.
-No del todo -asintió Pedro-. Y me gustaría saber por qué te preocupa tanto eso. Pero antes quiero que me digas si estás dispuesta a dar una oportunidad a nuestra relación. Preséntame a la verdadera Paula Chaves.
Paula ladeó la cabeza y lo miró pensativamente. Entonces alargó una mano y estrechó la que le ofrecía Pedro.
-Hola, Pedro Alfonso. Soy Paula Chaves.
El reto había sido ofrecido y aceptado, comprendió Pedro.
Ahora debía asegurarse de que ambos ganaran.
Cuando terminaron la sopa, ya templada, y el sándwich, Paula dijo que tenía que volver a la oficina. Pedro pagó la comida y la acompañó al coche.
-¿A qué hora te recojo esta noche?
Paula estaba a punto de contestar, cuando, de repente, se palmeó la frente.
-Esta noche no puedo salir contigo.
Pedro frunció el ceño, suspicaz.
-¿Por qué?
-Mi hijo tiene un partido de béisbol. Me perdí el último porque trabajé hasta tarde. No puedo volver a perdérmelo esta noche.
Pedro se relajó.
-Entonces iré contigo a animarlo.
Paula casi gimió. Ya podía escuchar las murmuraciones que causaría aquello. Pero no se le ocurría ninguna forma de pedirle a Pedro que no fuera sin resultar grosera.
-No será muy divertido -aseguró-. Hace calor en el parque. Estará abarrotado, habrá mucho ruido...
Pedro asintió y su boca se curvó levemente con una sonrisa.
-He ido a varios partidos de ésos en mi vida. Sé lo que esperar -su sonrisa se ensanchó al ver que Paula suspiraba-. Me portaré bien. Te aseguró que haré que no te avergüences.
-No hará falta -murmuró Paula-. Los demás se ocuparán de eso.
Pedro se puso serio.
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