Volvía a mirarla.
Paula observó al hombre que se apoyaba contra una palmera en el otro extremo de la pista de baile. La luz de las bombillas que colgaban de lo alto y de las velas que había en las mesas ocultaba en intrigantes sombras su atractivo rostro, acrecentando el aire de misterio que lo rodeaba. Pensó en él como en un pirata, una ilusión creada por el entorno caribeño en que se hallaban, por su floja blusa negra, sus ceñidos pantalones negros y el oscuro pelo que caía descuidadamente sobre su frente.
Aquel hombre le fascinaba.
Paula dio un sorbo de champán y se dijo que las burbujas se le debían estar subiendo a la cabeza. Sólo porque fuera atractivo hasta el pecado, porque pareciera estar mirándola cada vez que se volvía, no había motivo para dejarse llevar hasta esos extremos por la fantasía.
Y sin embargo, una vocecita en su interior no dejaba de preguntar, “¿por qué no vas a dejarte llevar?·. Aquellas vacaciones en la isla Serendipity eran su última aventura antes de cumplir los treinta. Eran una oportunidad para recordar lo que era ser joven, libre, atrevida... y no tener ninguna responsabilidad por primera vez en trece años.
Una orquesta tocaba en una plataforma situada a un lado de la pista de baile, llenando la tropical noche de música. Numerosas parejas bailaban, con tal aspecto de felicidad que Paula no pudo evitar sentir una punzada de envidia.
Aquello era otra cosa que no había tenido, meditó. Romance. Verdadera intimidad.
¿Sería ya demasiado tarde?
Un estremecimiento de conciencia la recorrió, haciéndole mirar de nuevo en dirección al hombre vestido de negro. Se encaminaba hacia ella con un decidido gesto en el rostro. Caminaba entre las mesas con una elegancia natural que hizo que a Paula se le secara boca. No apartó los ojos de ella, haciéndole saber que ya se había cansado de limitarse a mirarla.
Y la vocecita interior de Paula murmuró: “adelante, valiente”.
El hombre alargó la mano hacia ella, en un gesto a la vez invitador y arrogante. “Un auténtico pirata”, pensó Paula. Y su voz sonó suave como un añejo whisky del sur cuando dijo:
-Baila conmigo.
La orquesta empezó a tocar una nueva canción que Paula reconoció de inmediato.That Old Black Magic.
¿Era magia aquello? ¿O sólo se trataba de su anhelo de romanticismo, alentado por la isla, la música y la peligrosamente tentadora sonrisa de aquel hombre?
Tomó su mano.
Y casi se atragantó cuando él la rodeó con sus dedos firmes y cálidos.
Indudablemente, era real.
La condujo a la pista de baile y allí la tomó en sus brazos. Sus miradas se unieron cuando la atrajo hacia sí, y su reacción física se hizo patente en su expresión, como Paula supo que debía serlo en la suya.
-¿Cómo te llamas? -preguntó él, sin dejar de mirarla.
-Paula -no añadió su apellido; los detalles parecían innecesarios en una fantasía.
Él apoyó la mejilla sobre su pelo. Su voz fue un suave ronroneo en el oído de Paula.
-Pedro.
-¿Disculpa?
-Pedro -repitió el-. Ése es mi nombre.
“Un nombre de pirata adecuado para este hombre vestido de negro”, pensó Paula, sonriendo para sí.
La orquesta estaba tocando Embrujada. ¿Cómo podían saber que así era como se sentía?
Era intensamente consciente del calor de la mano derecha de Pedro en la parte baja de su espalda. Con la mano izquierda sostenía su derecha con firmeza, casi posesivamente, como si no tuviera intención de soltarla.
Paula no quería que la soltarla. Era muy agradable estar tan cerca de él. Podría seguir así horas. Lentamente, Pedro la soltó y se apartó unos centímetros de ella.
-¿Quieres tomar una copa conmigo? -preguntó, utilizando de nuevo aquel tono mezcla de petición y de orden.
Paula tuvo que aclararse la garganta para poder hablar con coherencia.
-Sí.
El asintió con el aire de un hombre acostumbrado a que sus invitaciones fueron aceptadas.
¿Quién era?, se preguntó Paula mientras volvían a la mesa. ¿Algún alto ejecutivo, tal vez? ¿Un actor? Sin duda, era lo suficientemente atractivo como para serlo. A pesar de que le resultaba vagamente familiar, no estaba segura de haberlo visto antes.
Mientras se sentaba, decidió que los detalles no le importaban. Esa noche era su pirata, su fantasía, y no dejaría que la realidad se entrometiera.
Pedro murmuró una orden a un camarero que volvió casi de inmediato con dos copas de champán. Sonriendo, Pedro alzó su copa hacia Paula y dijo:
-Por un baile bajo las estrellas.
Paula casi suspiró. Que maravilloso recuerdo sería aquella tarde cuando regresara a su vida real...
-Por las fantasías -murmuró.
Los oscuros ojos de Pedro brillaron a la luz de las velas. Se llevó la copa a los labios. Paula hizo lo mismo, disfrutando de la sensación de las burbujas. El caro champán sabía como ella se sentía esa noche. Frívolo. Burbujeante. Intoxicante.
Pedro mantuvo la mirada fija en su rostro.
-Paula.
Incluso su nombre sonaba exótico dicho por él.
-¿Sí?
El movió ligeramente la cabeza.
-Nada. Me gusta decir tu nombre.
Paula casi pudo sentirse seducida allí mismo. Sabía que debía tener cuidado para no llevar aquella fantasía demasiado lejos, pero aún no se sentía capaz de darla por terminada.
Los músicos empezaron a tocar un conocido tema.
-Me encanta esta música -murmuró Paula, sintiéndose como si hubiera vuelto a una época más romántica.
Pedro se levantó.
-En ese caso, no perdamos el tiempo -dijo, alargando la mano hacia ella.
Pedro Alfonso, conocido por sus amigos como Pepe, no podía dejar de mirar a la mujer que tenía entre sus brazos. Le estaba costando decidir qué era lo que tanto le había atraído de ella desde el momento en que la había visto, sentada a solas en aquel paradisíaco lugar de vacaciones que parecía estar lleno de parejas.
Sin duda era una belleza, meditó. Cuando la vio por primera vez, llevaba su pelo rubio color miel suelto, y ahora se lo había sujetado en un elegante moño en lo alto de la cabeza. No era una niña. Debía estar más cerca de los treinta que de los veinte, pero le gustaba la forma en que sus maduras curvas llenaban su traje de baño y cómo las contorneaba ahora en el elegante vestido negro que llevaba puesto.
Su rostro carecía de toda arruga, y sus ojos eran claros, de un brillante azul que entonaba con aquel entorno tropical. Su acento era sureño, lento, suave, musical.
Pedro había conocido a muchas mujeres bellas. Siendo bastante joven ya sabía que la belleza del exterior no siempre representaba lo que había debajo. Aprendió muy pronto a valorar una mente rápida y una naturaleza bondadosa antes que un rostro y una figura bonita. Y le parecía que Paula tenía todo aquello.
Pero el atractivo exterior tampoco molestaba, reconoció con sinceridad.
La orquesta estaba tocando Misty. Pedro apoyó la mejilla ligeramente contra el pelo de Paula. El perfume que llevaba era ligero, suavemente floral, lo suficientemente incitante como para tentarle a enterrar el rostro en su cuello.
Tenía que concederle ese mérito a su amigo Rafe Dancer, el dueño de aquella isla convertida en complejo turístico. Rafe surtía a sus clientes con lo mejor de lo mejor. Aquella nueva y espectacular pista de baile estaba rodeada de fragantes flores y ondulantes palmeras, y se encontraba lo suficientemente cerca de la playa como para que el sonido de las olas se mezclara con el de la música interpretada por la excelente orquesta.
Me encanto!!! Que lindo que se conocieron
ResponderEliminar..... ya se conocieronnnn ♥
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