lunes, 23 de febrero de 2015

Capitulo 11 -Conquistandote-

Paula esperó a que su madre subiera las escaleras tras Miranda para volverse hacia Pedro.
-¿Qué estás haciendo aquí?
Antes de contestar a eso -dijo Pedro, avanzando decididamente hacia ella-, hay algo que necesito comprobar.
Paula no tuvo tiempo de reaccionar. Casi antes de darse cuenta de lo que pretendía, se encontró entre los brazos de Pedro y con la boca bajo la suya. Y lo único que pudo hacer fue rodearlo con los suyos por el cuello y perderse en su beso.
No había esperado tener la oportunidad de volver a besarlo.
Finalmente, Pedro alzó la cabeza con expresión satisfecha
-Eso ha respondido a una pregunta -murmuró, con voz ronca.
-¿Qué pregunta? -dijo Paula, en tono parecido.
Pedro respiró hondo.
-Una que debía responderme. Y ahora dime por qué te fuiste sin despedirte.
Paula se sorprendió al captar el tono dolido de la pregunta de Pedro. Supuso que se enfadaría al ver cómo se fue, pero en ningún momento se le ocurrió pensar que pudiera haberse sentido dolido.
-No pensé que fuera necesario.
Pedro frunció el ceño.
-¿Necesario? No, pero tal vez habría sido educado.
-Lo siento -dijo, de todos modos-. No sabía qué decir.
-Podrías haber dicho que tenías que irte, pero que lo habías pasado muy bien conmigo.
-Lo pasé maravillosamente contigo -admitió Paula-, pero...
-Podrías haber dicho que lamentabas no tener más tiempo para conocernos mejor.
-Bueno, claro que me habría gustado poder pasar más tiempo contigo...
-Podrías haberme dado tu número de teléfono y así no habría tenido que localizarte a través de Internet. A menos que no quisieras que lo tuviera, claro. En ese caso, todo lo que tenías que haberme dicho era que no estabas interesada. Eso lo habría comprendido -Pedro se interrumpió y luego sorprendió a Paula diciendo-: No he podido dejar de pensar en ti.
Ella se humedeció los labios, tratando de pensar en algo que decir. Casi podía creer que estaba imaginando aquella conversación. Se parecía a las que había tenido en sueños los últimos días.
Tras un tenso momento, Pedro se aclaró la garganta.
-¿Paula? ¿Te importaría darme una pista de lo que está pensando? No sé si te alegras de verme, o si estás deseando que desaparezca en medio de una nube de humo.
Paula fue interrumpida cuando estaba a punto de decirle que no quería que desapareciera en medio de una nube de humo, o que, si lo hacía, que a ella le habría encantado desaparecer con él un rato. Su hijo entró como un torbellino en el cuarto de estar, con un libro en la mano y una mirada de loco en los ojos. Al parecer, su hermana había ido a verlo.
-¡Tú eres Pedro Alfonso!-casi gritó, moviendo frenéticamente el libro que sostenía.
-Sí, lo sé -contestó Pedro con suavidad, apartando la mirada de Paula-. ¿Y tú cómo te llamas?
-Michael. Michael Chaves.
Paula nunca había visto a su hijo tan conmocionado.
Pedro alargó una mano hacia el muchacho.
-Encantado de conocerte, Michael.
Michael estrechó la mano de Pedro casi reverencialmente. Luego espetó:
-¿Qué haces aquí?
-Michael -Paula movió la cabeza en respuesta a la falta de modales de su hijo.
No quería que olvidara que aún tenía serios problemas, pero tampoco quería avergonzarlo frente a su héroe. Hablaría con él cuando Pedro se fuera.
-Soy un nuevo amigo de tu madre. Sólo he pasado a saludarla.
-Oh. Eres mi escritor favorito. Acabo de terminar Código de Ladrones. Es fantástica.
-Gracias. Siempre es agradable conocer a alguien que disfruta con mis libros.
-¿Podrías... firmármelo, o algo así?
Pedro sacó del bolsillo de su chaqueta una pluma.
-Por supuesto.
-Esto es increíble -Michael parecía a punto de derretirse de placer.
Pedro escribió algo en el libro, lo firmó y se lo entregó a Michael, que se lo agradeció fervientemente.
-De nada -replicó Pedro-. Ha sido un placer conocerte, Michael. Seguro que tu madre está muy orgullosa de ti.
Michael se ruborizó, miró a su madre y luego bajó la vista al suelo a la vez que murmuraba algo ininteligible.
-Sí -dijo Paula con firmeza-. Estoy muy orgullosa de mis dos hijos. Son buenos chicos. Sólo necesitan aprender a escoger a sus amigos con más cuidado.
Michael siguió con la mirada gacha. Pedro movió la cabeza y sonrió.
-El peor lío en que me metí en mi vida fue cuando dejé que un supuesto amigo me convenciera para cometer una estupidez. Estuvimos a punto de matarnos. Después de que nos rescataran, pensé que mi padre iba a acabar el trabajo. Afortunadamente, sólo me castigó un mes sin salir y me hizo trabajar en su tienda de ordenadores para expiar mi culpa.
Michael miró a Pedro a través de sus pestañas.
-¿Eso sucedió de verdad?
Pedro asintió.
-Sí, claro. Sabía que lo que íbamos a hacer era una tontería, pero no quería que mi amigo pensara que era un cobarde. Pero aprendí la lección. ¿Te has fijado que en mis libros casi siempre hay un personaje bueno que se vuelve malo porque no ha sido capaz de actuar como debía cuando alguien lo ha impulsado a cometer alguna fechoría?
Michael asintió, despacio.
-Como Deke Irons en Código de Venganza.
-Exacto -Pedro parecía complacido de que el muchacho le hubiera entendido.
Michael permaneció pensativo unos momentos. Luego miró a su madre antes de volverse de nuevo hacia Pedro.
-¿Estuviste castigado todo un mes?
Pedro asintió, serio.
-No me gustó, por supuesto, pero sabía que era mejor que estar en algún internado para delincuentes juveniles. O muerto -añadió-. Recuérdame algún día que te cuente toda la historia. Cuando termine, estoy seguro de que estarás de acuerdo conmigo en que las cosas me fueron mejor de lo que merecía.
-Me encantaría oírla -asintió Michael, encantado.
-Esta noche no -dijo Paula, decidiendo que ya era hora de intervenir-. Se está haciendo tarde, Michael. Vuelve a subir y prepárate para meterte en la cama. Yo subiré dentro de un rato.
Como su hermana, Michael sabía cuándo no le iba a servir de nada discutir con su madre. Estrechó la mano de Pedro, dijo que esperaba volver a verlo pronto y salió del cuarto de estar.
-¿De qué te dejaste convencer por tu supuesto amigo? -preguntó Paula con curiosidad.
Pedro sonrió.
-Esperábamos a ver quien era él último en apartarse de la vía cuando venía el tren. Se me enganchó el zapato en un raíl y habría muerto si no llego a poder sacar el pie a tiempo.
-Oh, Dios mío -Paula se arrepintió de haberlo preguntado.
Pensar en su hijo haciendo algo tan estúpido fue suficiente para hacerle desear tenerlo encerrado hasta que cumpliera los treinta.
-Has puesto la misma cara que mi madre cuando averiguó lo que había hecho -dijo Pedro, con expresión melancólica-. No necesitó decir nada para hacerme sentir como un auténtico miserable. Cuando vi que corría una lágrima por su mejilla, me arrojé a sus pies llorando y le juré que nunca volvería a hacer nada parecido.
Paula rió y se pasó una mano por el pelo.
-¿Crees que eso me funcionaría con Michael?
Pedro se frotó la barbilla pensativamente.
-Nunca viene mal un poco de culpabilidad -dijo-. Pero el severo castigo de mi padre también resultó bastante efectivo.
-Entonces tendré que buscar una forma de combinar ambas cosas, porque yo hago de madre y de padre de los gemelos desde que nacieron.
-¿Estás... divorciada?
-No llegué a casarme con su padre. Nunca quiso responsabilizarse de ellos -contestó, pensando que cuanto antes comprendiera Pedro que la mujer que había conocido en la isla no existía, mejor. Dudaba que la hubiera seguido si hubiera sabido que era madre de gemelos y que estaba a cargo de ellos y de su madre.
Pedro metió las manos en los bolsillos de sus pantalones.
-No me dijiste que tenías hijos.
-No te dije muchas cosas -le recordó Paula.
-¿Por qué?
-Porque no era real. Era como una fantasía. Una isla tropical, un hombre atractivo, música romántica... Yo sabía que nuestras vidas no se parecían en nada, pero durante aquellas pocas horas no tuvo importancia.
Pedro pareció momentáneamente confuso.
-Entonces... ¿supiste todo el rato que era Pedro Alfonso?
-No. No lo he sabido hasta ahora. Ya te dije que no estoy muy interesada en la vida de los famosos.
-¿Y qué te hizo pensar que nuestras vidas eran tan diferentes?
-Sólo era una intuición -admitió Paula-. Pero, evidentemente, tenía razón. Esta noche has visto en parte cómo es mi vida real. Tengo que cuidar de mis hijos y de mi madre. Hay muy poco tiempo para la diversión. De hecho, puede que ésta haya sido la fiesta más emocionante a la que han asistido las amigas de mi madre. Hablarán de ello durante semanas.
-Y eso no te gusta -dijo Pedro, mirándola atentamente.
-No me gusta alimentar el cotilleo. Ya he sufrido éste lo suficiente como para saber lo desagradable que resulta.
-Te aseguro que yo sé bastante bien lo que es soportar el cotilleo.
Paula se estremeció al pensar que la vida de Pedro, como la de la mayoría de los famosos, estaba expuesta a la especulación por parte de cualquiera con acceso a los medios de comunicación. Debía ser horrible vivir así. Y no pudo evitar preguntarse si la aparición de Pedro en Campbellville le haría sufrir a ella las consecuencias.
Pero incluso teniendo en cuenta aquella posibilidad, no podía decir que lamentaba que Pedro estuviera allí.
-Oh, Pedro -murmuró, exhausta-. ¿Por qué has tenido que venir? Todo era más seguro cuando sólo eras una fantasía.
Pedro alargó una mano y le tocó la mejilla.
-Ya te he dicho por qué estoy aquí. No podía dejar de pensar en ti -deslizó un dedo por su barbilla, haciéndole temblar-. Quería verte. Tocarte. Volver a bailar contigo.
Paula bajó la mirada.
-Ni siquiera me conoces -susurró.
-Sé lo suficiente como para querer saber más. ¿Vas a darme esa oportunidad, Paula, o vas a echarme?


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