jueves, 26 de febrero de 2015

Capitulo 18 -Conquistandote-

Permanecieron en silencio mientras terminaban el postre, y Paula empezó a prestar más atención a la música. Acababa de dar el último bocado cuando empezó a sonar una de las canciones que Pedro y ella habían bailado en la isla.
Pedro se levantó de inmediato y alargó una mano hacia ella.
-Baila conmigo.
Paula no dudó. Se tambaleó un poco al levantarse, pero Pedro la sujetó enseguida entre sus brazos.
-Creo que he bebido demasiado vino -confesó ella-. Casi nunca bebo.
-Apóyate en mí -murmuró él-. Yo te sujetaré.
Resultaba tan familiar bailar con Pedro... Paula seguía sus pasos sin esfuerzo. No podía recordar haber bailado con nadie más. O haber querido hacerlo. Sintió los labios de Pedro rozándole la sien. Un cálido estremecimiento la recorrió.
-Creo que tratas de seducirme -susurró.
-¿Y lo estoy logrando? -preguntó él, sin negar las palabras de Paula.
Lo estaba logrando demasiado bien.
Bailaron acercándose a la pared trasera de la cabaña. Pedro alargó una mano y apagó las luces, de manera que quedaron iluminados tan solo por la luna, las estrellas y las velas.
Paula deslizó los brazos en torno a su cuello, hundiendo los dedos entre su oscuro pelo. Los labios de Pedro descendieron por su mejilla, buscando su boca. Ella ladeó la cabeza para facilitarle el acceso.
El beso duró una eternidad. Para cuando terminó, Paula supo que su mundo había cambiado para siempre.
Lo deseaba. Hacía tanto que no sentía auténtico deseo físico que se sintió sorprendida por la fuerza de éste.
Pedro la hacía sentirse una mujer diferente. Atrevida. Lanzada. Cosas que normalmente no se podía permitir ser. ¿Pero había algún motivo para no ser todo aquello, al menos por una noche?
Pedro deslizó una mano entre ellos para apoyarla en uno de sus senos, y le acarició con el pulgar el endurecido pezón, haciéndole estremecerse.
-Paula... -murmuró con voz ronca-. Llevo tanto tiempo deseándote...
Ella apartó un poco la cabeza para mirarlo. La luz de las velas iluminaba su rostro, permitiéndole ver con claridad el deseo reflejado en él. Su expresión era la misma que la de aquella noche en la isla, cuando se sintió tan tentada a permitir que le hiciera el amor. Y ahora su deseo parecía aún más intenso, más exigente.
Respirando profundamente para darse valor, Paula deslizó la mano por el hombro de Pedro para llevarla hasta su pecho. Entonces desabrochó el primer botón de su camisa. Luego el siguiente.
Pedro contuvo el aliento cuando ella deslizó la mano bajo la camisa para acariciarle el pecho.
Paula notó cómo se flexionaban involuntariamente los músculos de sus pectorales bajo sus dedos. Sus pezones estaban tensos y duros cuando pasó la palma de la mano sobre ellos, haciendo que el estómago de Pedro se tensara.
Y cuando se arrimó más a él, presionando su abdomen contra el suyo, descubrió lo excitado que estaba.
Pedro la deseaba. Y esa noche no había ojos espiándolos. No había miradas interrogantes.
Estaban sólo ellos dos... y la luna y las estrellas y la música.
-Espero estar interpretándote correctamente -murmuró Pedro, sujetándola con firmeza por las caderas-. Será mejor que me digas lo que quieres para no malinterpretar nada.
-Te quiero a ti -susurró Paula, sacándole la camisa del pantalón. Deslizó sus desnudos brazos debajo, disfrutando de la calidez de su piel, de su fuerza.
-¿Esta noche? ¿Ahora? -Pedro parecía empeñado en que lo dijera.
Paula asintió.
-Sí.
-¿Estas segura?
-Pedro -Paula rió suavemente y lo miró-. ¿Me deseas o no?
-Nunca he deseado a nadie tanto en mi vida -dijo, con tanta sinceridad que Paula sintió que se le hacía un nudo en la garganta.
-Tenemos este tiempo para nosotros -logró murmurar-. No lo desaprovechemos.
-No pienso perder ni un minuto -aseguró Pedro, inclinando la cabeza para besarla con pasión.
Paula sintió cómo temblaba cuando le bajó la cremallera trasera del vestido. Ella también estaba temblando.
El vestido se abrió, exponiendo su desnuda espalda al fresco de la noche. Un momento después cayó en torno a sus pies, dejándola tan sólo con un sostén de encaje rojo, unas diminutas bragas a juego y sus sandalias negras de tacón alto. Sintió cómo el rubor subía a sus mejillas.
Pedro la miró un largo momento, con ojos brillantes.
-Eres tan hermosa... -murmuró-. A la luz del sol, o de la luna, o de las velas... eres exquisita.
Una vocecita en la mente de Paula le recordó que Pedro era escritor. Las palabras bonitas eran herramientas de su oficio. Sería una tontería tomarlas en serio.
Pero esa noche quería hacer tonterías.
-Gracias -dijo, y se puso de puntillas para besarlo.
Pedro se quitó la camisa y la arrojó a un lado. Se apartó de Paula lo justo para tirar el largo cojín del sofá al suelo del patio. Luego, cuidadosamente, tumbó a Paula sobre éste y a continuación la siguió.
La besó en la boca, en la barbilla, en la garganta. Besó sus pechos a través del encaje rojo del sujetador, hasta que su piel cosquilleó bajo la tela, anhelando ser acariciada. Sólo entonces liberó el cierre y arrojó a un lado la pequeña prenda, exponiendo al aire sus endurecidos pezones.
Luego volvió a bajar la cabeza a la vez que deslizaba una mano por el estómago de Paula y la introducía bajo el elástico de sus braguitas rojas.
Ella reaccionó arqueándose contra su mano.
Pedro murmuró suaves palabras contra sus senos y luego ascendió hasta su boca. Sus dedos se deslizaron por la mata de rizos entre sus muslos, haciendo que el deseo de Paula alcanzara una intensidad casi dolorosa. Se aferró a los hombros de Pedro con manos temblorosas, anhelando que la tomara.
Pero Pedro no quería precipitarse.
Exploró el contorno del rostro de Paula con sus labios, mientras sus dedos seguían haciendo magia entre sus piernas.
Paula era muy consciente del fresco aire de la noche en su carne desnuda, del calor del cuerpo de Pedro donde la cubría. Sólo llevaba las braguitas rojas, pero Pedro aún tenía puestos los pantalones. Quería sentirlo más.
Deslizó una mano entre ellos buscando la cremallera, y rozó su palpitante excitación a través de la tela.
Pedro gimió.
-Estoy tratando de hacer que esto dure -murmuró-. Te deseo tanto...
-Quiero sentirte...
Pedro se apartó el tiempo suficiente para quitarse el resto de la ropa.
Paula alargó los brazos hacia él.
Pedro se inclinó de nuevo sobre ella y recorrió con las manos cada centímetro de su piel. Le quitó las braguitas, y las arrojó sin preocuparse de dónde cayeran. Entonces se movió lentamente hacia abajo, como queriendo memorizar cada centímetro cuadrado de su piel, hasta que ella le rogó incoherentemente que satisficiera la desesperada necesidad que la poseía.
Entonces Pedro alargó una mano hacia sus pantalones. Murmurando disculpas, metió la mano en un bolsillo y luego en otro, sacando finalmente un pequeño envoltorio cuadrado.
-No me odies por esto dijo, mientras abría el envoltorio-. He pensado que sería mejor venir preparado... sólo por si acaso.
¿Cómo iba a odiarlo por haber ido preparado para protegerla? Paula quería creer que ella habría pensado en protegerse en determinado momento, sobre todo teniendo en cuenta las tonterías que había cometido en el pasado. Pero le alegró comprobar que Pedro había pensado en ello antes.
Pedro apartó un mechón de pelo del rostro de Paula y la miró intensamente a los ojos.
-Si no quieres que siga adelante, dímelo ahora.
-Nunca he deseado más una cosa -contestó Paula con sencillez-. Te deseo desde la primera vez que bailamos.
-Paula -su nombre fue una exultante exclamación en labios de Pedro.
Y entonces la besó en la boca a la vez que reclamaba su cuerpo. Ella gritó, pero fue un grito de asombro, de delicia, provocado por el placer casi avasallador que la recorrió.
Pedro no le hizo el amor con suavidad. Paula no quería que fuera suave. No era una niña tímida ni asustada, sino una mujer con las necesidades de una mujer. Paula fue una participante activa en aquel acto de amor, dejando muy claro que aquello era lo que quería, que sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Y Pedro dejó igualmente claro que disfrutó de cada segundo.
Alcanzaron juntos la cima en una explosión de placer tan intenso que Paula habría jurado que la tierra se movió bajo su cuerpo. El ronco grito que surgió de su garganta retumbó en la bóveda del cielo.
Entonces, Pedro la estrechó entre sus brazos, cubriendo su rostro de besos, murmurando cumplidos, sosteniéndola hasta que los temblores remitieron, hasta que el corazón de Paula dejó de latir con tanta fuerza que parecía a punto de salirse de su pecho.Cuando, finalmente logró pensar con un mínimo de coherencia, Paula no pudo evitar preguntarse de nuevo si habría algo que Pedro Alfonso hiciera mal.



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