miércoles, 4 de marzo de 2015

Capitulo 26 -Conquistandote-

-Él se lo ha perdido -dijo Pedro con firmeza.
Paula se aclaró la garganta, pensando que había llegado el momento de volver a funcionar racionalmente, algo que no había logrado hacer desde que Pedr había mencionado la palabra “prometida”
-No deberíamos seguir con esta conversación aquí en medio -dijo--. Mamá, ¿te importaría llevar a los niños a casa? Pedro y yo necesitamos hablar a solas. Nos veremos más tarde, ¿de acuerdo?
Ernestine asintió y tomó las llaves del coche de Paula.
Cuando el coche se alejaba, Pedro se volvió hacia Paula. La sonrisa que había en sus labios desapareció al ver su expresión. Se aclaró la garganta y bajó la mirada.
-Um... supongo que estoy metido en un lío, ¿no?
-Tenemos que hablar -replicó Paula, seria.

Pedro condujo directo a la cabaña. Por acuerdo tácito, no hablaron durante el trayecto, prefiriendo escuchar las viejas canciones que ponían en la radio mientras se concentraban en sus propios pensamientos.
Una vez en la cabaña, Pedo invitó a Paula a pasar al interior y luego cerró la puerta. Miró las escaleras que llevaban al dormitorio.
-Supongo que no querías que estuviéramos a solas para...
-No -contestó Paula, aún seria-. Quería que estuviéramos a solas para hablar.
-De acuerdo -dijo-. Dispara.
-¿No se te ha ocurrido pensar que deberías haber hablado conmigo antes de anunciar nuestro compromiso a mi madre, a mis hijos y a la mitad de los residentes de Campbellville?
-No tenía planeado anunciar nada -explicó Pedro-. Surgió espontáneamente. Pero lo dije en serio, Paula. No estaba tratando de proteger tu reputación. Quiero casarme contigo.
-No necesito un marido, Pedro.
Él frunció el ceño.
-Er...
-Hasta ahora me ha ido muy bien sin uno -continuó PAula-. He mantenido a mi madre y a mis hijos sin problemas. Soporté una vez el cotilleo y las murmuraciones y volveré a soportarlo si es necesario. No necesito la ayuda ni la compasión de nadie.
-Paula, yo...
-Si decido casarme, será con un hombre del que esté desesperadamente enamorada, de un hombre que me corresponda. No quiero que se case conmigo porque se sienta presionado por las murmuraciones o la familia o... no sé, la culpabilidad o lo que sea.
La expresión de Pedro se aclaró mientras daba un paso hacia ella.
-Te quiero, Paula -dijo, con voz firme-. Desesperadamente.
El corazón de Paula latió más deprisa.
-Eso no me lo habías dicho.
-Presioné malamente a un amigo y probablemente me salté un par de leyes sobre el derecho a la intimidad para encontrarte. Me arriesgué a sufrir la humillación y el rechazo presentándome en tu casa sin haber sido invitado. He sobrevivido a miradas de tu madre que habrían hecho salir corriendo a un hombre menos determinado. He dejado colgando de la cuerda floja un negocio de millones de dólares por volver junto a ti y tus hijos. Acabo de pagar un precio desmesurado por esta cabaña junto al lago porque hicimos el amor por primera vez en ella. ¿Qué más quieres que haga para demostrarte mis sentimientos?
-¿Has comprado la cabaña? -preguntó, Paula anonadada.
Pedro sonrió y asintió.
-Me había encariñado con ella.
-Oh, Pedr -Paula respiró profundamente y movió la cabeza, diciéndose que haría falta algo más que aquel romántico gesto para convencerla de que Pedro había meditado aquello adecuadamente-. Nunca dijiste que estuvieras pensando en casarte. Aunque ya sé que apenas ha habido tiempo para llegar a eso -añadió con rapidez.
-¿Crees que hoy ha sido la primera vez que se me ha ocurrido la idea? -Pedro sacó una mano del bolsillo del pantalón, sosteniendo en ella una cajita forrada de terciopelo-. ¿No te extrañó ayer que tuviera regalos para todos menos para ti?
-No. No esperaba ningún regalo -contestó Paula, sin poder apartar la mirada de la cajita.
-Ábrela -dijo Pedo.
Pedo apoyó una mano en su mejilla.
-Iba a ofrecerte este anillo en la cabaña este fin de semana -dijo, con gran ternura-. Fuera, de noche, bajo las estrellas y la luna. Planeaba ponerme de rodillas y rogarte que te casaras conmigo, a pesar de que sabía que hacerlo era correr un riesgo, porque nos conocemos hace muy poco tiempo.Paula respiró temblorosamente.
-Oh, Pedro...
-El pasado fin de semana me pediste más tiempo y prometí dártelo -continuó él-. Una vez me preguntaste si había algo que no hiciera bien, y ahora sé que la respuesta es sí. No soy capaz de esperar pacientemente cuando quiero algo. Creo que supe que quería casarme contigo desde el momento en que te vi en aquella playa del Caribe. Y ahora que sé que mi vida de casado incluirá al menos dos estupendos hijos, estoy aún más convencido de que sería el hombre más feliz de la tierra si dijeras que sí.
-Sí -susurró Paula.
-¿Qué has dicho?
-Sí -dijo ella con más claridad-. Me casaré contigo. ¿Pero imaginas cómo murmurará la gente?
-Olvídalos. La prensa explotará la noticia un par de días. Las lenguas locales se moverán mucho al principio, pero pronto pararán. A los cotillas no suele interesarles las parejas felices y normales, que es precisamente lo que quiero que seamos. Espero que mi trabajo siga llamando algo la atención, pero soy perfectamente capaz de mantener nuestra vida en privado. Ya he estado bajo la luz de los focos y he disfrutado ocasionalmente de ello. Pero ahora estoy listo para dejar atrás la fantasía y para vivir una vida de verdad contigo.
-Te quiero -dijo Paula, por si Pedro no lo había deducido ya.
Él sacó su mejor sonrisa de pirata.
-¿Desesperadamente?
-Desesperadamente. Y no tiene nada que ver con tu fama, tu dinero, ni tu bonito rostro. Me enamoré del hombre que podría haber sido un vendedor de seguros.
-Gracias.
Entonces la estrechó entre sus brazos y la besó hasta casi hacerle perder el sentido.
Los pantalones de PAula cayeron sobre el respaldo de la mecedora. Su camiseta voló hasta el suelo. Y no supo dónde fueron a parar su sujetador y sus braguitas cuando Pedro las apartó impacientemente a un lado.
Paula aún estaba tirando de la ropa de Pedro cuando éste la tumbó en el sofá.
Hicieron el amor con más urgencia que delicadeza.
-Te quiero, Paula Chaves -dijo Pedro, cuando pudo volver a hablar.
-Yo también te quiero, Pedro... Pedro Alfonso, o quien seas -susurró ella-. Te quise desde nuestro primer baile.
Recordó la primera canción que bailaron juntos, That Old Black Magic. Y fue auténtica magia el modo en que Pedro y ella se encontraron y supieron de inmediato que estaban hechos el uno para el otro.
Y Paula tenía intención de hacer que aquella magia durara toda la vida.
Fin


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Aca los cap finales! espero que les haya gustado la historia! Mañana otra nueva! 

Capitulo 25 -.Conquistandote-

Pedro estaba allí, cerca de ella, con su pelo oscuro agitado por la brisa, los pies firmemente plantados en el terreno de juego y las manos apoyadas en las caderas, en una actitud de auténtico pirata. No parecía un hombre con el que se pudiera jugar mientras deslizaba la mirada de Paula a Ernie Whitley.
-¿Hay algún problema? -preguntó con suavidad.

Los espectadores se apartaron, dejando paso libre a Pedro.
Ernie Whitley miró a su alrededor y luego se aclaró la garganta.
-El chico Chaves ha saltado sobre el mío sin ningún motivo -dijo dirigiéndose a Pedro-. Pero la pelea ya ha acabado.
Pedro alzó una ceja y miró a Michael.
-Muy raras veces hay motivo para pelearse, Michael -dijo-. Es una forma muy poco imaginativa de aclarar pequeñas diferencias.
-Eso es -dijo el entrenador, asintiendo con alivio a la vez que miraba su reloj-. Justo lo que les estaba diciendo.
Pedro volvió a mirar a Ernie Whitley.
-Yo sólo me metería en una pelea si alguien dijera algo desagradable sobre mi prometida y sus hijos. Me temo que en ese caso haría una excepción. Paula y sus hijos son un lujo para esta comunidad. Si alguien opina lo contrario, supongo que tendrá el valor de decirlo frente a ella. O frente a mí -añadió, en tono suavemente peligroso.
“Prometida”. La palabra estuvo a punto de hacer perder el equilibrio a Paula. ¿Habría dicho Pedro aquello para proteger su reputación... o hablaba en serio?
Whitley abrió y cerró la boca un par de veces, y luego se aclaró la garganta.
-No sabía que estuvieran comprometidos -murmuró.
-Le sugeriría que no lo olvidara -ignorando fríamente a Ernie Whitley, Pedro se volvió hacia el entrenador-. Dadas las circunstancias, no creo que uno de los chicos debiera ser castigado y el otro no. Tal vez podría dejar el castigo en una advertencia para ambos.
-Yo... -el sorprendido entrenador permaneció un momento boquiabierto-. Sí, supongo que eso bastará. Muchachos, ni una pelea más, ¿de acuerdo?
Michael asintió, tomó su gorra del suelo y se la puso con firmeza en la cabeza. Luego miró a Pedro con ojos brillantes.
-Me alegra que hayas venido, Pedro.
-Prometí venir, ¿no? No podía irme habiendo hecho esa promesa. Siento haberme perdido el partido. Había un atasco a la salida del aeropuerto de Atlanta.
Paula comprendió que había llegado hasta el aeropuerto antes de decidir dar la vuelta y regresar. Porque había hecho una promesa a un muchacho de trece años.
¿Como no iba a amarlo?
-Felicidades por tu compromiso, Paula -dijo Lucy, acercándose a ellos con la evidente intención de obtener detalles-. ¿Cuándo será el feliz acontecimiento?
Paula miró a Pedro con gesto de ruego.
Con una habilidad que sólo pudo admirar, Pedro logró sacar a Paula y al resto de su familia y llevarla al aparcamiento mientras contestaba amablemente las preguntas que le hacían sin responder realmente a ninguna y sin resultar grosero.
Cuando llegaron al aparcamiento, Miranda se volvió hacia Pedro y lo tomó de la mano.
-¿Has dicho eso sólo para hacerles callar o ha sido en serio, Pedro? -preguntó, formulando abiertamente la pregunta que Paula se estaba haciendo a sí misma.
Pedro miró a Paula a los ojos.
-Nunca digo nada que no pienso -replicó.
Miranda dio un gritito de alegría y lo rodeó con los brazos por la cintura. El le devolvió el abrazo.
-Eso enseñará a Lucy Bettencourt -dijo la niña, satisfecha.
-¿Dijo algo ayer Lucy para disgustarte? -preguntó Paula.
Miranda asintió.
-Le oí hablar en el servicio con Marie Butler -admitió-. Yo estaba en una cabina y ellas no se dieron cuenta de mi presencia... al menos, eso creo.
-¿Qué dijeron?
-La señora Butler dijo que, probablemente, a Pedro no le importaba que tuvieras hijos... ilegítimos, porque la gente de Hollywood hace esas cosas todo el tiempo. Y la señora Bettencourt dijo que estaba segura de que ya os conocíais cuando te fuiste de vacaciones. Dijo que probablemente teníais una aventura.
Pedro soltó una palabrota entre dientes y Paula esperó que sus hijos no la hubieran oído.
Fue evidente el esfuerzo que Pedro tuvo que hacer para controlarse cuando habló a los niños y a Ernestine.
-De acuerdo -dijo-, esta es la historia. Todos merecéis oírla. No he venido a investigar para mi próximo libro, aunque supongo que, ahora que ha corrido el rumor, más vale que se me ocurra un argumento que tenga lugar en un pequeño pueblo del sur. Paula no me invitó aquí para que captara el ambiente. Ella no tenía ni idea de que iba a presentarme en vuestra casa.
Los mellizos lo miraron con curiosidad. Ernestine con suspicacia.
-Entonces, ¿qué haces aquí? -preguntó.
-Conocí a Paula en la isla Serendipity y me enamoré de ella -contestó Pedro con sencillez-. Perdidamente. Pero no tuvimos una aventura en la isla. Hablamos y bailamos, pero eso fue todo. Se fue pensando que no volveríamos a vernos, pero yo la echaba tanto de menos que vine a buscarla. Quería tener la oportunidad de conocerla mejor.
Mientras Paula tragaba con esfuerzo, Miranda suspiró, feliz.
-Y ahora vais a casaros. Fantástico.
-Lo cierto es que tu madre aún no ha dicho que sí -murmuró Pedro, mirando a Paula con expresión arrepentida.
Paula aún no podía creer que Pedro siguiera hablando de casarse. ¡Sólo se conocían hacía unos días!
Miró a su madre y se sorprendió al ver lágrimas en sus ojos.
-¿Mamá?
Ernestine apartó la mirada.
-Harás lo que quieras, por supuesto.
-Señora Chaves, ¿qué he hecho para caerle tan mal? -preguntó Pedro, mirándola directamente a los ojos.
Ernestine volvió a apartar la mirada.
-Nada. Si quieres llevarte a mi hija y a mis nietos a California, hazlo. Supongo que depende de ellos.
Paula casi gimió cuando en su mente se hizo la luz. Ahora comprendía gran parte de la hostilidad demostrada por su madre hacia Pedro. Ernestine la conocía muy bien. Debió reconocer las poderosas emociones que había entre ellos nada más verlos juntos. Pedro suponía una amenaza para su familia, para su vida.
-Nunca he dicho nada de llevarme a su familia a California -dijo Pedro con suavidad. Señalando a su alrededor, añadió-: A pesar del cotilleo, este parece un lugar agradable para tener una familia. Un escritor puede trabajar en cualquier lugar... en Los Ángeles, California, o en Campbellville, Georgia -sonrió cariñosamente-. Pero incluso aunque eligiéramos otro sitio para vivir, siempre habría un lugar para usted -aseguró-. Es un miembro importante de la familia. Dependen de usted. La necesitan. Nunca permitirían que alguien los separara de usted.
Los mellizos asintieron fervientemente.
Paula sonrió y besó a su madre en la mejilla.
-Te quiero, mamá -dijo a la mujer que siempre había querido lo mejor para ella y para sus nietos.
Ernestine parpadeó rápidamente y murmuró algo con cierta brusquedad. No estaba completamente conquistada, pensó Paula, pero ya faltaba poco para conseguirlo.
Pedro se volvió hacia los niños.
-En cuanto al resto de la basura que habéis oído, eso es lo que es: basura. Nadie tiene por qué entrometerse en vuestros asuntos familiares. Tu madre no debe disculpas ni explicaciones a nadie, y vosotros tampoco, ¿de acuerdo?
Los mellizos asintieron.
-Sois unos hijos excelentes -continuó Pedro-. Vuestra madre y yo no hemos hablado mucho sobre el pasado, pero sé que es una mujer muy especial. Y una madre maravillosa. Cualquier hombre que no quisiera formar parte de vuestra familia sería un tonto.
-Nuestro padre no nos quería -dijo Michael, revelando un antiguo dolor-. La abuela nos lo dijo.


Capitulo 24 -Conquistandote-

Los jugadores ya estaban en la cancha cuando Paula, Ernestine y Miranda llegaron.
En cuanto las vio, Michael corrió hasta la valla que separaba el terreno de los espectadores. Varios de sus compañeros de equipo, Nick Whitley entre ellos, lo acompañaron.
-¿Dónde está Pedro? -preguntó Michael-. ¿Va a encontrarse con vosotras aquí?
-Pedro no va a venir -dijo en voz apenas audible, sabiendo que los amigos de Michael podían escucharla-. Ha tenido que ir urgentemente a Los Ángeles por algo relacionado con su nuevo contrato.
La decepción de Michael fue evidente.
-Dijo que vendría.
-Quería venir, pero no ha tenido más remedio que irse, Michael.
Nick Whitley resopló y se volvió, murmurando algo a otro de los chicos mientras volvían al terreno de juego. Michael frunció el ceño.
-¿Michael? -dijo Paula, preocupada-. Lo comprendes, ¿verdad? Pedro tiene su trabajo en Los Ángeles. No puede ignorarlo, aunque hubiera preferido venir a verte jugar.
-Sí, claro. Sé que su contrato para los nuevos guiones es más importante que mi estúpido partido de béisbol. Esperaba que viniera.
-Michael...
Pero el muchacho ya se había vuelto y corría hacia sus compañeros.
Paula se volvió hacia su madre.
-No lo digas.
Ernestine alzó las cejas.
-No he dicho nada.
Pero no hacía falta, por supuesto. Paula sabía que le preocupaba que Pedro rompiera el corazón de su hija y de sus nietos.
-Hey, Paula -gritó Treva desde un banco bastante alejado-. ¿Dónde está ese guapo novio tuyo?
-Ha tenido que volver a Los Ángeles -contestó Paula, abochornada por todas las miradas que se volvieron hacia ella.
Esa tarde las gradas estaban abarrotadas. Paula se preguntó si habría tantos espectadores debido al partido o para comprobar si Pedro Alfonso acudiría. Entonces se reprendió de nuevo por pensar que todo el mundo estaba interesado en sus asuntos.
Viendo un banco vacío, Paula tocó el brazo de su hija.
-Ahí hay un sitio.
-Ahí no, mamá. Vamos a buscar otro sitio -susurró Miranda rápidamente.
Sorprendida, Paula volvió a mirar hacia el banco vacío. Marie Butler y Lucy Bettencourt estaban sentadas justo detrás del espacio libre, mirándola abiertamente. Debían haber ido a ver al nieto de Lucy, el lanzador estrella del equipo.
-¿No hay algún otro sitio en el que nos podamos sentar? -preguntó Miranda.
Paula recordó de pronto haber visto a Lucy y a Marie en el restaurante la tarde anterior. Estaba a punto de preguntarle a su hija si las cotillas oficiales del pueblo le habían dicho algo, cuando alguien gritó tras ella:
-¿Vais a quedaros ahí todo el día bloqueando el pasillo?
-Aquí hay un sitio, Paula -gritó Lucy, señalando el banco que había ante ella-. Hola, Ernestine. Bonito día, ¿verdad?
-¿No ha venido hoy tu amigo? -preguntó Lucy cuando Paula hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo-. Os vimos en el restaurante ayer por la noche.
-Pedro ha vuelto a Los Ángeles -repitió Paula con forzada paciencia-. Tenía asuntos que atender.
Lucy y Marie intercambiaron significativas miradas.
-Supongo que nuestro pueblo no tiene mucho que ofrecer a un hombre acostumbrado a las fiestas de Hollywood -murmuró Marie-. ¿No leí en algún sitio que en una época salió con Julia Roberts?
-No sé -replicó Paula-. No suelo leer las revistas de cotilleos.
Miranda lanzó una mirada asqueada por encima del hombro y luego se volvió hacia su madre.
-No los escuches -murmuró-. Ni siquiera conocen a Pedro.
Paula asintió e hizo un esfuerzo por concentrarse en el juego.
-¡Mira, mamá! -exclamó Miranda, señalando el terreno de juego-. ¿No es Michael el que ha entrado con su guante?
-Sí -dijo Paula, agradablemente sorprendida.
Michael debía estar encantado, pensó, orgullosa.
-Seguro que Nick está enfadado -dijo Miranda-. Normalmente suele empezar él. Pero Michael dice que el entrenador aún está enfadado con él por haberse portado tan mal en el partido anterior.
Paula miró automáticamente hacia Ernie Whitley, que estaba sentado cerca de la valla, mirando hacia el campo con cara de pocos amigos. Aquello no ayudaría precisamente a cimentar la amistad entre Nick y Michael, pensó Paula, sin poder evitar cierta sensación de alivio.
El equipo de Michael ganó el partido por una carrera. Paula no pensaba que hubieran ganado por su hijo, que, de hecho, había cometido varios errores, pero estaba orgullosa de su actuación en conjunto. Y, por la sonrisa que le dedicó Michael desde lejos, supo que él también lo estaba.
También supo que lamentaba que Pedro no hubiera estado allí para verlo. Era un sentimiento que ella compartía.
Los espectadores se precipitaron hacia la salida para evitar la aglomeración de tráfico que solía formarse cuando terminaba el partido. Paula, Miranda y Ernestine esperaron unos minutos sentadas antes de bajar las escaleras hacia donde Michael las aguardaba. Los familiares y amigos de los jugadores estaban reunidos junto a la salida del terreno de juego, felicitando al equipo por la victoria y hablando animadamente entre ellos.
Paula se fijó en que Michael estaba a un lado, rodeado por varios chicos, Nick Whidey entre ellos. Al fijarse en la expresión de su hijo, se puso tensa. Supo que estaba a punto de saltar. Le envió advertencias mentales para que no dejara que las burlas de los otros chicos le afectaran.
Al parecer, sus mensajes extra sensoriales no funcionaron. Antes de que Paula pudiera moverse para intervenir, Michael se lanzó hacia Nick con los puños por delante. Cayeron juntos al suelo y empezaron a golpearse mientras sus compañeros los rodeaban dando gritos de ánimo. Ernie Whitley, que estaba discutiendo acaloradamente con el entrenador, se volvió y corrió hacia los chicos.
Paula lo siguió.
Dos padres habían saltado ya para separarlos. Michael no estaba cooperando. Seguía gritando a Nick, haciendo lo posible por liberarse de las manos que lo sujetaban. Paula y Ernie Whidey llegaron junto a sus hijos al mismo tiempo.
-¡Michael! -exclamó Paula-. ¿Cómo has podido hacer esto? ¡Sabes que no debes comportarte así!
Con la mano sobre el hombro de su hijo, Ernie Whidey dijo:
-Es usted la que siempre está actuando como si su hijo fuera demasiado bueno para salir con el mío. Como si el mío fuera una mala influencia para él, o algo así. Pues sepa que no ha sido mi hijo el que ha empezado esta pelea, y hay muchos testigos de ello.
-Lo siento -dijo Paula, dolorosamente consciente de que todas las miradas se habían vuelto hacia ellos-. No sé qué le ha pasado.
-No te disculpes, mamá -dijo Michael, enfadado-. No has oído lo que Nick estaba diciendo sobre ti. Y su padre también lo ha dicho.
-No me importa lo que hayan dicho -replicó Paula-. No hay excusa para esta pelea.
-¡Te ha llamado fulana! -las enfurecidas palabras de Michael llegaron a oídos de todos los presentes.
Involuntariamente, Paula miró a Ernie, con las cejas alzadas.
-Yo... er....
-A fin de cuentas está saliendo con ese tipo de Hollywood y todo el mundo sabe cómo son, ¿verdad, papá? -dijo Nick, con chulería-. Papá dice que cualquier mujer que tiene hijos sin casarse es capaz de largarse con cualquiera, ¿verdad, papá?
Ernie Whitley pareció abochornado por las palabras de su hijo.
-¡Cállate, Nick! -exclamó, zarandeando a su hijo por un brazo.
-Es cierto -insistió Nick, ignorando a su padre para mirar a Michael-. Te has estado haciendo el importante porque tu madre sale con Pedro Alfonso, como si fuera a ser tu padre o algo parecido. ¿Pero dónde está ahora? Dijiste que iba a venir, pero no lo veo. Consiguió lo que quería y ahora ha vuelto con sus nenas de Hollywood, como mi padre dijo que haría.
Un murmullo recorrió el grupo de gente reunida en el campo.
El entrenador Bettencourt se situó entre los dos adolescentes, moviendo gravemente la cabeza.
-Ya conocéis las reglas del equipo respecto a las peleas. En el próximo partido tendrás que quedarte en el banquillo, Michael.
-Eso no es justo -dijo Miranda, librándose de la mano con que trataba de contenerla su abuela-. ¿Por qué castiga a Michael y no a Nick? Ha sido Nick el que ha empezado la pelea.
-Michael ha sido el que se ha lanzado contra él -insistió Bettencourt-. Sabe que pelear va contra las reglas.
-Seguro que usted no dejaría que alguien hablara de su madre así -espetó Miranda, lanzando una desdeñosa mirada a Lucy Bettencourt, la madre del entrenador-. Y eso que es la peor cotilla del pueblo. Ella también ha estado hablando de mi madre, pero no es cierto lo que dice. Mi madre es la mejor, y Pedro volverá. Lo ha prometido.
Paula estaba pensando en algo que decir para poner fin a aquella humillante escena cuando oyó una familiar voz a sus espaldas.
-Es cierto, lo prometí. Y parece que he llegado justo a tiempo.
El rostro de Miranda se iluminó a la vez que se volvía.
-¡Pedro!
Paula se volvió lentamente.