Pedro estaba allí, cerca de ella, con su pelo oscuro agitado por la brisa, los pies firmemente plantados en el terreno de juego y las manos apoyadas en las caderas, en una actitud de auténtico pirata. No parecía un hombre con el que se pudiera jugar mientras deslizaba la mirada de Paula a Ernie Whitley.
-¿Hay algún problema? -preguntó con suavidad.
Los espectadores se apartaron, dejando paso libre a Pedro.
Ernie Whitley miró a su alrededor y luego se aclaró la garganta.
-El chico Chaves ha saltado sobre el mío sin ningún motivo -dijo dirigiéndose a Pedro-. Pero la pelea ya ha acabado.
Pedro alzó una ceja y miró a Michael.
-Muy raras veces hay motivo para pelearse, Michael -dijo-. Es una forma muy poco imaginativa de aclarar pequeñas diferencias.
-Eso es -dijo el entrenador, asintiendo con alivio a la vez que miraba su reloj-. Justo lo que les estaba diciendo.
Pedro volvió a mirar a Ernie Whitley.
-Yo sólo me metería en una pelea si alguien dijera algo desagradable sobre mi prometida y sus hijos. Me temo que en ese caso haría una excepción. Paula y sus hijos son un lujo para esta comunidad. Si alguien opina lo contrario, supongo que tendrá el valor de decirlo frente a ella. O frente a mí -añadió, en tono suavemente peligroso.
“Prometida”. La palabra estuvo a punto de hacer perder el equilibrio a Paula. ¿Habría dicho Pedro aquello para proteger su reputación... o hablaba en serio?
Whitley abrió y cerró la boca un par de veces, y luego se aclaró la garganta.
-No sabía que estuvieran comprometidos -murmuró.
-Le sugeriría que no lo olvidara -ignorando fríamente a Ernie Whitley, Pedro se volvió hacia el entrenador-. Dadas las circunstancias, no creo que uno de los chicos debiera ser castigado y el otro no. Tal vez podría dejar el castigo en una advertencia para ambos.
-Yo... -el sorprendido entrenador permaneció un momento boquiabierto-. Sí, supongo que eso bastará. Muchachos, ni una pelea más, ¿de acuerdo?
Michael asintió, tomó su gorra del suelo y se la puso con firmeza en la cabeza. Luego miró a Pedro con ojos brillantes.
-Me alegra que hayas venido, Pedro.
-Prometí venir, ¿no? No podía irme habiendo hecho esa promesa. Siento haberme perdido el partido. Había un atasco a la salida del aeropuerto de Atlanta.
Paula comprendió que había llegado hasta el aeropuerto antes de decidir dar la vuelta y regresar. Porque había hecho una promesa a un muchacho de trece años.
¿Como no iba a amarlo?
-Felicidades por tu compromiso, Paula -dijo Lucy, acercándose a ellos con la evidente intención de obtener detalles-. ¿Cuándo será el feliz acontecimiento?
Paula miró a Pedro con gesto de ruego.
Con una habilidad que sólo pudo admirar, Pedro logró sacar a Paula y al resto de su familia y llevarla al aparcamiento mientras contestaba amablemente las preguntas que le hacían sin responder realmente a ninguna y sin resultar grosero.
Cuando llegaron al aparcamiento, Miranda se volvió hacia Pedro y lo tomó de la mano.
-¿Has dicho eso sólo para hacerles callar o ha sido en serio, Pedro? -preguntó, formulando abiertamente la pregunta que Paula se estaba haciendo a sí misma.
Pedro miró a Paula a los ojos.
-Nunca digo nada que no pienso -replicó.
Miranda dio un gritito de alegría y lo rodeó con los brazos por la cintura. El le devolvió el abrazo.
-Eso enseñará a Lucy Bettencourt -dijo la niña, satisfecha.
-¿Dijo algo ayer Lucy para disgustarte? -preguntó Paula.
Miranda asintió.
-Le oí hablar en el servicio con Marie Butler -admitió-. Yo estaba en una cabina y ellas no se dieron cuenta de mi presencia... al menos, eso creo.
-¿Qué dijeron?
-La señora Butler dijo que, probablemente, a Pedro no le importaba que tuvieras hijos... ilegítimos, porque la gente de Hollywood hace esas cosas todo el tiempo. Y la señora Bettencourt dijo que estaba segura de que ya os conocíais cuando te fuiste de vacaciones. Dijo que probablemente teníais una aventura.
Pedro soltó una palabrota entre dientes y Paula esperó que sus hijos no la hubieran oído.
Fue evidente el esfuerzo que Pedro tuvo que hacer para controlarse cuando habló a los niños y a Ernestine.
-De acuerdo -dijo-, esta es la historia. Todos merecéis oírla. No he venido a investigar para mi próximo libro, aunque supongo que, ahora que ha corrido el rumor, más vale que se me ocurra un argumento que tenga lugar en un pequeño pueblo del sur. Paula no me invitó aquí para que captara el ambiente. Ella no tenía ni idea de que iba a presentarme en vuestra casa.
Los mellizos lo miraron con curiosidad. Ernestine con suspicacia.
-Entonces, ¿qué haces aquí? -preguntó.
-Conocí a Paula en la isla Serendipity y me enamoré de ella -contestó Pedro con sencillez-. Perdidamente. Pero no tuvimos una aventura en la isla. Hablamos y bailamos, pero eso fue todo. Se fue pensando que no volveríamos a vernos, pero yo la echaba tanto de menos que vine a buscarla. Quería tener la oportunidad de conocerla mejor.
Mientras Paula tragaba con esfuerzo, Miranda suspiró, feliz.
-Y ahora vais a casaros. Fantástico.
-Lo cierto es que tu madre aún no ha dicho que sí -murmuró Pedro, mirando a Paula con expresión arrepentida.
Paula aún no podía creer que Pedro siguiera hablando de casarse. ¡Sólo se conocían hacía unos días!
Miró a su madre y se sorprendió al ver lágrimas en sus ojos.
-¿Mamá?
Ernestine apartó la mirada.
-Harás lo que quieras, por supuesto.
-Señora Chaves, ¿qué he hecho para caerle tan mal? -preguntó Pedro, mirándola directamente a los ojos.
Ernestine volvió a apartar la mirada.
-Nada. Si quieres llevarte a mi hija y a mis nietos a California, hazlo. Supongo que depende de ellos.
Paula casi gimió cuando en su mente se hizo la luz. Ahora comprendía gran parte de la hostilidad demostrada por su madre hacia Pedro. Ernestine la conocía muy bien. Debió reconocer las poderosas emociones que había entre ellos nada más verlos juntos. Pedro suponía una amenaza para su familia, para su vida.
-Nunca he dicho nada de llevarme a su familia a California -dijo Pedro con suavidad. Señalando a su alrededor, añadió-: A pesar del cotilleo, este parece un lugar agradable para tener una familia. Un escritor puede trabajar en cualquier lugar... en Los Ángeles, California, o en Campbellville, Georgia -sonrió cariñosamente-. Pero incluso aunque eligiéramos otro sitio para vivir, siempre habría un lugar para usted -aseguró-. Es un miembro importante de la familia. Dependen de usted. La necesitan. Nunca permitirían que alguien los separara de usted.
Los mellizos asintieron fervientemente.
Paula sonrió y besó a su madre en la mejilla.
-Te quiero, mamá -dijo a la mujer que siempre había querido lo mejor para ella y para sus nietos.
Ernestine parpadeó rápidamente y murmuró algo con cierta brusquedad. No estaba completamente conquistada, pensó Paula, pero ya faltaba poco para conseguirlo.
Pedro se volvió hacia los niños.
-En cuanto al resto de la basura que habéis oído, eso es lo que es: basura. Nadie tiene por qué entrometerse en vuestros asuntos familiares. Tu madre no debe disculpas ni explicaciones a nadie, y vosotros tampoco, ¿de acuerdo?
Los mellizos asintieron.
-Sois unos hijos excelentes -continuó Pedro-. Vuestra madre y yo no hemos hablado mucho sobre el pasado, pero sé que es una mujer muy especial. Y una madre maravillosa. Cualquier hombre que no quisiera formar parte de vuestra familia sería un tonto.
-Nuestro padre no nos quería -dijo Michael, revelando un antiguo dolor-. La abuela nos lo dijo.
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