Los jugadores ya estaban en la cancha cuando Paula, Ernestine y Miranda llegaron.
En cuanto las vio, Michael corrió hasta la valla que separaba el terreno de los espectadores. Varios de sus compañeros de equipo, Nick Whitley entre ellos, lo acompañaron.
-¿Dónde está Pedro? -preguntó Michael-. ¿Va a encontrarse con vosotras aquí?
-Pedro no va a venir -dijo en voz apenas audible, sabiendo que los amigos de Michael podían escucharla-. Ha tenido que ir urgentemente a Los Ángeles por algo relacionado con su nuevo contrato.
La decepción de Michael fue evidente.
-Dijo que vendría.
-Quería venir, pero no ha tenido más remedio que irse, Michael.
Nick Whitley resopló y se volvió, murmurando algo a otro de los chicos mientras volvían al terreno de juego. Michael frunció el ceño.
-¿Michael? -dijo Paula, preocupada-. Lo comprendes, ¿verdad? Pedro tiene su trabajo en Los Ángeles. No puede ignorarlo, aunque hubiera preferido venir a verte jugar.
-Sí, claro. Sé que su contrato para los nuevos guiones es más importante que mi estúpido partido de béisbol. Esperaba que viniera.
-Michael...
Pero el muchacho ya se había vuelto y corría hacia sus compañeros.
Paula se volvió hacia su madre.
-No lo digas.
Ernestine alzó las cejas.
-No he dicho nada.
Pero no hacía falta, por supuesto. Paula sabía que le preocupaba que Pedro rompiera el corazón de su hija y de sus nietos.
-Hey, Paula -gritó Treva desde un banco bastante alejado-. ¿Dónde está ese guapo novio tuyo?
-Ha tenido que volver a Los Ángeles -contestó Paula, abochornada por todas las miradas que se volvieron hacia ella.
Esa tarde las gradas estaban abarrotadas. Paula se preguntó si habría tantos espectadores debido al partido o para comprobar si Pedro Alfonso acudiría. Entonces se reprendió de nuevo por pensar que todo el mundo estaba interesado en sus asuntos.
Viendo un banco vacío, Paula tocó el brazo de su hija.
-Ahí hay un sitio.
-Ahí no, mamá. Vamos a buscar otro sitio -susurró Miranda rápidamente.
Sorprendida, Paula volvió a mirar hacia el banco vacío. Marie Butler y Lucy Bettencourt estaban sentadas justo detrás del espacio libre, mirándola abiertamente. Debían haber ido a ver al nieto de Lucy, el lanzador estrella del equipo.
-¿No hay algún otro sitio en el que nos podamos sentar? -preguntó Miranda.
Paula recordó de pronto haber visto a Lucy y a Marie en el restaurante la tarde anterior. Estaba a punto de preguntarle a su hija si las cotillas oficiales del pueblo le habían dicho algo, cuando alguien gritó tras ella:
-¿Vais a quedaros ahí todo el día bloqueando el pasillo?
-Aquí hay un sitio, Paula -gritó Lucy, señalando el banco que había ante ella-. Hola, Ernestine. Bonito día, ¿verdad?
-¿No ha venido hoy tu amigo? -preguntó Lucy cuando Paula hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo-. Os vimos en el restaurante ayer por la noche.
-Pedro ha vuelto a Los Ángeles -repitió Paula con forzada paciencia-. Tenía asuntos que atender.
Lucy y Marie intercambiaron significativas miradas.
-Supongo que nuestro pueblo no tiene mucho que ofrecer a un hombre acostumbrado a las fiestas de Hollywood -murmuró Marie-. ¿No leí en algún sitio que en una época salió con Julia Roberts?
-No sé -replicó Paula-. No suelo leer las revistas de cotilleos.
Miranda lanzó una mirada asqueada por encima del hombro y luego se volvió hacia su madre.
-No los escuches -murmuró-. Ni siquiera conocen a Pedro.
Paula asintió e hizo un esfuerzo por concentrarse en el juego.
-¡Mira, mamá! -exclamó Miranda, señalando el terreno de juego-. ¿No es Michael el que ha entrado con su guante?
-Sí -dijo Paula, agradablemente sorprendida.
Michael debía estar encantado, pensó, orgullosa.
-Seguro que Nick está enfadado -dijo Miranda-. Normalmente suele empezar él. Pero Michael dice que el entrenador aún está enfadado con él por haberse portado tan mal en el partido anterior.
Paula miró automáticamente hacia Ernie Whitley, que estaba sentado cerca de la valla, mirando hacia el campo con cara de pocos amigos. Aquello no ayudaría precisamente a cimentar la amistad entre Nick y Michael, pensó Paula, sin poder evitar cierta sensación de alivio.
El equipo de Michael ganó el partido por una carrera. Paula no pensaba que hubieran ganado por su hijo, que, de hecho, había cometido varios errores, pero estaba orgullosa de su actuación en conjunto. Y, por la sonrisa que le dedicó Michael desde lejos, supo que él también lo estaba.
También supo que lamentaba que Pedro no hubiera estado allí para verlo. Era un sentimiento que ella compartía.
Los espectadores se precipitaron hacia la salida para evitar la aglomeración de tráfico que solía formarse cuando terminaba el partido. Paula, Miranda y Ernestine esperaron unos minutos sentadas antes de bajar las escaleras hacia donde Michael las aguardaba. Los familiares y amigos de los jugadores estaban reunidos junto a la salida del terreno de juego, felicitando al equipo por la victoria y hablando animadamente entre ellos.
Paula se fijó en que Michael estaba a un lado, rodeado por varios chicos, Nick Whidey entre ellos. Al fijarse en la expresión de su hijo, se puso tensa. Supo que estaba a punto de saltar. Le envió advertencias mentales para que no dejara que las burlas de los otros chicos le afectaran.
Al parecer, sus mensajes extra sensoriales no funcionaron. Antes de que Paula pudiera moverse para intervenir, Michael se lanzó hacia Nick con los puños por delante. Cayeron juntos al suelo y empezaron a golpearse mientras sus compañeros los rodeaban dando gritos de ánimo. Ernie Whitley, que estaba discutiendo acaloradamente con el entrenador, se volvió y corrió hacia los chicos.
Paula lo siguió.
Dos padres habían saltado ya para separarlos. Michael no estaba cooperando. Seguía gritando a Nick, haciendo lo posible por liberarse de las manos que lo sujetaban. Paula y Ernie Whidey llegaron junto a sus hijos al mismo tiempo.
-¡Michael! -exclamó Paula-. ¿Cómo has podido hacer esto? ¡Sabes que no debes comportarte así!
Con la mano sobre el hombro de su hijo, Ernie Whidey dijo:
-Es usted la que siempre está actuando como si su hijo fuera demasiado bueno para salir con el mío. Como si el mío fuera una mala influencia para él, o algo así. Pues sepa que no ha sido mi hijo el que ha empezado esta pelea, y hay muchos testigos de ello.
-Lo siento -dijo Paula, dolorosamente consciente de que todas las miradas se habían vuelto hacia ellos-. No sé qué le ha pasado.
-No te disculpes, mamá -dijo Michael, enfadado-. No has oído lo que Nick estaba diciendo sobre ti. Y su padre también lo ha dicho.
-No me importa lo que hayan dicho -replicó Paula-. No hay excusa para esta pelea.
-¡Te ha llamado fulana! -las enfurecidas palabras de Michael llegaron a oídos de todos los presentes.
Involuntariamente, Paula miró a Ernie, con las cejas alzadas.
-Yo... er....
-A fin de cuentas está saliendo con ese tipo de Hollywood y todo el mundo sabe cómo son, ¿verdad, papá? -dijo Nick, con chulería-. Papá dice que cualquier mujer que tiene hijos sin casarse es capaz de largarse con cualquiera, ¿verdad, papá?
Ernie Whitley pareció abochornado por las palabras de su hijo.
-¡Cállate, Nick! -exclamó, zarandeando a su hijo por un brazo.
-Es cierto -insistió Nick, ignorando a su padre para mirar a Michael-. Te has estado haciendo el importante porque tu madre sale con Pedro Alfonso, como si fuera a ser tu padre o algo parecido. ¿Pero dónde está ahora? Dijiste que iba a venir, pero no lo veo. Consiguió lo que quería y ahora ha vuelto con sus nenas de Hollywood, como mi padre dijo que haría.
Un murmullo recorrió el grupo de gente reunida en el campo.
El entrenador Bettencourt se situó entre los dos adolescentes, moviendo gravemente la cabeza.
-Ya conocéis las reglas del equipo respecto a las peleas. En el próximo partido tendrás que quedarte en el banquillo, Michael.
-Eso no es justo -dijo Miranda, librándose de la mano con que trataba de contenerla su abuela-. ¿Por qué castiga a Michael y no a Nick? Ha sido Nick el que ha empezado la pelea.
-Michael ha sido el que se ha lanzado contra él -insistió Bettencourt-. Sabe que pelear va contra las reglas.
-Seguro que usted no dejaría que alguien hablara de su madre así -espetó Miranda, lanzando una desdeñosa mirada a Lucy Bettencourt, la madre del entrenador-. Y eso que es la peor cotilla del pueblo. Ella también ha estado hablando de mi madre, pero no es cierto lo que dice. Mi madre es la mejor, y Pedro volverá. Lo ha prometido.
Paula estaba pensando en algo que decir para poner fin a aquella humillante escena cuando oyó una familiar voz a sus espaldas.
-Es cierto, lo prometí. Y parece que he llegado justo a tiempo.
El rostro de Miranda se iluminó a la vez que se volvía.
-¡Pedro!
Paula se volvió lentamente.
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