viernes, 27 de febrero de 2015

Capitulo 23 -Conquistandote-

-Te deseo -dijo, con voz ronca-. Te deseo tanto...
Paula estaba a punto de arrancarle la camisa y tomarlo allí mismo, en el coche. Con la respiración entrecortada, susurró:
-Será mejor que vaya dentro. Tengo que comprobar cómo está Miranda.
-Lo sé -Pedro hizo un visible esfuerzo por mostrarse comprensivo.
-Buenas noches, Pedro.
-Hasta mañana.
Mañana. Aquella palabra se había vuelto importante para ellos. Tal vez porque cada vez que se separaban era con la certeza de que se verían al día siguiente.
Mientras entraba en la casa no pudo evitar preguntarse durante cuánto tiempo tendrían aquella seguridad. Ernestine ya estaba en su habitación con la luz apagada cuando Paula pasó junto a la puerta. Sintió la tentación de llamar para tener una conversación de corazón a corazón con ella sobre PEdro, pero decidió esperar. Aún no estaba preparada para mantenerla.
Pasó por la habitación de Michael para darle las buenas noches y luego fue a la de su hija.
Miranda ya estaba en la cama, con la cabeza casi cubierta por las sábanas.
-¿Estás segura de que no te pasa nada, corazón? -preguntó Paula con delicadeza-. Has estado tan callada desde la cena...
-Sólo estoy cansada, mamá. Buenas noches.
-Te quiero, Miranda.
-Yo también te quiero, mamá.
Paula fue a su dormitorio y allí se frotó las sienes. Se sentía como si tuviera un tornado en el interior de la cabeza. Sus sentimientos hacia Pedro se mezclaban con la preocupación por los cambios que éstos pudieran implicar en la vida de su familia, y el conflicto la estaba desgarrando.

En cuanto abrió la puerta a Pedro al día siguiente, Paula supo que algo iba mal. Lo supo por la apenada expresión de su rostro.
-¿Qué sucede? -preguntó, preocupada.
Pedro le dedicó una sonrisa y la besó con ligereza en los labios.
-¿Lo ves? Ya empiezas a conocerme bastante bien.
-Lo suficiente como para saber que hay algo que no quieres decirme -Paula lo precedió al cuarto de estar y luego se volvió hacia él.
-Tengo que volver a Los Ángeles.
Paula sintió que algo se hundía en su interior.
-¿Cuándo?
-Hoy. Esta tarde. Mi vuelo sale de Atlanta dentro de hora y media, lo que apenas me da tiempo para irme antes de despedirme de todos.
No estaría allí para el partido, pensó Paula. Michael se sentiría tan decepcionado...
Más tarde se enfrentaría a su propia decepción.
-Es un asunto de trabajo -explicó Pedro-. Un problema surgido en el último momento con el nuevo contrato. He tratado de convencer a mi agente para que se ocupara del asunto sin mí, pero piensa que debo estar presente en las negociaciones.
-Comprendo -aseguró Paula-. Ve a ocuparte de tus asuntos, Pedro.
-¿Están los chicos aquí? Quiero explicárselo a Michael.
-Michael ya ha ido al parque. El entrenador quería que el equipo se reuniera una hora antes.
Pedro asintió, con evidente pesar.
-No dejes de decirle que las circunstancias me han obligado a irme.
-Se lo diré.
-¿Y Miranda? ¿Está en casa?
-Está en la cocina, con su abuela.
Pedro miró hacia el pasillo que llevaba a la cocina.
-¿Se siente mejor?
-Sí. Fuera lo que fuese lo que le preocupaba, parece haberlo dejado atrás. Lleva toda la mañana charlando como una cotorra.
Aprovechando su momentánea intimidad, Pedro abrazó a Paula y la besó.
-No quiero volver a irme tan pronto -murmuró.
-Yo no quiero que te vayas -admitió Paula-. Pero lo comprendo.
-Ven conmigo, Paula. Podemos estar de vuelta el lunes.
-No puedo, Pedro.
-Piénsalo. Podríamos irnos ahora y...
-¿Iros? -Ernestine habló secamente desde la entrada del cuarto de estar. Miranda estaba tras ella-. ¿A dónde vais?
-Pedro ha recibido una llamada de Los Ángeles y tiene que irse -explicó Paula-. Yo no voy a ningún sitio, excepto al partido de Michael esta tarde.
-¿Tienes que irte, Pedro? -preguntó Miranda, desolada.
-Volveré en cuanto pueda -aseguró él.
Miranda no pareció consolada.
-¿Lo prometes? -preguntó, en un tono lo suficientemente intenso como para que su madre la mirara con preocupación.
-Lo prometo, Miranda.
La niña se acercó a él y lo rodeó por la cintura con los brazos.
-Te echaremos de menos.
Pedro pareció momentáneamente sorprendido, pero enseguida devolvió el abrazo a Miranda.
-No te librarás de mí tan fácilmente -dijo-. Volveré. Y puede que antes de que terminen las vacaciones tu madre pueda librarse unos días de su trabajo para que vayamos todos a Los Ángeles.
-¿De verdad? ¡Eso sería fantástico! -gritó la niña.
-Dudo que tu madre vaya a llevarte a Los Ángeles, Miranda -dijo Ernestine-. No es un lugar adecuado para los niños. Drogas, bandas callejeras... eso es lo que se puede encontrar allí.
-Pero, abuela...
-Es cierto que existe todo eso en Los Ángeles -reconoció Pedro, con más cortesía de la que según Paula se habría merecido su madre-. Pero también hay muchos sitios agradables.
-Disneylandia está allí -dijo Miranda.
Pedro sonrió y asintió.
-Está en Anaheim. Muy cerca de donde vivo.
-¡Guau!
Ernestine se volvió y salió del cuarto de estar.
Pedro suspiró.
-Un auténtico reto -murmuró-. Iba a sugerir que ella también podía venir. Tengo la sensación de que me habría arrojado la invitación a la cara.
-No te preocupes ahora por ella -dijo Paula-. Yo me ocuparé.
Pedro asintió.
-Tengo que irme.
Paula se mordió el labio inferior y asintió. Así iban a ser las cosas, se dijo con tristeza. Habría muchas despedidas en su futuro con Pedro, durara lo que durara. Y, probablemente, unas cuantas decepciones. Pedro tenía una vida muy ajetreaba y a mucha distancia de Campbellville.
Sería un milagro que pudieran verse más de una vez al mes.
¿Sobrevivirían los sentimientos que con tanta rapidez se habían desarrollado entre ellos a separaciones tan largas?
Pedro apoyó las manos en sus hombros y la miró con el ceño fruncido.
-Déjalo ya, Paula.
-¿Que deje qué? -preguntó ella, manteniendo una expresión neutral.
-Ya estás pesimisteando otra vez. No lo hagas.
Paula logró sonreír.
-“¿Pesimisteando?” ¿Es eso una palabra?
-Si no lo es, debería serlo. Describe perfectamente lo que estabas haciendo ahora mismo. Y no quiero que lo hagas, ¿de acuerdo?
Paula notó que sólo hablaba a medias en broma.
-En ese caso, trataré de “optimistear”.
Pedro sonrió.
-Eso suena mucho mejor.
Y entonces la besó.
-Te llamaré esta noche, si puedo... -dijo, cuando finalmente se apartó-. Dile a Michael...
-Se lo diré. Ahora, vete antes de que pierdas el avión.
Pedro echó una última mirada a Paula, dedicó una sonrisa a Miranda y se fue.
Con los ojos fijos en la puerta, Miranda se apoyó contra el costado de su madre con expresión sombría.
Paula le pasó un brazo por la cintura.
-Volverá.
-Sí, claro -dijo Miranda, esforzándose por sonar positiva-. Lo ha prometido.
Paula asintió y besó a su hija en la mejilla. No consideró oportuno decirle que las promesas, como los corazones, a veces se rompían.

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Aca les dejo los 3 capitulos! Espero que les gusten y que comenten! 
Dedicados a @SilvinaAraceliR
Despues de que vuelva de las vacaciones voy a empezar esta nove http://unaaventuradeamorpyp.blogspot.com.ar/ que es la historia de una de las primas y cambian los personajes! Espero que se copen! Y mañana si encuentro wifi en en donde voy subo el final de esta nove!

Capitulo 22 -Conquistandote-

Cuando Paula volvió del trabajo el viernes, Pedro ya estaba en casa, con Miranda y Michael compitiendo por su atención.
-Hola, mamá. Mira quién está aquí -dijo Miranda, sonriendo de oreja a oreja. Una delgada cadena de oro que Paula no recordaba haber visto antes colgaba de una muñeca de su hija.
-Hola, mamá -saludó Michael, que parecía más satisfecho que en todos los días pasados, con lo que parecía sospechosamente un nuevo guante de béisbol en su mano.
Al parecer, Pedro había llevado regalos.
Con una devastadora sonrisa en los labios, Pedro cruzó la habitación en tres zancadas y besó con entusiasmo a Paula en la boca. Paula tuvo que contenerse para no rodearlo con sus brazos y devolverle el beso.
Lo había echado tanto de menos...
-Hola, Paula -dijo Pedro, cuando se separaron.
Paula se ruborizó intensamente. Era consciente de que sus hijos la estaban mirando, Michael con indecisión, Miranda, encantada. Y ella no sabía si estrangular a Pedro por avergonzarla delante de sus hijos o si arrastrarlo a un lugar más privado donde poder besarlo como realmente deseaba.
-Mira lo que me ha traído Pedro, mamá -dijo Miranda, acercándose para enseñarle la pulsera.
-Es... preciosa -dijo Paula, sinceramente, pensando que la joya no era ni demasiado grande ni demasiado llamativa, y apropiada para una chica de trece años.
-Y mira mi guante -dijo Michael, enseñándole su regalo--. Es bonito, ¿verdad?
-Muy bonito -Paula miró de su hijo a Pedro y luego de vuelta-. Espero que le hayáis dado las gracias a Pedro por los regalos.
-Me las han dado -aseguró él-. Tus hijos podían dar clases de modales a muchos de los adultos con los que me relaciono en Los Ángeles.
Miranda y Michael parecieron encantados con el cumplido.
Paula notó complacida que sus hijos ya estaban vestidos para salir a cenar, como les había pedido que hicieran.
-¿Dónde está la abuela? -preguntó-. ¿Está lista para salir?
Los mellizos fruncieron el ceño.
-No está en casa -dijo Michael-. Ha ido a cenar a casa de la señora Leary.
-Ha dicho que ya había quedado con ella y que sabía que no nos molestaría que no viniera con nosotros -explicó Miranda.
Ernestine no había dicho una palabra a su hija sobre aquellos planes. Paula se sentía cada vez más frustrada por la negativa de su madre a dar una oportunidad a Pedro. Volviéndose hacia éste, dijo:
-Los siento, Pedro. Pensaba que vendría con nosotros.
-No te preocupes -contestó él, encogiéndose de hombros-. Tendré que seguir intentándolo.
-Pedro le ha traído un broche muy bonito -dijo Miranda-. Incluso tiene un diamante en medio.
-Espero que ella también te haya dado las gracias -dijo Paula.
-Por supuesto -dijo Pedro, añadiendo con optimismo-: Creo que poco a poco la estoy conquistando.
Paula sonrió.
-Entonces seremos nosotros cuatro. Dadme cinco minutos para prepararme y podremos irnos.

Fueron al restaurante italiano favorito de los mellizos. Paula lo habría pasado muy bien si no hubiera sido tan consciente de la atención que les prestaban desde las otras mesas, de las miradas, los susurros y las especulaciones al ver a Pedro con ella y sus hijos.
Se sintió especialmente incómoda al darse cuenta de que Marie Butler y Lucy Bettencourt estaban cenando unas mesas más allá. Nada bueno podía surgir de la atención que les estaban prestando las dos cotillas más famosas del pueblo.
Durante la comida fueron interrumpidos en varias ocasiones por personas que querían un autógrafo de Pedro, normalmente adolescentes, pero también algún que otro adulto.
La única vez que Pedro demostró cierta impaciencia fue cuando una mujer se empeñó en hacerse una foto con él.
-Lo siento, pero ahora estoy cenando -contestó Pedro con amable firmeza-. Preferiría no hacerlo.
La mujer insistió.
-Señora -saltó Michael, perdiendo la paciencia-. ¿No se da cuenta de que está tratando de comer?
Finalmente, la admiradora se fue, indignada.
-¿Siempre te pasa lo mismo, Pedro? -preguntó Miranda, sin saber muy bien si envidiarlo o sentir pena.
Pedro se encogió de hombros.
-Algunas veces son peores que otras. Cuando estoy en Los Ángeles no es ningún acontecimiento verme en un restaurante. Suele haber estrellas mucho más famosas cerca para atraer la atención de los admiradores. Pero cuando hago una gira de promoción de un libro en lugares donde no hay tantas celebridades, sí suelen prestarme demasiada atención.
A pesar de la poca importancia que daba Pedro con su actitud a la fama, Paula aún tenía tendencia a separarlo en su mente en dos individuos distintos. Pedro, el hombre al que conocía y amaba, y Pedro Alfonso, el casi desconocido.
Y era dolorosamente consciente de que su relación no podía ir más allá hasta que aprendiera a aceptar sus dos facetas.
Tras pedir el postre, Miranda susurró a su madre que necesitaba ir al servicio.
-¿Quieres que te acompañe? -preguntó Paula.
Miranda giró los ojos, exasperada.
-¡Mamá!
-Disculpa, hija -dijo Paula, irónicamente. Luego se volvió hacia Pedro-. Creía que sabía que las mujeres siempre iban al servicio por parejas.
Pedro rió y preguntó:
-¿Cuándo es tu próximo partido, Michael?
-Mañana por la noche. ¿Vas a venir? -preguntó el muchacho, tratando de no mostrarse demasiado anhelante.
-Claro que sí -replicóPedro.
-El entrenador dice que he estado jugando mucho mejor esta semana. Ha pasado algún rato conmigo estas últimas tardes.
-Eso es estupendo, Michael. Estoy deseando verte jugar mañana.
Los postres llegaron y Michael y Pedro se lanzaron sobre ellos al instante. Paula esperó a Miranda. Miró hacia la puerta del servicio y sintió una ligera descarga de ansiedad al ver que Marie Butler y Lucy Bettencourt salían en ese momento, miraban en su dirección y luego abandonaban el restaurante.
Lo cierto era que Miranda estaba tardando demasiado, pensó Paula, preocupada. Estaba a punto de levantarse cuando su hija apareció.
De inmediato fue evidente que algo iba mal. La sonrisa de Miranda se había esfumado y había sido sustituida por una expresión distante.
-¿Miranda? ¿Va todo bien?
-Sí, claro, mamá -Miranda no miró a su madre a los ojos mientras se sentaba-. ¿Me he perdido algo este rato?
-Pedro va a venir al partido mañana -anunció Michael.
-Estupendo -Miranda comenzó a tomar su postre sin visible entusiasmo.
Paula miró a Pedro. Él también parecía haber percibido que algo le pasaba a Miranda. Alzó las cejas, como preguntando si debían insistir para que se lo contara. Paulanegó de modo apenas perceptible con la cabeza. Era evidente que Miranda no quería hablar de ello en esos momentos.
Paula decidió esperar hasta que estuvieran de vuelta en casa. Pero si Marie y Lucy habían dicho algo para disgustar a su hija, tendrían noticias suyas muy pronto.

Pedro rechazó la invitación a entrar cuando llevó a la familia Chaves a su casa.
-Se está haciendo tarde -dijo-. Será mejor que vuelva a la cabaña.
Paula pensó con anhelo en la cabaña en la que pasaron la tarde del domingo anterior. Deseó poder ir allí con Pedro, pero sabía que debía quedarse para averiguar qué le preocupaba a Miranda.
-Id a casa -dijo a sus hijos, quedándose dentro del coche-. Yo tengo que hablar un momento a solas con Pedro.
-¿Qué le pasa a Miranda? -preguntó Pedro en cuanto los mellizos salieron del coche-. ¿He dicho algo malo?
-No. Estaba perfectamente hasta que ha vuelto del servicio.
Pedro pareció preocupado.
-¿Crees que no se siente bien?
-No sé -Paula pensó de nuevo en Marie y Lucy saliendo de los servicios.
Decidió no mencionar sus sospechas a Pedro hasta que estuvieran confirmadas.
-Me dirás si puedo hacer algo, ¿verdad? Voy a darte el número de mi móvil para que me llames si me necesitas.
Pedro sacó un pequeño cuaderno de la guantera del coche alquilado, anotó un número y le entregó la hoja a Paula.
-Estoy segura de que todo irá bien -dijo ella, mientras guardaba el papel en su bolso-. Ya sabes la facilidad con que cambian de humor los adolescentes -trató de hablar en tono ligero para tranquilizar a Pedro, ocultando su propia preocupación.
-No, lo cierto es que apenas se nada sobre los adolescentes -replicó él-. Aparte de haber sido uno hace años, no tengo ninguna experiencia con ellos.
-Sabes tratarlos muy bien.
-Me gustan tus hijos -contestó Pedro con sencillez.
Sus palabras conmovieron a Paula, aunque trató de evitar que se le notara.
-Tú también les gustas a ellos.
-Eso espero -Pedro alzó una mano y acarició la mejilla de Paula-. Te he echado de menos.
-Yo también te he echado de menos -admitió.
-Me agrada oír eso. Nunca estoy seguro contigo -dijo Pedro con expresión de pesar, sorprendiendo a Paula-. A veces haces que me vuelva a sentir nervioso como un crío. Me encuentro haciéndome preguntas como, ¿le gusto?, ¿piensa en mí cuando no estoy con ella?, ¿piensa que soy guapo?
Su sonrisa hizo reír a Paula.
-Sí me gustas -dijo-. Y sí pienso en ti cuando no estás. Y pienso que eres muy guapo.
Riendo, Pedro deslizó una mano tras el cuello de Paula y la atrajo hacia sí.
-Me haces feliz, Paula Chaves -murmuró, y la besó antes de que pudiera responder.
El beso se volvió rápidamente intenso, apasionado. Pedro necesitó de toda su fuerza de voluntad para apartarse.



Capitulo 21 -Conquistandote-

-Corazón, desde que llegué a Campbellville y te vi con tus hijos supe que para ti eran lo primero. Ese es sólo un motivo más por el que admirarte. No dejaremos que les hagan daño.
Paula quiso creer que eso podía ser tan sencillo como parecía por el confiado tono de Pedro.
-He llamado para decirte que podré estar de vuelta el viernes -continuó él-. ¿Estás libre el viernes por la tarde?
-Sí, estoy libre.
-Estupendo. Me gustaría llevar a toda tu familia a cenar. A algún lugar bonito. Tu madre está incluida, por supuesto.
-¿Tratando de suavizarla? -preguntó Paula.
-Sí. ¿Crees que una comida en un restaurante caro me ayudará a conseguirlo?
-Seguro que no hace daño. Normalmente le gustan esa clase de cosas.
-Entonces habrá que intentarlo.
Aunque, por una parte, Paula temía la atención pública que aquella salida pudiera atraer sobre su familia, necesitaba saber con exactitud qué esperar de su relación con Pedro.
-Te echo de menos, Paula.
Sólo llevaban separados veinticuatro horas, pero lo cierto era que Paula echaba tanto de menos a Pedro que casi le dolía.
-Volveré a llamarte mañana, ¿de acuerdo? -continuó Pedro-. Y avísame si algún periodista vuelve a darte la lata. Haré lo posible por librarte de él.
-Gracias, pero sé cuidar de mí misma, Pedro.
-No tengo ninguna duda al respecto -dijo Pedro-. Buenas noches, amor.
-Buenas noches.
Paula colgó lentamente, y permaneció un rato de pie junto al teléfono, preguntándose en qué lío se había metido cuando aceptó por primera vez la mano de Pedro para bailar.

Cuando el miércoles por la tarde sonó el teléfono, Paula lo descolgó en su habitación, esperando que fuera Pedro.
-¿Hola?
-¿Hablo con la famosa y sofisticada Paula Chaves, conocida por sus relaciones con la jet?
Paula gruñó y se sentó en el borde de la cama.
-Debería haber sabido que recibiría una llamada como ésta.
Su prima Emily rió al otro lado de la línea.
-Lo siento. No he podido resistirlo. Tienes a todo Honoria pendiente de ti. ¿Es cierto que estás saliendo con el rico y famosos Pedro Alfonso?
-He estado viendo a un hombre que conocí como Pedro -contestó Paula cándidamente, sintiéndose libre por primera vez para mostrarse abierta-. Si hubiera sabido cuando lo conocí que se trataba del rico y famoso Pedro Alfonso, tal vez habría salido corriendo en dirección opuesta.
-¿Cómo es?
-Guapo. Divertido. Encantador. Romántico. Un poco consentido y acostumbrado a conseguir lo que quiere.
-Parece un tipo fabuloso.
-Lo es.
-Entonces, ¿a qué viene ese tono de preocupación?
-¿Tú qué crees? -preguntó Paula en tono irónico.
-A que Pedro Alfonso es el rico y famoso -repitió Emily.
-Exacto.
-¿Y qué sucede? ¿No te crees lo suficientemente buena para él?
-No es eso -aseguró Paula-. Pero lo cierto es que tenemos muy poco en común. He vivido toda mi vida en pequeños pueblos del sur. He pasado trece años trabajando y criando a mis hijos. No sabría cómo comportarme en una fiesta de Hollywood, y no estoy especialmente interesada en aprender.
-¿Quieres decir que estarías satisfecha con pasar el resto de tu vida en Campbellville, sin hacer nada excitante o aventurado?
La inquietud del tono de Emily era algo que Paula nunca había escuchado. No recordaba haberla percibido la última vez que se vieron, tras el funeral del padre de Emily.
-¿Sucede algo malo, Emily?
-No -contestó su prima con demasiada rapidez-. Estoy bien. Lo único que sucede es que creo que no deberías pasar de lo que podría ser una magnífica oportunidad sólo porque apenas hayas salido de Georgia. No creo que la vida en un pequeño pueblo haya sido especialmente buena para ninguna de nosotras.
Probablemente, Emily era la que más había sufrido a causa de los escándalos en Honoria. Su madre, la segunda esposa de su padre, huyó con el hijo casado de una prominente familia cuando ella apenas era una cría. Quince años después, cuando apenas había pasado un mes desde que Paula, Tara y Emily enterraran sus “cápsulas del tiempo”, Lucas, el adorado hermanastro mayor de Emily, dejó el pueblo bajo la sospecha de asesinato. Nunca hubo evidencia suficiente para llevarlo ajuicio, pero fue acusado y juzgado en las peluquerías y cuartos de estar de todo Honoria. Irse como lo hizo, sin dar explicaciones, sólo sirvió para empeorar las cosas.
A pesar de la firme creencia de Emily en su inocencia, Lucas Chaves era recordado en Honoria como un asesino que se había librado de pagar su crimen.
El embarazo de Paula no fue ninguna sorpresa para los habitantes de Honoria, pues tenía reputación de fresca y lanzada, una reputación que se acrecentó cuando la mitad del equipo de fútbol americano aseguró haberse acostado con ella. Pocos la creyeron cuando aseguró que sólo había estado con un chico, Vince Hankins. Después de todo, él era un Hankins y ella una Chaves.
-No puedes culpar a todos por los feos rumores diseminados por algunos -dijo Paula-. En conjunto, me gusta vivir en una pequeña población. Es un lugar seguro para criar a mis hijos, y en caso de una emergencia sé que hay gente con la que puedo contar.
-A mí no me importaría probar algo nuevo para variar -dijo Emily-. Y puede que algún día lo haga.
No hablaron mucho más. Emily animó a su prima a seguir los dictados de su corazón y a no preocuparse por lo que pudieran decir sus vecinos. Paula sugirió a Emily que siguiera su propio consejo.
Sin saber muy bien cómo, Paula se encontró pocos minutos después sacando su “cápsula del tiempo” de lo alto del armario de su habitación. Volvió a sentarse en la cama y abrió el sobre con la carta que prefirió no leer cuando ella y sus primas desenterraron las cajas.
Le sorprendió ver la delicada y florida letra con que estaba escrita, la tinta violeta que utilizó, desteñida por el paso del tiempo.
Con arrogante inocencia, describía en la carta cómo preveía que sería su futuro. La fama. Los admiradores. Las fotografías en todas las revistas de moda. Los papeles de protagonista en las películas.
El dinero.
Dejó la carta a un lado, asqueada.
La joven y materialista Paula se habría sentido encantada ante la perspectiva de tener una aventura con “el rico y famoso Pedro Alfonso”. Habría encontrado su dinero tan atractivo como a él mismo.
Sin embargo, no era ninguna de esas cosas de las que se había enamorado la Paula adulta.
Se había enamorado de un hombre al que le gustaban las flores, la luz de la luna y la música romántica. Un hombre que era encantador con sus hijos, que le había hecho el amor con ternura y generosidad.
Pero nunca lo había visto en su otro mundo, pensó, decepcionada. Tendría amigos, familia, un hogar, un trabajo... toda una vida sin ella. Ese Pedro Alfonso era un desconocido para ella. ¿Cómo iba a saber si podía amarlo tanto como a Pedro?
Volvió a dejar la caja en su armario mientras un viejo refrán sonaba en su mente.
“Ten cuidado con lo que deseas, porque podrías conseguirlo”.



jueves, 26 de febrero de 2015

Capitulo 20 -Conquistandote-

-Yo... er...
-¿Llamaste a Nick después de que te prohibiera hacerlo, Michael? -Paula no necesitó que su hijo respondiera-. ¿Por qué has hecho algo que sabías que te había prohibido?
-Sólo quería contarle que jugué con Pedro -murmuró-. No hablamos ni dos minutos.
-Te dije que nada de llamadas telefónicas durante dos semanas. Ese era tu castigo por haber hecho el gamberro el jueves, Michael. No estoy dispuesta a que vuelvas a desobedecerme, ¿está claro?
-Sí.
-¿Está claro, Michael? -repitió Paula-. Porque, si lo considero necesario, siempre puedo extender el castigo a un mes para que te lo tomes en serio.
-No, no hagas eso -rogó Michael-. No volveré a desobedecer.
-Bien. Voy a trabajar todo el día, pero la abuela estará aquí para vigilarte. Me apoyarás en esto, ¿verdad, mamá?
-¿Para mantenerlo alejado del chico Whitley? -Ernestine asintió-. Por supuesto.
Paula se levantó.
-Tengo que prepararme para salir a trabajar. Hablaremos de esto más tarde.
-¿Viene Pedro esta noche? -preguntó Miranda, esperanzada.
-Pedro tenía que volver a Los Ángeles esta mañana -contestó Paula.
Los mellizos gimieron.
Ernestine no pareció sorprendida.
Paula notó que su madre no había llegado a responder a la pregunta de Miranda sobre Pedro. Le habría gustado escuchar su respuesta.
-¿Va a volver? -preguntó Michael.
-Ha dicho que sí. Pero recordad que Pedro es un hombre muy ocupado. No podéis esperar que pase mucho tiempo en Campbellville.
La taza de Ernestine sonó al chocar con la mesa, aunque ella no dijo nada.
-Tengo que prepararme -repitió Paula tras mirar su reloj- . Voy a llegar tarde.
Cuando salió, dejó atrás una pensativa familia. Sospechaba que Pedro Alfonso figuraba en las mentes de todos.
Y ella sabía con certeza que estaría en sus pensamientos a lo largo del día.

Cuando Paula entró en la oficina esa mañana, todo el mundo dejó de hablar. El repentino silencio fue intenso y revelador. Fue evidente que Paula estaba siendo objeto de especulaciones.
-Buenos días -saludó Patty, ligeramente ruborizada-. ¿Has pasado un buen fin de semana?
-Sí, gracias -Paula se encaminó hacia su despacho, manteniendo una expresión neutral.
-¿Y cuándo vamos a conocer a Pedro Alfonso? Aún no he podido conocer a ningún famoso de Hollywood.
-Pedro ha vuelto a Los Ángeles esta mañana -explicó Paula-. Tiene una reunión y varias entrevistas concertadas para esta semana.
El rostro de Patty reveló su decepción.
-Oh. Tenía tantas ganas de conocerlo... Pero volverá, ¿verdad?
-Tal vez, aunque no sé cuando. Depende de lo que necesite investigar para su nuevo libro -Paula mantuvo un tono de voz desenfadado, como si realmente le diera lo mismo que Pedro volviera o no.
Pero la expresión de Patty era decididamente escéptica cuando la miró antes de entrar en la oficina. Para la hora de almorzar, todo el mundo estaba ocupado con sus respectivos trabajos.
Y entonces llegaron las rosas. Una docena. Rojas.
-Para ti, Paula -dijo Patty, entrando en su despacho con el ramo en los brazos-. Me pregunto quién te las habrá mandado.
Indecisa entre sentirse encantada o enfadada con Pedro por aquel gesto tan descaradamente público, Paula trató de sonreír en respuesta al sugerente tono de Patty.
-Supongo que traen una tarjeta, ¿no?
-Parece que hay una aquí. ¿Quieres que te la lea?
Sabiendo que Patty aún le estaba tomando el pelo, Paula sonrió.
-No, gracias. Creo que yo podré ocuparme de eso.
-Las ha enviado él, ¿no? -dijo Patty mientras dejaba las flores en el escritorio de Paula.
-Aún no he leído la tarjeta.
-Ya, pero sabes que son de él.
Abrió la tarjeta que acompañaba la! flores con dedos temblorosos.
Piensa en mí, era todo lo que decía. No estaba firmada, pero no hacía falta, por supuesto.

En cuanto entró en la cocina esa tarde, Paula supo que algo preocupaba a Ernestine.
-¿Qué sucede? -preguntó, temiendo que Michael hubiera dado problemas a su madre.
Ernestine señaló un periódico doblado que se hallaba sobre la mesa.
-Puede que quieras echarle un vistazo -dijo.
Reacia, sospechando que no iba gustarle lo que viera, Paula tomó la edición de tarde del Campellville Courier.
Alguien había tomado una foto de Pedro, Miranda y ella sentados en las gradas el día del partido. Parecían contentos y relajados en la foto. Paula no pudo evitar pensar que parecían una auténtica familia.
El breve artículo que acompañaba a la foto decía que el famoso novelista Pedro Alfonso había acudido a Campbellville a buscar inspiración para su nuevo libro. El artículo añadía que Pace estaba pasando mucho tiempo con la familia Chaves, que, al parecer, lo había invitado a utilizar su pueblo para la investigación.
-No sé por qué pareces tan disgustada -dijo Paula, dejando el periódico sobre la mesa-. No hay nada de especial interés en el artículo.
-¿Te gusta ver tu foto en el periódico? ¿Quieres que murmuren sobre ti?
-Tú sabes mejor que nadie cuánto me disgustaría eso -replicó Paula-. Pero ahora no podemos hacer nada al respecto, ¿no te parece?
-No me fío de él, Paula. Y si tuvieras un poco de sentido común, harías lo mismo. Sois tan diferentes como la noche y el día. Ese hombre va a hacerte daño. ¿No te recuerda a...?
-Pedro no se parece en nada a Vince, madre -interrumpió Paula secamente.
-Yo no he mencionado su nombre. Eres tú la que ha pensado en él.
-No se parecen en nada -repitió Paula-, deseando convencerse a sí misma tanto como a su madre.
No fue una tarde especialmente agradable. El teléfono sonó sin cesar. Miranda estaba encantada porque sus amigas habían visto su foto con Pedro. Michael refunfuñó porque su madre no le dejó llamar a sus amigos.
La gota que colmó el vaso cayó cuando Miranda llamó a Paula diciéndole que tenía una llamada.
-No sé quién es -dijo-. Es un hombre. ¿Puedes darte prisa, mami? Espero otra llamada.
-Ya has pasado suficiente tiempo al teléfono esta tarde -replicó Paula mientras tomaba el auricular-. ¿Hola?
-¿Señora Chaves? Soy Carl Burger del Universal News. Fui compañero de colegio de Fred Justice, que trabaja ahora para el Campbellville Courier.
El Universal News era un periódico especialmente amarillista.
-Lo siento, pero no tengo nada que decirle.
-Sólo un par de rápidas preguntas, señora. Tengo entendido que es buena amiga del señor Pedro Alfonso. ¿Es cierto que acaba de firmar un nuevo contrato millonario con un estudio de Hollywood? ¿Puede confirmarme eso?
-No, me temo que no. Adiós, señor Burger.
El hombre seguía hablando cuando Paula colgó. Conectó de inmediato el contestador.
Pedro llamó a las diez, cuando los mellizos se acababan de ir a la cama.
-¿Paula? -dijo, a través del contestador-. Hola, soy Pedro. Llámame cuando llegues, ¿de acuerdo? El número es...
Paula alzó el auricular.
-Estoy aquí, Pedro.
-Oh. Hola. ¿Has puesto un filtrador de llamadas?
-Sí. No quería contestar preguntas sobre tu nuevo contrato con un estudio de Hollywood.
-¿Quién te ha preguntado sobre ese contrato?
-Un tipo llamado Burger. Trabaja para el...
-Universal News -concluyó Pedro por Paula-. Es una plaga. ¿Cómo te localizó?
-Al parecer, tiene un amigo en el periódico local. Un amigo que debe pensar que tengo algo interesante que contar.
-O vender -añadió Pedro, serio-. ¿Qué le has dicho?
-Que no tenía nada que decir.
-Lo siento, Paula. No esperaba que esto sucediera tan pronto.
-Pero esperabas que acabara sucediendo, ¿no?
-Sí. Sabía que habría un interés pasajero en nuestra relación, sobre todo ahora, con este nuevo contrato pendiente. Ya te dije que soy el niño mimado de la prensa... hasta que aparezca algo más entretenido, claro. Pero esperaba que tuvieras un poco más de tiempo para prepararte antes de que fueran a por ti.
Paula sabía que, por mucho tiempo que tuviera, nunca estaría preparada para soportar el acoso de la prensa.
-No te preocupes, amor -continuó Pedro-. Encontraremos una forma de resolver esto.
-Tu tienes más experiencia que yo en esta clase de cosas -dijo, finalmente-. ¿Qué puedo esperar? ¿Eres lo suficientemente famoso como para que los periodistas empiecen a rodear mi casa?
-No puedo evitar preocuparme -dijo-. No se trata sólo de lo poco que me gusta la publicidad. Tengo que proteger a mis hijos. ¿Lo comprendes?

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Hoy 3 capitulos! Espero que les gusten y espero sus comentarios! Voy a ver si mañana subo 3! Tw @Floor_PauChaves