No podía dejar de mirarla.
Pedro apenas era consciente de lo que los rodeaba. Todo lo que veía era a Paula, sentada frente a él y desayunando con visible apetito. Se preguntó si todos sus apetitos serían así de entusiastas.
La deseaba. Tal vez la deseó desde el momento en que la vio. No recordaba haber deseado a ninguna mujer tan rápidamente, con tanta fuerza, después de tan poco tiempo.
Ni siquiera la conocía, se recordó.
Y entonces ella sonrió por encima de su vaso de zumo. El deseo volvió a golpear a Pedro con toda su intensidad.
Fuera quien fuese, la deseaba.
¿Cuánto tiempo debía esperar antes de decírselo sin asustarla?
Al principio le había costado hablar con ella. Paula parecía tener dificultad para mirarlo a los ojos, y Pedro sospechaba que estaba recordando el increíble beso de la noche anterior. No había pretendido besarla con aquella intensidad, pero el beso escapó a su control casi antes de que se diera cuenta de lo que estaba pasando.
Tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para no tomarla en sus brazos y llevársela a la cama. Sólo consiguió reprimirse repitiéndose que si cedía al impulso lo estropearía todo.
En aquel momento, Paula parecía más relajada. Habían descubierto su pasión compartida por las viejas películas, especialmente por los musicales, y eso había renovado su confianza.
-Cuanto más intrascendente sea el argumento, más parecen gustarme los musicales -confesó ella, encogiéndose de hombros-. Soy la auténtica pesadilla de los críticos de cine.
-Tal vez -asintió Pedro, riendo-. Pero eres el sueño de un productor. ¿Te has fijado en los argumentos de los grandes éxitos de este verano? No destilan precisamente filosofía.
-Si quisiera filosofía, leería un libro. Normalmente veo películas por diversión y entretenimiento, aunque también puedo apreciar una película seria si estoy de humor para ello.
En tono aparentemente despreocupado, Pedro preguntó:
-¿Y las películas de aventuras? ¿Te gustan? Ya sabes, balas volando y héroes de férreos puños.
Lo que de verdad quería saber Pedro era si realmente Paula desconocía quién era y lo que hacía para vivir. No parecía saber que era Pedro Alfonso, novelista y guionista ganador de premios. La noche anterior había sospechado que no tenía ni idea de su identidad, y lo había encontrado refrescante, sobre todo tras el febril ritmo de los dos últimos años. Era agradable estar con una mujer que no parecía querer nada de él, que se mostraba más interesada en lo que tenía que decir que en a quien conocía o cuánto dinero había ganado.
Era agradable estar con Paula.
-A veces me gustan -replicó ella, volviendo a atraer la atención de Pedro a la conversación-. Al menos, mientras no se pongan excesivamente violentas. Y sobre todo si el héroe de puños de acero se enamora de una heroína igualmente valiente durante la escapada. Pero normalmente tiendo a ver en la televisión las viejas películas en lugar de las nuevas. Siempre estoy demasiado ocupada para ir al cine, pero a menudo tengo la televisión encendida mientras hago otras cosas por la tarde.
-¿Qué haces? -dijo Pedro, preguntándose a qué se dedicaría. Ya la había catalogado como una profesional de éxito. Suponía que estaba disfrutando de unas vacaciones en solitario por el mismo motivo que él; porque necesitaba un respiro para evitar agotarse del todo.
-Me gano la vida -contestó ella, encogiéndose de hombros-. Pero ahora mismo no puedo pensar en el trabajo.
-Yo tampoco -replicó Pedro de inmediato, aliviado. Había tiempo de sobra para hablar de la vida real, pensó con satisfacción. De momento quería limitarse a disfrutar de estar con ella.
Tras el desayuno, cuando salían del restaurante, Paula alzó el rostro hacia lo alto y cerró los ojos durante un momento, sumergiéndose en el sol y el aire fresco como una planta tropical que llevara todo el invierno confinada en el interior.
Cuando abrió los ojos vio que Pedro la estaba mirando. Sonrió.
-Este lugar es precioso.
Él se aclaró la garganta.
-Sí -asintió, sin apartar la mirada de su rostro.
Paula sintió que se ruborizaba.
Pedro la tomó de la mano.
-Vamos.
Mientras sus dedos se enlazaban, Paula se preguntó si alguna vez alguien denegaría algo a aquel hombre. Tenía una forma de hacer peticiones que no dejaba mucho lugar para la discusión.
Ella se había cuidado mucho de evitar tipos arrogantes y mandones desde Vince Hankins. Se preguntó si el encantador y atractivo exterior de Pedro ocultaría aquellas tendencias. Incluso en la ficción, los caballeros piratas podían ser implacables cuando se enfadaban, cuando iban tras algo que querían.
Pero apartó enseguida aquellos pensamientos, diciéndose que estaba siendo ridícula.
-¿A dónde vamos? -preguntó, mientras Pedro la conducía por un sendero rodeado de flores que llevaba hacia la zona más alta de la isla.
-¿Eso importa?
-No. No importa.
La sonrisa de Pedro se acentuó mientras tomaba la mano de Paula y la colocaba en su codo. Ella no pudo resistir alargar los dedos sobre su brazo desnudo, palpando los músculos que había bajo su piel, sintiendo el roce de su vello contra su palma. Tampoco pudo evitar pensar qué sentiría si deslizara la mano por toda su piel.
¿Cómo iba a importarle a donde la llevara mientras fueran caminando así de juntos? Alzó la vista hacia él y vio que la estaba mirando. Volvió a tener la sensación de que podía leer sus pensamientos.
Pedro parecía saber a dónde se dirigía, de manera que Paula prestó poca atención a las revueltas y giros del sendero. Poco rato después llegaron hasta una cadena que cortaba el camino, con un cartel a un lado que decía Prohibido el Paso en varias lenguas.
Pedro pasó por encima de la cadena y alargó una mano hacia ella, invitándola silenciosamente a seguirlo.
Paula alzó una ceja.
-¿No sabes leer en inglés? O en francés, o en español, o...
-Sé lo que dice el cartel -aseguró Pedro-. En todos los idiomas. Vamos, quiero enseñarte algo.
-Pero...
-No te preocupes por eso. El dueño es amigo mío. Ya he estado aquí antes -Pedro rió con suavidad al ver la escéptica expresión de Paula-. ¿No me crees? -al ver que ella se encogía de hombros, añadió-: Te diré qué haremos. Si nos metemos en algún lío, yo cargaré con las culpas. Diré que te he secuestrado y que te he hecho venir aquí bajo la amenaza de peligrosas consecuencias.
Paula no pudo evitar sonreír.
-¿Qué peligrosas consecuencias?
-Algo peor que la muerte -aseguró él-. Puedes decirles que amenacé con poseerte.
Las mejillas de Paula se tiñeron al instante de rubor. Ser poseída por Pedro no le parecía algo peor que la muerte, ni mucho menos.
Se aclaró la garganta.
-¿Estás seguro de que no habrá problema con el dueño?
Él asintió y volvió a alargar la mano hacia ella.
-Confía en mí.
Paula colocó su mano en la de él en un gesto que empezaba a volverse intrigantemente familiar. El sendero, bordeado de flores silvestres, se fue estrechando, y Pedro tuvo que apartar mas de una vez unas ramas para ayudar a Paula a pasar. El camino era bastante empinado, y ella agradeció que Pedro la ayudara. Finalmente, pasaron una última capa de espesura y Paula se quedó sin aliento al contemplar la vista que se extendía ante sus ojos.
-¡Pedro, esto es maravilloso!
Él sonrió, satisfecho, y se apartó a un lado para que Paula pudiera ver sin obstáculos la vista que había desde el borde del risco al que llevaba aquel sendero privado.
Casi se podía ver todo el centro de vacaciones desde allí, las bonitas cabañas, las dos piscinas naturales con sus cascadas, las pistas de tenis y los establos, la playa, punteada por las coloridas sombrillas. En el horizonte, el azul del mar se fundía con el azul de un cielo totalmente carente de nubes, creando la ilusión de que no existía más mundo que aquél.
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