Fiel a su palabra, Pedro no tardó en volver. Regresó con las manos llenas de perritos calientes, palomitas, barritas de chocolate... Una orgullosa Miranda iba a su lado, llevando una bandeja con las bebidas.
-¿Seguro que no quieres nada de comer? -preguntó Pedro mientras se sentaba-. Olía todo tan bien que me he dejado llevar.
Paula no pudo evitar sonreír.
-Eso parece.
-Vamos, toma un perrito -dijo Pedro, moviendo uno tentadoramente ante ella.
Paula apenas dudó en tomarlo.
-Me has convencido.
-Ojalá siempre fuera igual de fácil tentarte -murmuró Pedro.
Paula apartó rápidamente la mirada de su devastadora sonrisa.
-Supongo que no te has acordado de la mostaza -dijo.
Pedro metió la mano en un bolsillo y sacó varias bolsitas pequeñas.
-Por supuesto que me he acordado. No se pueden comer los perritos sin mostaza.
Pedro se aseguró de que su mano y la de Paula se rozaran cuando le entregó el condimento. Ella trató de ocultar el estremecimiento de respuesta que acompañó al contacto.
-¿Cuándo va a jugar Michael? -preguntó Pedro, tras engullir su perrito en pocos bocados.
Miranda se encargó de contestar.
-Michael es el peor jugador del equipo. Suele chupar banquillo hasta que el equipo gana por muchos puntos. Entonces es cuando el entrenador suele sacarlo.
-¿Cuál es su punto débil? -preguntó Pedro, frunciendo el ceño.
-Batear. Y atrapar. Probablemente también lanzar, pero nunca ha tenido la oportunidad de hacerlo -contestó Miranda, antes de que Paula pudiera intervenir-. Juega desde los nueve años y no mejora.
Pedro movió la cabeza.
-¿No han trabajado con él sus entrenadores?
-Siempre ha tenido el mismo entrenador -explicó Paula-. George Bettencourt... el padre del lanzador -añadió.
-Debemos ir ganando -dijo Miranda-. ¡Ahí sale Michael!
Paula se puso tensa de inmediato. Deseaba tanto que Michael lo hiciera bien... sobre todo ese día que Pedro estaba allí. Sabía lo avergonzado que se sentiría su hijo si jugaba mal.
Paula se puso tensa de inmediato. Deseaba tanto que Michael lo hiciera bien... sobre todo ese día que Pedro estaba allí. Sabía lo avergonzado que se sentiría su hijo si jugaba mal.
Pero el único golpe que fue en dirección de Michael pasó por encima de su cabeza. Y la única vez que se alzó para batear, falló.
-Al menos vamos ganando por los suficientes puntos como para que no la haya fastidiado -dijo Miranda.
-El chico no puede percibir la distancia de la bola -dijo Pedro, que había estado observando atentamente el juego de Michael-. ¿Le han revisado la vista?
-Sí. El óptico dijo que sus ojos estaban perfectamente.
-Tal vez convendría que lo viera un oftalmólogo. Una simple prueba no siempre revela los problemas visuales.
-Así que eres un experto en problemas de vista, ¿no?
Pedro sonrió y batió sus largas y oscuras pestañas.
-¿Crees que mis grandes ojos marrones brillan así por sí solos? Lentillas. Astigmatismo. Y jugué béisbol en la universidad. Estuve a punto de ser profesional. Conozco el juego. Podría darle unos consejos a Michael, ayudarle a compensar un poco su dificultad para calcular la distancia con la vista.
-¿Y si resulta que mi hijo es simplemente un mal jugador de béisbol?
Pedro se encogió de hombros.
-Todos tenemos nuestros talentos. Estoy seguro de que Michael tiene muchos. Pero yo aún le daría una oportunidad.
Paula miró a Pedro nerviosamente. No estaba segura de querer que Pedro aconsejara a su hijo sobre el béisbol. No quería que se implicara con su familia, sobre todo sabiendo que pronto se marcharía.
Miranda gimió cuando un chico fuerte de pelo muy corto se dirigió a la base.
-Ese es Nick Whitley -dijo-. Un cretino. Se ha pasado el día contando cómo ridiculizó su padre al oficial Henshaw.
Pedro miró a Paula.
-¿El tipo del que me hablaste?
Paula asintió, seria.
-Sí -contestó, fijándose en el padre de Nick, que estaba cerca, gritando al lanzador del otro equipo.
Nick falló el golpe.
-¡Fíjate en lo que haces, idiot.a! -gritó su padre.
Pedro frunció el ceño.
-Bonita manera de hablar a su hijo -murmuró.
-Así es como habla a todo el mundo -dijo Treva, por encima del hombro-. Guy es un cretino.
Nick logró conectar el segundo lanzamiento. Arrojó el bate y corrió hacia la primera base. Un error por parte del lanzador central envió la pelota fuera. Mientras los jugadores se apartaban para atraparla, Nick siguió corriendo. El público lo animó con sus gritos.
La bola golpeó el guante del receptor un segundo antes de que Nick llegara. El arbitró no le concedió el punto.
El padre de Nick entró en el campo, maldiciendo y gesticulando, mientras Nick insultaba al árbitro, llamándolo estúpido viejo y ciego.
Paula gimió y resistió el impulso de ocultar el rostro entre las manos.
¿Cómo iban a enseñar a sus hijos lo que era la deportividad y la buena educación con padres que se comportaban así?
Sintió que Pedro le pasaba un brazo por la cintura. A pesar del cálido apoyo que supuso, estuvo segura de que todo el mundo lo vio.
Las especulaciones sobre lo que estaba pasando entre Paula Chaves y Pedro Alfonso serían inevitables.
Miranda invitó a Pedro a ir con ellos a casa a tomar helado después del partido. Ignorando la ambivalencia de Paula, Pedro aceptó gustoso.
Ernestine ya se había acostado. Debía estar realmente cansada, pensó Paula, esperando que no cayera en cama con otra infección respiratoria. A pesar de todo, resultó agradable no tener los perspicaces ojos de su madre alrededor mientras Pedro, los niños y ella se sentaban en torno a la mesa de la cocina para tomar helado de chocolate. .
-Está muy bueno -dijo Pedro, tomando una cucharada con evidente entusiasmo-. ¿Siempre celebráis así las victorias de tu equipo, Michael?
Michael se encogió de hombros.
-Supongo que sí.
-Pedro jugó al béisbol en el colegio y en la universidad -dijo Miranda, orgullosa-. Iba a ser jugador profesional, pero decidió que prefería ser un escritor famoso.
Pedro rió.
-Decidí que quería ser escritor porque disfruto contando historias. No esperaba la fama.
-Pero eres muy famoso -insistió Miranda-. Es maravilloso que hagan películas de tus libros. Como Stephen King y Michael Crichton y… y…
-Tolstoi -dijo Pedro, pícaramente.
Miranda frunció el ceño.
-¿Qué escribió?
-Guerra y paz -murmuró Paula.
-Oh. ¿Salía Bruce Willis en ésa?
Paula reprimió un gemido.
Pedro sonrió.
-No. Ésa debe ser otra.
-Seguro que eras muy buen jugador -dijo Michael, melancólico-. Yo soy un desastre.
-No sé. Creo que tienes mucho potencial. Sólo necesitas algunas indicaciones -contestó Pedro, con expresión amable-. ¿Te gustaría practicar conmigo mañana por la tarde? Podemos trabajar un poco el bateo y el lanzamiento. Se supone que va a hacer buen día.
Los ojos de Michael se abrieron de par en par.
-¡Eso sería fantástico! Gracias señor Alfonso.
-Lo pasaremos bien -dijo Pedro-. Y deja de llamarme señor Alfonso. Suena demasiado serio -mirando a Paula, añadió-: Puede que tu madre quiera venir a jugar con nosotros.
Michael bufó.
-Mamá nunca ha jugado. Siempre fue animadora, ¿verdad, mamá?
Paula hizo una mueca.
-Sí, eso me temo. Termina tu helado, Michael. Está empezando a derretirse.
Su hijo se metió una enorme cucharada en la boca. Apenas la había tragado cuando volvió a hablar.
-Supongo que el señor Whitley mandó a paseo a ese estúpido árbitro, ¿no?
Un pesado silencio cayó sobre la cocina. Paula sintió que Pedro la miraba mientras se aclaraba la garganta.
-El señor Whitley no hizo bien montando una escena porque no estaba de acuerdo con la decisión del árbitro. Y la actitud y el lenguaje de Nick fueron reprobables. Espero haberte enseñado mejores modales que los que ellos han mostrado esta tarde.
Michael frunció el ceño.
-El árbitro se lo merecía, mamá. Ha estado cometiendo errores todo el partido. Y Nick llegó a tiempo a la base. Él y su padre lo dijeron.
-El árbitro dijo que no -insistió Paula-. Y yo creo que tenía razón. Pero, al margen de eso, la decisión de un árbitro es definitiva y un buen deportista debe saber aceptarla.
Era evidente que Michael no estaba convencido. Se volvió hacia Pedro, buscando su apoyo.
-Tú viste la jugada, ¿verdad, Pedro? Nick llegó a la base a tiempo, ¿verdad?
Pedro alzó una ceja.
-No me pidas mi opinión a menos que realmente quieras escucharla -advirtió.
-Eso significa que cree que Nick no llegó a tiempo -tradujo Miranda.
-Sí llegó a tiempo -insistió Michael-. Tú lo viste, Pedro.
Pedro negó con la cabeza.
-No llegó, Michael. El árbitro tenía razón. Nick tuvo suerte de que no lo echara. Si yo hubiera sido el árbitro, lo habría hecho.
Michael parecía a punto de seguir discutiendo, pero Paula intervino.
-Aclara tu cuenco y ponlo en el friegaplatos, Michael. Luego ve a ducharte antes de ir a la cama.
Su hijo obedeció con evidente mala gana.
Paula miró a Miranda.
-Tú también -dijo-. Se está haciendo tarde.
Miranda apartó su mirada de Pedro y suspiró.
-De acuerdo, mamá.
Tras despedirse de los gemelos, Pedro alargó una mano hacia Paula.
-Ya va siendo hora de que me retire. ¿Me acompañas fuera?
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