martes, 17 de febrero de 2015

Prologo -Conquistandote-



-¿Estáis seguras de que es buena idea?
Arrodillada junto a un agujero recién excavado en el rico suelo de Georgia, Paula Chaves miró a sus primas mientras hacía la pregunta. Dentro del agujero había una caja cubierta de tierra y barro que en otra época perteneció a su abuelo, Josiah Chaves.
Quince años atrás, las primas llenaron la caja con sus tesoros personales y la enterraron en aquel lugar del bosque con la solemne promesa de desenterrar su "cápsula del tiempo" cuando Paula cumpliera treinta años. Aún faltaban algunas semanas para aquella fecha, pero habían decidido impulsivamente desenterrar la caja ese día para apartar sus mentes del motivo que las había reunido: el funeral del tío de Paula, Josiah Chaves junior.
Pero Paula empezaba a arrepentirse de la idea de revisar el pasado. Pensar en aquella carta infantil cuadros llena de grandiosos planes, tan diferentes a cómo había sido su vida, le producía cierto rechazo.
-Tal vez deberíamos esperar -dijo Tara, su prima de veintiocho años-. Sólo han pasado quince años. El contenido de nuestras "cápsulas del tiempo" será mucho más interesante dentro de unos años, ¿no creéis?
-Ya hemos desenterrado la caja. Será mejor abrirla -dijo Emily Chaves, la más joven.
Era el padre de Emily quien había sido enterrado esa mañana, tras una larga y dolorosa enfermedad durante la cual fue amorosamente atendido por su hija. Y había sido ésta la que había convencido a Paula y Tara para ir al bosque, hasta el gran roble en el que pasaron tantas horas de su infancia, comiendo caramelos y compartiendo secretos.
-Además -añadió Emily-, ¿no preferís estar aquí que en la casa con toda esa gente?
Aquello dejó zanjado el asunto, al menos para Paula. Prefería pelear con un cocodrilo que volver a aquella casa llena de gente cotilla, donde era constantemente consciente de sus disimuladas miradas, de los murmullos que se interrumpían en cuanto se acercaba. El viejo escándalo no había sido olvidado por los residentes de la pequeña población de Honoria, Georgia.
-¿Han venido tus hijos contigo? -habían preguntado varios amablemente, aun sabiendo que Paula raramente llevaba a sus gemelos a aquel lugar, donde sólo podían oír cotilleos que les harían daño.
-De acuerdo, primas. Veamos qué hay aquí -dijo, sacando la vieja caja del agujero.
Paula abrió la tapa mientras sus primas se inclinaban para mirar.
Las tres cajas de zapatos protegidas con bolsas de plástico parecían casi nuevas. Cada caja tenía un nombre escrito en la tapa. Paula tomó la primera.
-Tara -dijo, leyendo la infantil letra.
Indecisa, Tara tomó su caja. La sostuvo con tanta cautela como si contuviera explosivos.
-¿Dónde está la mía? -preguntó Emily.
Paula se la entregó y su prima se apartó a un lado, mirando la caja con una mezcla de anticipación y temor.
Finalmente, Paula tomó su caja. Oleadas de recuerdos surgieron en su mente, abrumándola. Los primeros diez años de su vida fueron casi de cuento de hadas. Era la "princesa de papá". Casi pudo ver a su padre ahora, llegando a casa después de un duro día de trabajo, sudoroso y con un regalo para ella en el bolsillo, un chicle, un caramelo, un lazo, alguna chuchería... no importaba. A ella le gustaba todo, porque lo adoraba. Cómo la había mimado, diciéndole que era bonita, que era lista, que tenía talento y podría hacer cualquier cosa que se propusiera.
Y entonces murió.
La madre de Paula siguió mimándola, aunque a su peculiar manera. Ernestine animaba a su bonita y popular hija a serlo todo, jefa de animadoras, reina de la fiesta de graduación, brillante estudiante...
Aquellos recuerdos resultaban casi dolorosos para Paula.
-¿Paula? -dijo Emily-. ¿No vas a abrir la caja?
-Sí -contestó con suavidad-. Voy a abrirla.
Sin necesidad de decir nada, las tres primas se separaron.
En la caja de Paula había una diadema en la que aparecía escrito Miss Honoria Junior, un poni azul que representaba su envidiada posición como jefa del grupo de animadoras del colegio, un programa de una obra de teatro en el que Paula hizo el papel protagonista, una fotografía en la que aparecía con una capa azul brillante junto a su novio, Vince Hankins capitán del equipo de fútbol. Todas las chicas querían salir con él. Paula se sintió la chica más afortunada del mundo cuando aquel guapo chico decidió prestarle atención.
Miró atentamente la foto, recordando... Recordando la época en que Vince le pegó por sonreír a otro chico. Le dejó una marca en la mejilla. Ella dijo a todo el mundo que se había caído. Recordando cómo la hizo llorar diciéndole que ella no sería nadie si él la dejaba, que las chicas que la envidiaban e imitaban la abandonarían si él decidía que no era alguien que merecía la pena. Ella le creyó. Y resultó ser cierto.
Recordando la noche de su dieciséis cumpleaños, cuando Vince hizo que le demostrara su amor en el asiento trasero del Cadillac de su padre. Lloró toda la noche y al día siguiente tuvo que maquillarse en exceso para ocultar la evidencia. Ese fue el día en que él le dio su anillo en clase. Las envidiosas miradas de las otras chicas casi le hicieron olvidar la humillación de la noche anterior.
Fue una auténtica idiota. Y cuando se convirtió en una molestia para Vince, quedándose embarazada seis meses después de su primera experiencia, éste la dejó como si fuera un carbón ardiendo. Y lo mismo hicieron sus supuestas amigas.
Se obligó a regresar a recuerdos anteriores, a la maravillosa época que disfrutó con su padre. Incluso cuando enterró la caja aún era feliz, aún disfrutaba de la atención que recibía, inocentemente ajena a la rapidez con que la envidia podía convertir aquello en algo muy desagradable.
No debería haber permitido que Vince le robara sus felices recuerdos junto con todo lo demás. Paula miró pensativamente a sus primas, preguntándose si sus recuerdos serían más agradables que los de ella. La expresión de Tara era impenetrable, pero no resultaba difícil darse cuenta de que ella tampoco era feliz. Emily parecía anonadada mientras, pálida, miraba algo que sostenía en la mano. Paula no sabía cuál de sus primas necesitaba más consuelo. Además, no se sentía en condiciones de ayudar a ninguna de las dos.
Miró la caja que sostenía en las manos, la carta cerrada que se hallaba entre los demás objetos. Y supo que no podía abrirla, al menos, de momento.
Primero debía examinar atentamente en qué se había convertido su vida. Después decidiría si quería que las cosas siguieran como estaban.


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Subo el prologo tambien, asi mañana arranco con los capitulos!! Comenten aca porfii! tw @Floor_PauChaves

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