viernes, 27 de febrero de 2015

Capitulo 22 -Conquistandote-

Cuando Paula volvió del trabajo el viernes, Pedro ya estaba en casa, con Miranda y Michael compitiendo por su atención.
-Hola, mamá. Mira quién está aquí -dijo Miranda, sonriendo de oreja a oreja. Una delgada cadena de oro que Paula no recordaba haber visto antes colgaba de una muñeca de su hija.
-Hola, mamá -saludó Michael, que parecía más satisfecho que en todos los días pasados, con lo que parecía sospechosamente un nuevo guante de béisbol en su mano.
Al parecer, Pedro había llevado regalos.
Con una devastadora sonrisa en los labios, Pedro cruzó la habitación en tres zancadas y besó con entusiasmo a Paula en la boca. Paula tuvo que contenerse para no rodearlo con sus brazos y devolverle el beso.
Lo había echado tanto de menos...
-Hola, Paula -dijo Pedro, cuando se separaron.
Paula se ruborizó intensamente. Era consciente de que sus hijos la estaban mirando, Michael con indecisión, Miranda, encantada. Y ella no sabía si estrangular a Pedro por avergonzarla delante de sus hijos o si arrastrarlo a un lugar más privado donde poder besarlo como realmente deseaba.
-Mira lo que me ha traído Pedro, mamá -dijo Miranda, acercándose para enseñarle la pulsera.
-Es... preciosa -dijo Paula, sinceramente, pensando que la joya no era ni demasiado grande ni demasiado llamativa, y apropiada para una chica de trece años.
-Y mira mi guante -dijo Michael, enseñándole su regalo--. Es bonito, ¿verdad?
-Muy bonito -Paula miró de su hijo a Pedro y luego de vuelta-. Espero que le hayáis dado las gracias a Pedro por los regalos.
-Me las han dado -aseguró él-. Tus hijos podían dar clases de modales a muchos de los adultos con los que me relaciono en Los Ángeles.
Miranda y Michael parecieron encantados con el cumplido.
Paula notó complacida que sus hijos ya estaban vestidos para salir a cenar, como les había pedido que hicieran.
-¿Dónde está la abuela? -preguntó-. ¿Está lista para salir?
Los mellizos fruncieron el ceño.
-No está en casa -dijo Michael-. Ha ido a cenar a casa de la señora Leary.
-Ha dicho que ya había quedado con ella y que sabía que no nos molestaría que no viniera con nosotros -explicó Miranda.
Ernestine no había dicho una palabra a su hija sobre aquellos planes. Paula se sentía cada vez más frustrada por la negativa de su madre a dar una oportunidad a Pedro. Volviéndose hacia éste, dijo:
-Los siento, Pedro. Pensaba que vendría con nosotros.
-No te preocupes -contestó él, encogiéndose de hombros-. Tendré que seguir intentándolo.
-Pedro le ha traído un broche muy bonito -dijo Miranda-. Incluso tiene un diamante en medio.
-Espero que ella también te haya dado las gracias -dijo Paula.
-Por supuesto -dijo Pedro, añadiendo con optimismo-: Creo que poco a poco la estoy conquistando.
Paula sonrió.
-Entonces seremos nosotros cuatro. Dadme cinco minutos para prepararme y podremos irnos.

Fueron al restaurante italiano favorito de los mellizos. Paula lo habría pasado muy bien si no hubiera sido tan consciente de la atención que les prestaban desde las otras mesas, de las miradas, los susurros y las especulaciones al ver a Pedro con ella y sus hijos.
Se sintió especialmente incómoda al darse cuenta de que Marie Butler y Lucy Bettencourt estaban cenando unas mesas más allá. Nada bueno podía surgir de la atención que les estaban prestando las dos cotillas más famosas del pueblo.
Durante la comida fueron interrumpidos en varias ocasiones por personas que querían un autógrafo de Pedro, normalmente adolescentes, pero también algún que otro adulto.
La única vez que Pedro demostró cierta impaciencia fue cuando una mujer se empeñó en hacerse una foto con él.
-Lo siento, pero ahora estoy cenando -contestó Pedro con amable firmeza-. Preferiría no hacerlo.
La mujer insistió.
-Señora -saltó Michael, perdiendo la paciencia-. ¿No se da cuenta de que está tratando de comer?
Finalmente, la admiradora se fue, indignada.
-¿Siempre te pasa lo mismo, Pedro? -preguntó Miranda, sin saber muy bien si envidiarlo o sentir pena.
Pedro se encogió de hombros.
-Algunas veces son peores que otras. Cuando estoy en Los Ángeles no es ningún acontecimiento verme en un restaurante. Suele haber estrellas mucho más famosas cerca para atraer la atención de los admiradores. Pero cuando hago una gira de promoción de un libro en lugares donde no hay tantas celebridades, sí suelen prestarme demasiada atención.
A pesar de la poca importancia que daba Pedro con su actitud a la fama, Paula aún tenía tendencia a separarlo en su mente en dos individuos distintos. Pedro, el hombre al que conocía y amaba, y Pedro Alfonso, el casi desconocido.
Y era dolorosamente consciente de que su relación no podía ir más allá hasta que aprendiera a aceptar sus dos facetas.
Tras pedir el postre, Miranda susurró a su madre que necesitaba ir al servicio.
-¿Quieres que te acompañe? -preguntó Paula.
Miranda giró los ojos, exasperada.
-¡Mamá!
-Disculpa, hija -dijo Paula, irónicamente. Luego se volvió hacia Pedro-. Creía que sabía que las mujeres siempre iban al servicio por parejas.
Pedro rió y preguntó:
-¿Cuándo es tu próximo partido, Michael?
-Mañana por la noche. ¿Vas a venir? -preguntó el muchacho, tratando de no mostrarse demasiado anhelante.
-Claro que sí -replicóPedro.
-El entrenador dice que he estado jugando mucho mejor esta semana. Ha pasado algún rato conmigo estas últimas tardes.
-Eso es estupendo, Michael. Estoy deseando verte jugar mañana.
Los postres llegaron y Michael y Pedro se lanzaron sobre ellos al instante. Paula esperó a Miranda. Miró hacia la puerta del servicio y sintió una ligera descarga de ansiedad al ver que Marie Butler y Lucy Bettencourt salían en ese momento, miraban en su dirección y luego abandonaban el restaurante.
Lo cierto era que Miranda estaba tardando demasiado, pensó Paula, preocupada. Estaba a punto de levantarse cuando su hija apareció.
De inmediato fue evidente que algo iba mal. La sonrisa de Miranda se había esfumado y había sido sustituida por una expresión distante.
-¿Miranda? ¿Va todo bien?
-Sí, claro, mamá -Miranda no miró a su madre a los ojos mientras se sentaba-. ¿Me he perdido algo este rato?
-Pedro va a venir al partido mañana -anunció Michael.
-Estupendo -Miranda comenzó a tomar su postre sin visible entusiasmo.
Paula miró a Pedro. Él también parecía haber percibido que algo le pasaba a Miranda. Alzó las cejas, como preguntando si debían insistir para que se lo contara. Paulanegó de modo apenas perceptible con la cabeza. Era evidente que Miranda no quería hablar de ello en esos momentos.
Paula decidió esperar hasta que estuvieran de vuelta en casa. Pero si Marie y Lucy habían dicho algo para disgustar a su hija, tendrían noticias suyas muy pronto.

Pedro rechazó la invitación a entrar cuando llevó a la familia Chaves a su casa.
-Se está haciendo tarde -dijo-. Será mejor que vuelva a la cabaña.
Paula pensó con anhelo en la cabaña en la que pasaron la tarde del domingo anterior. Deseó poder ir allí con Pedro, pero sabía que debía quedarse para averiguar qué le preocupaba a Miranda.
-Id a casa -dijo a sus hijos, quedándose dentro del coche-. Yo tengo que hablar un momento a solas con Pedro.
-¿Qué le pasa a Miranda? -preguntó Pedro en cuanto los mellizos salieron del coche-. ¿He dicho algo malo?
-No. Estaba perfectamente hasta que ha vuelto del servicio.
Pedro pareció preocupado.
-¿Crees que no se siente bien?
-No sé -Paula pensó de nuevo en Marie y Lucy saliendo de los servicios.
Decidió no mencionar sus sospechas a Pedro hasta que estuvieran confirmadas.
-Me dirás si puedo hacer algo, ¿verdad? Voy a darte el número de mi móvil para que me llames si me necesitas.
Pedro sacó un pequeño cuaderno de la guantera del coche alquilado, anotó un número y le entregó la hoja a Paula.
-Estoy segura de que todo irá bien -dijo ella, mientras guardaba el papel en su bolso-. Ya sabes la facilidad con que cambian de humor los adolescentes -trató de hablar en tono ligero para tranquilizar a Pedro, ocultando su propia preocupación.
-No, lo cierto es que apenas se nada sobre los adolescentes -replicó él-. Aparte de haber sido uno hace años, no tengo ninguna experiencia con ellos.
-Sabes tratarlos muy bien.
-Me gustan tus hijos -contestó Pedro con sencillez.
Sus palabras conmovieron a Paula, aunque trató de evitar que se le notara.
-Tú también les gustas a ellos.
-Eso espero -Pedro alzó una mano y acarició la mejilla de Paula-. Te he echado de menos.
-Yo también te he echado de menos -admitió.
-Me agrada oír eso. Nunca estoy seguro contigo -dijo Pedro con expresión de pesar, sorprendiendo a Paula-. A veces haces que me vuelva a sentir nervioso como un crío. Me encuentro haciéndome preguntas como, ¿le gusto?, ¿piensa en mí cuando no estoy con ella?, ¿piensa que soy guapo?
Su sonrisa hizo reír a Paula.
-Sí me gustas -dijo-. Y sí pienso en ti cuando no estás. Y pienso que eres muy guapo.
Riendo, Pedro deslizó una mano tras el cuello de Paula y la atrajo hacia sí.
-Me haces feliz, Paula Chaves -murmuró, y la besó antes de que pudiera responder.
El beso se volvió rápidamente intenso, apasionado. Pedro necesitó de toda su fuerza de voluntad para apartarse.



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