Se tomaron su tiempo para recuperarse. Paula apoyó la cabeza sobre el hombro de Pedro mientras éste la rodeaba con sus brazos. Las palabras “te quiero” pasaron por su mente. Pero, aunque Pedro estuviera preparado para oírlas, ella no lo estaba para decirlas. Había aún demasiadas preguntas sin respuesta, demasiadas cosas en contra.
-¿Te encuentras bien? -preguntó Pedro.
-Mejor que bien -contestó Paula, soñadoramente-. Estoy flotando.
Él rió.
-Conozco la sensación.
Paula sólo tenía un problema en ese momento.
-¿Pedro?
-¿Mmm?
-Tengo sed.
-Yo también. ¿Qué te parece si terminamos ese vino?
Se vistieron con calma, deteniéndose frecuentemente para besarse y acariciarse íntimamente. Después, Pedro sirvió el resto del vino en dos copas.
-Por una tarde perfecta -dijo, chocando la suya con la de Paula.
-Perfecta -asintió ella, llevándose la copa a los labios.
Se sentaron en el sofá y Pedro pasó un brazo por los hombros de Paula.
-Tengo que volver a Los Ángeles por la mañana -dijo, tras unos momentos de agradable silencio.
De inmediato, Paula sintió que dejaba de flotar.
-¿Sí? -dijo, tratando de mantener un tono de voz neutral.
-Sí. Tengo una importante reunión mañana por la tarde, y varias entrevistas programadas a lo largo de la semana para promocionar mi nuevo libro. Supongo que no...
-¿Qué?
-¿Podrías venir conmigo?
Paula negó con la cabeza.
-No -contestó con suavidad-. Tengo que trabajar. Y no puedo volver a dejar a mis hijos tan pronto después de mis vacaciones.
-Podrían venir con nosotros. Después de todo, ahora no tienen que ir al colegio. Lo pasarían en grande. Un día podríamos ir a Disneylandia.
A Paula le conmovió que Pedro estuviera dispuesto a incluir a sus hijos, pero volvió a negar con la cabeza
-No puedo, Pedro. Tengo trabajo.
Él suspiró.
-Suponía que dirías eso, pero tenía que intentarlo.
Aunque no hubiera tenido que trabajar, Paula no habría podido aceptar. Su lugar no estaba en Los Ángeles. Era una chica de pueblo de arriba abajo. No tenía nada en común con los sofisticados amigos de Pedro. Además, le horrorizaría la idea de salir en alguna revista del corazón, y menos aún con sus hijos.
Era imposible. Precisamente por eso había decidido no expresar sus sentimientos a Pedro. No podía comprometerse con algo que no podía salir bien.
Se dijo que no le pesaría. El dolor que pudiera producirle a la larga lo que acababa de pasar merecía la pena.
-Al menos te estoy avisando que me voy mañana. No voy a escaparme sin decir adiós -aunque el tono de Pedro fue ligero, Paula percibió que aún estaba dolido por su marcha de Serendipity.
-Volveré en cuanto pueda -dijo Pedro.
Paula se mordió el labio inferior y apartó la mirada.
Pedro se puso rígido.
-¿Paula?
-¿Sí?
-Quieres que vuelva, ¿no?
Claro que quería que volviera, pensó ella. No quería que se fuera.
¿Pero era buena idea? Ésa era una pregunta que no podía responder fácilmente.
-Maldita sea, Paula -por primera vez desde que lo conocía, Pedro pareció impacientarse-. ¿Cómo puedes volver a huir de mí? ¿Ahora, después de lo que ha pasado?
-No voy a ningún sitio.
-Puede que físicamente no. Pero emocionalmente... acabas de irte de nuevo sin decir adiós.
Paula suspiró y se pasó una mano por el revuelto pelo.
-Necesito tiempo, Pedro. Todo ha sucedido tan rápido entre nosotros... No estaba preparada para esto.
-Yo tampoco. Pero eso no ha hecho que dejara de suceder, ¿no?
-Es demasiado precipitado -insistió Paula, testaruda.
Pedro suspiró, claramente frustrado.
-De acuerdo -dijo, al cabo de un momento-. No voy a presionarte. Pero no pienso renunciar a nosotros, Paula. No puedo dejar de pensar en ti cuando ni siquiera sabía cómo te apellidabas. Después de hoy me resultaría aún más difícil olvidarte.
-No quiero que me olvides -susurró Paula, volviendo el rostro hacia él-. Sólo quiero que me des tiempo.
Tiempo para ver cómo afectaba aquello a sus hijos. Tiempo para comprobar hasta qué punto se tomaba Pedro aquello en serio. Tiempo para ahondar en su corazón y ver cuánto estaba dispuesta a arriesgar para estar con él.
La expresión de Pedro se suavizó a la luz de las velas.
-Tómate el tiempo que necesites -murmuró, apartando un mechón de pelo de la frente de Paula-. Comprobarás que puedo ser muy paciente cuando algo me importa de verdad.
También podía ser muy persistente. Y Paula sospechaba que la combinación podía resultar verdaderamente difícil de resistir.
Ya era tarde cuando Pedro llevó a Paula a casa. Ella sabía que al día siguiente estaría agotada, pero no quería que la noche terminara.
Pedro la besó junto a la puerta, haciendo que el abrazo durara largo rato.
-Te llamaré -dijo.
Paula asintió.
-Buena suerte con tu reunión... y con todo lo demás.
Pedro sonrió.
-Gracias.
Paula fue a abrir la puerta, pero se volvió hacia él, indecisa.
-¿Pedro?
-¿Sí?
-No dirás nada sobre mí en esas entrevistas, ¿verdad? Si alguien te pregunta dónde has estado estos días...
La sonrisa se desvaneció del rostro de Pedro.
-No suelo hablar sobre mi vida personal con los medios de comunicación, Paula. Y no suelo exponer a mis amigos a una publicidad no deseada.
Paula supo que lo había ofendido.
-Lo siento -dijo, rápidamente-. Es sólo que... nunca he salido con una celebridad...
Pedro volvió a sonreír.
-Confía un poco en mí, ¿de acuerdo?
-Lo intento -contestó Paula, seria-. Esto no es fácil para mí.
-Lo sé -Pedro le acarició la mejilla con tal ternura que Paula sintió que se le hacía un nudo en la garganta.
-Buenas noches, Pedro -susurró.
-Buenas noches, amor.
A continuación, Pedro se alejó hacia su coche. Paula entró en casa y se apoyó de espaldas contra la puerta. Las piernas se le habían debilitado al oír la despedida de Pedro.
Amor.
No estaba preparada para aquello.
Toda la familia estaba reunida en la cocina cuando Paula bajó a la mañana siguiente. Evitando la preocupada mirada de su madre, Paula fue directa hacia la cafetera.
-¿Y bien? -preguntó Miranda con avidez-. ¿Qué tal fue tu cita con Pedro?
-Lo pasamos muy bien -replicó Paula en tono desenfadado-. Me llevó a bailar.
La había llevado a volar... pero, por supuesto, aquel no era momento para entrar en detalles.
-Llegaste tarde, desde luego -dijo Ernestine.
-¿Controlándome, madre? -preguntó Paula, con una sonrisa forzada-. ¿Tengo que recordarte que ya soy mayorcita?
-Ojalá pudiera decir yo lo mismo -murmuró Michael.
Paula miró a su hijo.
-Aún te falta un poco para eso, así que será mejor que te acostumbres.
-Te llevó a bailar -Miranda era aún lo suficientemente joven como para ser una total romántica y salir adelante con ello-. Es maravilloso.
Paula llevó su café a la mesa mientras Miranda se volvía hacia su abuela y preguntaba:
-¿Por qué no te gusta Pedro, abuela? Yo creo que es encantador.
-Yo también -dijo Michael-. Lo pasamos muy bien jugando al béisbol el sábado. Nick se puso tan celoso cuando...
-¿Nick? -Paula alzó la cabeza y entrecerró los ojos-. ¿Cómo sabe Nick que jugaste con Pedro?
No hay comentarios:
Publicar un comentario