sábado, 21 de febrero de 2015

Capitulo 7 -Conquistandote-

Los ojos de Pedro se entrecerraron mientras contemplaba el rostro de Paula.
Sus palabras fueron una orden y un ruego a la vez.
-No me hagas esto. No ahora...
Volvió a besarla en la boca, alzándola hacia sí. Ella sintió el poder de sus brazos, su fuerza, y tembló de deseo y temor.
-No tengas miedo de mí -susurró Pedro, besándola en la sien-. Yo nunca te haría daño, Paula.
Ella lo miró, y de pronto vio con abrumadora claridad lo tonta que había sido.
-Pedro... creo que no puedo hacer esto -dijo, forzando su voz a través de una mezcla de remordimiento y ansiedad.
-Por supuesto que puedes -dijo él, enterrando los dedos en el revuelto pelo de Paula-. No hay nada que nos impida hacerlo -de pronto, Pedro se puso rígido y la miró con el ceño fruncido-. ¿No estarás... casada?
-No -replicó Paula-. Nunca lo he estado, pero...
Pedro respiró, aliviado.
-Uf. Menudo susto -admitió. Luego, mostrando su mejor sonrisa de pirata, volvió a atraer a Paula hacia sí-. Entonces no hay ningún motivo por el que no podamos...
-No puedo -repitió ella, apoyando las manos en los antebrazos de Pedro para apartarse de él.
Esperaba que no insistiera en que le explicara su repentino cambio de actitud. No creía que pudiera explicárselo ni a sí misma. Sólo sabía que todo se había vuelto demasiado real para ella. Demasiado serio.
Él estudió su expresión atentamente, y pareció ver algo en ella que lo convenció.
-Te acompaño a tu cabaña. -dijo con un suspiro.
Paula tragó con esfuerzo, admitiendo en ese momento lo insegura que había estado respecto a cómo iba a reaccionar Pedro ante su rechazo. Por supuesto, no podía culparlo por estar enfadado con ella.
-Pedro, yo...
-Preferiría no hablar de ello ahora -interrumpió él, levantándose para abrocharse la camisa. Sus movimientos eran un poco rígidos, como si experimentara alguna incomodidad física.
La música romántica seguía sonando en el otro extremo de la habitación. Paula pensó con tristeza que aquél no era el modo en que había esperado que terminara su última tarde con Pedro. Había sido un día tan perfecto, tan romántico... Había pretendido que el la recordara con placer, no con decepción.

Volvieron a la cabaña de Paula en silencio. Ella era consciente de la belleza que los rodeaba, de la fragancia de las flores, de la luna llena, pero lo era aún más de Pedro, que parecía muy lejano a pesar de ir caminando junto a ella.
-¿Estás bien? -preguntó él cuando llegaron a la puerta.
Paula se humedeció los labios.
-Sí, estoy bien, gracias.
No le preguntó qué tal estaba él. Suponía que aún sufría una aguda frustración.
Casi estuvo a punto de empezar a disculparse de nuevo. Entonces recordó que en realidad no tenía nada de qué disculparse. Había interrumpido a Pedro porque se había empezado a sentir incómoda, y tenía derecho a hacerlo.
Su cautela provenía de la experiencia. Había cometido suficientes errores en el pasado. No había querido añadir otro a la lista esa noche.
Además, pensó, lo mejor era que aquel interludio acabara cuanto antes. Sin explicaciones, sin remordimientos. Sólo quedarían recuerdos dulces, románticos...
Era todo lo que se atrevía a esperar de aquel hombre tan distinto a todos los que había conocido.
Pedro esperó a que Paula abriera la puerta para tocarla en el hombro.
-Nos vemos mañana -dijo con suavidad, tal vez, pretendiendo indicarle que no le iba a reprochar su rechazo.
Paula sonrió con tristeza, ignorando la voz interior que la impulsaba a revelar a Pedro la verdad sobre su plan de marcha. No tenía por qué hacerlo, se dijo. Cuando Pedro averiguara que se había ido, la olvidaría sin dificultad. En realidad, ni siquiera se conocían.
Alzándose impulsivamente, Paula lo besó en la mejilla.
-Gracias por hacer que estas vacaciones hayan sido tan especiales para mí.
Pedro alargó una mano hacia ella.
-Paula...
Ella lo miró por última vez y luego se volvió hacia la puerta.
-Buenas noches, Pedro.
-Buenas noches, Paula -dijo con voz ronca-. Sueña conmigo.
Mientras cerraba la puerta de su cabaña, Paula pensó que, probablemente, Pedro había considerado que aquella era una frase adecuada para concluir el día. Pero, por algún motivo, sus palabras habían sonado más como una predicción... o una maldición. Sospechaba que iba a soñar con él durante años.
Sabiendo que aún tardaría en poder dormirse, decidió dejar el equipaje preparado para el día siguiente. Se iría de la isla en la primera lancha, poco después de amanecer.
Y no habría arrepentimientos ni pesar. No se habían roto promesas, no se habían destrozado sueños. Había pasado unas horas con un hombre maravilloso y, aunque había estado punto, no había hecho ninguna tontería.
Los errores del pasado le habían enseñado bien.

Tras dejar a Paula, Pedro fue a dar un largo paseo por la playa. Luego, en su cabaña, tomó una larga ducha de agua fría. Pero ni lo uno ni lo otro le sirvió. Aún seguía excitado y duro cuando se acostó, a la vez frustrado y desconcertado por el comportamiento de Paula.
Tal vez habría tratado de hacerle cambiar de opinión si no hubiera visto su expresión cuando le pidió que parara. Podría haberla seducido con palabras bonitas, con experimentadas caricias y besos. Pero no habría podido olvidar que le había pedido que parara con expresión de auténtico temor.
Realmente, él no quería parar, pero no era un animal incapaz de controlar sus impulsos.
Durante el paseo por la playa había llegado a la conclusión de que no eran sus reacciones las que había temido Paula, sino las de ella misma.
Hasta cierto punto, eso podía entenderlo. Porque, si era sincero consigo mismo, debía admitir que la poderosa atracción que había entre ellos también le había asustado a él. Y mucho.
No había esperado colarse por Paula con tanta fuerza. Ni tan rápido. Y no estaba seguro de qué iba a hacer al respecto. Sólo sabía que no estaba preparado para alejarse de lo que había encontrado durante aquellos dos últimos días en el paraíso.
Tras una noche inquieta, Pedro durmió hasta bien avanzada la mañana. Despertó descansado, y más decidido que nunca a convencer a Paula de que lo que estaba pasando entre ellos era único. Especial. No era algo que pudieran ignorar, por mucho que ella se esforzara en lograrlo.
También era consciente de lo absurdo que era su comportamiento. Mientras se afeitaba y vestía con especial esmero, se sintió como un adolescente enamoradizo. ¿Cuándo era la última vez que se había portado así por una mujer?

De nuevo hacía un día maravilloso en la isla. Mientras se encaminaba con decisión hacia la cabaña de Paula, Pedro se preguntó si su amigo Rafe se cansaría alguna vez de despertar a diario en el paraíso. Lo cierto era que parecía muy feliz con su esposa y su hijo en aquella maravillosa isla. Pedro envidiaba la satisfacción vital que su amigo había alcanzado, algo que él echaba de menos en su vida últimamente.
Según se acercaba a la cabaña de Paula vio que la puerta estaba abierta. ¿Estaría ventilándola? El sistema de seguridad del centro turístico de Rafe era muy eficaz, pero Pedro no pudo evitar sorprenderse; cualquiera podía entrar y sorprenderla. Vivir entre Nueva York y Los Ángeles le había hecho desconfiado.
Se detuvo en el umbral al escuchar a dos mujeres hablando en el interior. Debían ser las camareras que se ocupaban de la limpieza. Pasó al interior. -Hola -saludó.
Una mujer morena, vestida con el uniforme blanco de las empleadas del centro, se asomó a la puerta del dormitorio.
-¿En qué puedo ayudarlo, señor?
-Busco a la señorita... a la mujer que ocupa esta cabaña. ¿La ha visto esta mañana?
-La señora se ha ido. Ha tomado la primera lancha de la mañana.
Pedro no podía creerlo.
-No, no puede haberse ido.
-Lo siento, señor, pero la he visto irse esta mañana.
-Supongo que habrá surgido algo inesperado. Alguna emergencia en su casa, tal vez -Pedro no quería creer que hubiera huido de él.
La camarera miró un pequeño bloc de notas que llevaba sujeto al cinturón.
-No, señor. Ésta era la fecha original de marcha de la señora.
Lo que significaba que la noche anterior Paula sabía que no iba a volver a verlo. Y no le había dicho una palabra.
Dándose cuenta de que la camarera empezaba a observarlo con curiosidad, Pedro se obligó a sonreír y asintió.
-Me he equivocado -murmuró-. Siento haber interrumpido su trabajo.
-No hay problema. Que pase un buen día, señor.
Pedro iba a salir, pero se detuvo. La camarera debía pensar que estaba un poco loco, pero una pregunta tonta más no haría más daño.
-Supongo que no sabe cuál es su apellido.
La camarera negó con la cabeza.
-Me temo que no. Siempre veníamos a limpiar cuando ya había salido. No hemos hablado con ella. Nos referíamos a la señora como la bonita dama de la número doce.
La bonita dama de la número doce. Pedro comprendió que sabía muy poco más sobre Paula que aquella mujer.
Sin embargo, creía haber llegado a conocerla bastante bien en las pocas horas que habían pasado juntos. Al parecer, se había equivocado, porque, desde luego, no creía que aquello fuera a acabar así.

Sentada en el avión, de regreso a Atlanta, Paula miró la cajita que sostenía en la mano. El broche en forma de flor que Pedro le había regalado brillaba como cubierto por el rocío de la mañana.
Se dijo que lo atesoraría para siempre. Cada vez que se sintiera sola y triste podría mirarlo y recordar unas horas perfectas y mágicas de su vida. Con recuerdos como aquellos no podía tener ningún pesar, se dijo, parpadeando para alejar unas lágrimas que quiso atribuir al cansancio.
Se preguntó si Pedro la recordaría con aprecio, o con rabia por su forma de irse.
Se preguntó si la recordaría de algún modo.

-Dime dónde encontrarla -la voz de Pedro sonó firme, exigente, casi desesperada-. Sé que tienes su nombre y su apellido en tus archivos. Déjamelos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario