Un nutrido grupo de señoras mayores dio la bienvenida a Paula cuando llegó a casa del trabajo el jueves por la tarde, casi dos semanas después de sus vacaciones. Había tenido que trabajar hasta tarde y estaba tan cansada que sólo pudo sonreír levemente a las amigas de su madre, que formaban parte del club de auxiliares del hospital y que estaban celebrando una fiesta en el cuarto de estar.
Las mujeres la rodearon en cuanto entró.
-Que agradable volver a verte, Paula.
-Oh, querida, pareces realmente cansada. Estás trabajando demasiado.
-Únete a nosotras, Paula. Hay comida y bebida de sobra.
A Paula le habría encantado seguir caminando hasta su dormitorio para meterse directamente en la cama. No le molestaba en lo más mínimo que su madre estuviera dando una fiesta, pero esa tarde no se sentía de humor para unirse a la celebración.
De manera que, esforzándose por mantener la sonrisa, aceptó una porción del pastel que había preparado la señora O'Leary. No queriendo ser menos, la señora Burleson insistió en que probara su crema de limón, y la señora Avery sus galletas.
Ernestine llevó a su hija un vaso de té helado.
-Dick te ha tenido trabajando hasta tarde, ¿no? -preguntó, en un tono que expresaba a la vez desaprobación y preocupación.
-Tenía que terminar un papeleo -explicó Paula, reprimiendo un gemido al ver a Lucy Bettencourt ligeramente inclinada hacia ellas.
Sin duda alguna, Lucy era la cotilla más avezada de Campbellville. Nada escapaba a sus oídos, y siempre estaba dispuesta a inventar los detalles sobre los que no había logrado estar al tanto. Aunque nadie habría tenido el valor de acusarla de mentir, por supuesto. Enfrentarse a ella era una garantía segura de acabar en su lista negra.
Paula siempre se cuidaba mucho de lo que decía cuando Lucy estaba cerca.
-¿Dónde están tus preciosos gemelos? -preguntó.
-Miranda está pasando la tarde con su amiga Jessica y Michael va a pasar la noche en una tienda de campaña en el jardín de Nick Whitley.
La señora Bettencourt asintió.
-La pequeña Jessica Helper es una niña muy dulce. Es una pena que su madre tenga la nariz tan torcida, aunque puede que algún día se la arreglen. He oído decir que Tom ahorró lo suficiente para arreglarse la suya hace unos años -tras chasquear la lengua, la imparable señora continuó hablando-. Pero el joven Nick me preocupa. Su padre era igual de travieso a su edad. Si su abuelo no se hubiera ocupado de él en determinado momento, habría acabado siendo un delincuente juvenil. Será mejor que vigiles a tu hijo si anda mucho con él.
Paula tuvo que morderse la lengua para no decirle que se metiera en sus asuntos.
Lanzando una admonitoria mirada a su hija, Ernestine intervino rápidamente.
-Siempre estamos muy atentas a lo que hace Michael, Lucy. Es un buen chico y nunca ha dado problemas.
Lucy miró de reojo a Paula y asintió.
-Estoy segura de que os sentís muy orgullosas de él. Michael y su hermana son muy guapos. Se parecen mucho a ti Paula, excepto en la forma de sus ojos. En eso debieron salir a su padre.
Había un matiz de pregunta en aquella última frase. Lucy llevaba mucho tiempo tratando de averiguar quién era el padre de los gemelos. Ya que Campbellville se hallaba a más de dos horas de Honoria, nadie estaba allí al tanto de la humillación sufrida por Paula, y así quería ésta que siguieran las cosas.
Paula decidió en ese momento cambiar de tema.
-¿Qué tal está Gareth, Lucy? He oído decir que se está recuperando muy bien de la operación.
El truco funcionó. Lucy saltó de inmediato a describir paso por paso la reciente operación de hernia sufrida por su hijo pequeño.
“Un tema delicado evitado”, pensó Paula, aliviada. Pero sabía que surgirían otros, sobre todo al ver a la mejor amiga de Lucy, Marie Butler, mirando en su dirección.
Marie aún estaba enfadada con Paula porque ésta había rechazado a su hijo Eric, que la había perseguido pública y decididamente durante más de un año, hasta reconocer finalmente su derrota. Eric era un hombre agradable, pero Paula no se había sentido atraída por él.
Envió a Marie una dulce sonrisa y volvió la cabeza de nuevo hacia la señora Bettencourt.
Iba a ser una larga tarde.
Más larga de lo que esperaba.
Para alivio de Paula, la fiesta empezaba a dar muestras de llegar a su fin cuando Mirando regresó a casa.
Paula notó enseguida que Miranda había vuelto a maquillarse demasiado.
Estaba segura de que las amigas de su madre cotillearían luego sobre lo mala madre que era.
Con admirable paciencia, Miranda se sometió al interrogatorio de las señoras, aunque en determinado momento lanzó a su madre una mirada de auxilio.
Paula se levantó, pasó un brazo por los hombros de su hija y dedicó una sonrisa a las señoras.
-Si me disculpan, se está haciendo tarde. Voy arriba con Miranda para que me cuente que tal le ha ido la tarde mientras se prepara para ir a la cama. Buenas noches.
Fueron despedidas por un coro de “Buenas noches”.
Miranda empezó a hablar de la película que había visto en cuanto salieron del cuarto de estar.
-¡Es una maravilla de película! Es la tercera basada en los libros de Pedro Alfonso, ¿recuerdas? Código de Honor, Código de Silencio y Código de Acero.
Paula recordaba que la película estaba prohibida para menores de trece años y que había permitido que su hija fuera a verla después de que los padres de Jessica le aseguraran que no era peor que la típica película de policías y ladrones y que el guión era mejor que la mayoría.
-¡Pedro Alfonso es el mejor escritor que existe! -continuó Miranda, entusiasmada-. Sus películas son divertidas y excitantes. Últimamente ha salido en un montón de programas de la tele. Es súper atractivo, y Jessica piensa que debería protagonizar sus propias películas... aunque es un poco viejo. Más o menos de tu edad.
-Muchas gracias -dijo Paula en tono irónico. Miranda rió.
-Oh. Lo siento. No pretendía decir que tú eres vieja, por supuesto.
-No, por supuesto.
-Así que, el protagonista...
Acababan de llegar a lo alto de la escalera cuando el timbre de la puerta interrumpió a Miranda. Paula suspiró.
-Será mejor que vaya a ver quién es. Enseguida vuelvo.
Fue consciente de que Miranda se quedó donde estaba mientras ella bajaba.
-¿Quién es? -preguntó Ernestine, asomándose a la puerta del cuarto de estar.
-Aún no lo sé, mamá -replicó Paula con forzada paciencia-. ¿Esperas a alguien más?
-No a esta hora.
Paula pensó de inmediato en Michael, esperando fervientemente que no hubiera habido ningún problema con su plan de acampada. Abrió la puerta rápidamente.
La luz amarillenta del porche iluminó un rostro que había estado presente en los sueños y fantasías de Paula durante casi dos semanas. Por un momento, se preguntó si estaría soñando.
-¿Pedro? -su voz surgió en un susurro, apenas audible a sus propios oídos.
-Olvidaste despedirte -dijo, con la voz grave que tantas veces había escuchado Paula en sus sueños últimamente.
-No puedo creer que estés aquí -murmuró. Fue incapaz de ocultar su placer al verlo, y por un largo y destellante momento, olvidó todo lo demás.
Sin apartar la mirada de sus ojos, Pedro tomó su mano y la besó en la palma.
-Te he echado de menos -dijo, con devastadora sencillez.
-¿Paula? -Ernestine habló en tono impaciente tras su hija-. ¿Quién es?
Volviendo bruscamente a la realidad, Paula apartó su mano de la de Pedro.
¡Pedro estaba allí! El hombre que había conocido brevemente durante las vacaciones, el hombre cuyo apellido ni siquiera sabía... la había seguido hasta allí. ¿Y qué iba a hacer con él ahora?
¿Por qué cada vez que hacía algo fuera de lo normal se veía perseguida por ello?
Pedro la miró con gesto de disculpa.
-Parece que no he venido en buen momento. ¿Tienes invitados?
-Son las amigas de mi madre -respondió Paula automáticamente-. Están a punto de irse. No puedo creer que estés aquí.
La expresión de Pedro se volvió ligeramente taciturna.
-Eso ya lo has dicho.
Paula se dio cuenta de que Pedro seguía en el porche y ella estaba a medias fuera y a medias dentro, mientras su madre y su hija husmeaban a sus espaldas, esperando averiguar quién se había presentado a aquellas horas. Dudó un momento antes de invitarlo a pasar. Tenía la inquietante sensación de que, una vez que Pedro entrara, su vida no volvería a ser la misma.
No podía decirse que Paula se había arrojado en sus brazos para darle la bienvenida.
Pedro quería creer que había sido placer lo que había iluminado su rostro al verlo. Cuando alzó una mano para tocarlo, sintió que se alegraba tanto de verlo como él de verla a ella. Entonces, alguien le habló y el temor que vio en su rostro la última noche en la isla volvió a transformar su expresión.
¿Por qué tenía miedo Paula de lo que sentía por él? ¿Se habría equivocado siguiendo su instinto y buscándola?
Paula pareció dudar una eternidad antes de apartarse de la puerta para dejarlo pasar.
-Pasa, por favor -dijo, en un tono de rígida amabilidad.
Lo que Pedro quería hacer era estrecharla entre sus brazos y besarla con todo el anhelo que había ido creciendo en su interior aquellas semanas. Durante ese tiempo había tratado de convencerse de que al verla se calmaría su afán, pero se había equivocado. La deseaba tanto como la última noche, cuando, reacio, la dejó ante la puerta de su cabaña.
Tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para no abrazarla allí mismo.
Tras Paula se hallaba una mujer mayor de ojos azules y cabello blanco rizado que lo miró con suspicacia. Una joven rubia excesivamente maquillada bajaba las escaleras, observándolo con curiosidad. El parecido de la chica con Paula y la otra mujer hizo pensar a Pedro que debía haber alguna relación familiar entre ellas.
Paula confirmó sus sospechas.
-Mamá, éste es mi amigo Pedro... -lo miró rápidamente, recordándole que aún no le había dicho su apellido.
El pensó que era una agradable novedad conocer a una bella mujer que no se sentía atraída hacia él por su fama o fortuna.
-Pedro Alfonso -dijo con suavidad, dedicando su sonrisa más encantadora a la madre de Paula.
Esta no pareció especialmente encantada.
-Ernestine Chaves -dijo, con un leve asentimiento de cabeza-. No es de por aquí, ¿no?
-No -admitió Pedro-. Es la primera vez que vengo a esta zona -mientras hablaba, vio que varias mujeres de mediana edad se reunían en el umbral de entrada al cuarto de estar, mirándolo con evidente curiosidad. Daba la sensación de que nunca habían visto a un desconocido.
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