domingo, 22 de febrero de 2015

Capitulo 10 -Conquistandote-

Pedro pensó que debería haber llamado antes. Era evidente que Paula estaba anonada, y a su madre no parecía haberle hecho demasiada gracia la interrupción de su reunión. No pudo evitar pensar en las frecuentes advertencias de su madre respecto a su carácter impulsivo, que, según decía, algún día lo iba a meter en un lío.
De pronto, la adolescente de la escalera dio un grito ahogado, haciendo que todos miraran en su dirección. Pedro notó que lo observaba con auténtico asombro. También tenía los ojos azules y se parecía mucho a Paula. ¿Sería una hermana pequeña? Era posible que Ernestine Chaves hubiera tenido una hija siendo ya mayor.
-¡Oh, Dios mío! -exclamó la joven, sin apartar la mirada de él-. ¿Tú sabes quién eres?
Ya que no era la primera vez que alguien que lo reconocía le hacía aquella extraña pregunta, Pedro se limitó a asentir y a murmurar:
-Sí, lo sé.
“Y debería habérselo dicho a Paula antes”, pensó, viendo que Paula miraba a la niña con gesto interrogante.
-¿De qué estás hablando, Miranda?
-Oh, vamos, mamá, tienes que saber quién es -susurró Miranda, casi vibrando de excitación-. ¡Es Pedro Alfonso!
“¿Mamá?”
Pedro miró a Paula, preguntándose si habría oído mal, pero intuyendo que no. Aquella era la hija de Paula. ¡Esperaba que no hubiera también un marido en alguna otra habitación de la casa!
Paula miró a Pedro con gesto aturdido. Al parecer, aunque no hubiera reconocido su rostro, sí conocía su nombre.
Ernestine miró a su hija y a su nieta con el ceño fruncido.
-¿Quién has dicho? -preguntó a ésta última.
-Es Pedro Alfonso. El novelista y guionista de Hollywood. El que escribió los tres Códigos y el guión de las tres películas. ¡No puedo creerlo! Acabo de ver tu última película. Es la mejor de todas -dijo Miranda, entusiasmada.
Para entonces, todo el mundo se había reunido en el vestíbulo para mirar a Pedro. Y éste estaba deseando que se lo tragara la tierra.
Sintió la mirada de Paula fija en su rostro mientas forzaba una sonrisa dedicada a su hija. “¡Su hija! ¡Oh, diablos!”
-Gracias -dijo.
Un murmullo de excitadas voces precedió al sonido del timbre de la puerta.
Ya que todo el mundo parecía demasiado concentrado en él como para haber escuchado el timbre, Pedro empezó a preguntarse si tendría que abrir él la puerta. Finalmente, Paula se movió, cuidándose de no rozarlo al pasar junto a él.
Cuando abrió la puerta, Pedro vio a un policía uniformado con un adolescente de expresión compungida a su lado.
-Siento molestarla, señorita Chaves, pero tenemos que hablar un momento -dijo el agente.
Paula miró de inmediato al joven, que, según notó Pedro con un creciente sentimiento de perplejidad, se parecía lo suficiente a Miranda como para ser su gemelo.
-Oh, Michael -gimió Paula- ¿Qué has hecho?
Pedro había pensado sorprender a Paula presentándose en su casa sin avisar.
No tenía ni idea de que el más sorprendido iba a ser él.

Paula temía preguntarse qué más podía suceder esa tarde. Aún estaba tratando de hacerse a la idea de que Pedro, ¡Pedro Alfonso!, estaba allí. Y ahora, Michael había sido oficialmente escoltado a casa desde lo que se suponía iba a ser una inocente acampada.
Las damas del club de cotilleo iban a tener mucho de qué hablar al día siguiente, pensó, dolorosamente consciente de las miradas de curiosidad que en aquellos momentos caían sobre ella.
Sólo podía enfrentarse a una crisis por vez. Miró a su madre con gesto de ruego y, de inmediato, ésta hizo pasar a todas sus invitadas al cuarto de estar. Para alivio de Paula, Miranda y Pedro siguieron a los demás, dejándola a solas con su hijo y el oficial Henshaw
-¿Qué ha pasado? -preguntó.
Michael no dijo nada.
-He pillado a su hijo rompiendo buzones en Bichop Road con otros muchachos -dijo el oficial-. Le hemos explicado que el vandalismo es un delito serio y que podría ser oficialmente denunciado por un delito federal de intromisión en el correo -añadió, en tono severo.
-¿Bishop Road? -Paula miró a su hijo con el ceño fruncido-. Eso está bastante lejos de aquí. ¿Que hacías ahí? Se suponía que ibas a estar en el jardín trasero de Nick Whitley.
Michael se encogió de hombros.
-Todos los chicos lo estaban haciendo. ¿Qué iba a hacer? ¿Quedarme sólo en el jardín?
-Deberías haberme llamado para que fuera a buscarte -dijo Paula, secamente.
Henshaw la miró.
-Ya he tenido una larga charla con él sobre los líos en que puede meterse por hacer lo que hacen otros sin pararse a pensar en las consecuencias. Sabe que podríamos haberlos llevado a todos a comisaria para presentar cargos contra ellos. El jefe Powell y yo hemos decidido darles esta oportunidad, pero, si vuelven a dar problemas, acabaran en el tribunal de menores.
Paula sabía que Henshaw estaba haciendo todo lo que podía para asustar a Michael. Esperaba que funcionara, y, desde luego, estaba dispuesta a contribuir al susto de su hijo para asegurarse de que no volviera a suceder nada parecido.
-Puede que para entonces sea tarde y tenga que enfrentarse a la justicia normal -murmuró, sin apartar la mirada de su hijo.
El oficial Henshaw se esforzó para no sonreír.
 -Le repito que siento haber interrumpido su fiesta, señora Chaves. Michael, debes disculparte con tu madre y tu abuela por haberlas avergonzado de este modo, ¿me oyes? Y procura que no vuelva a tener que traerte a tu casa de esta manera.
Michael negó con la cabeza.
-No, señor.
Paula deseó que su hijo hubiera sonado más arrepentido. Aún no podía creer que hubiera hecho aquello.
En cuanto el agente se fue, Paula se volvió hacia Michael.
-Ve a tu cuarto -dijo, en un tono de voz que no admitía réplica-. Hablaremos en cuanto las invitadas de tu abuela se hayan ido.
-Pero todas mis cosas están en casa de Nick...
-Y allí se quedarán hasta mañana -replicó Paula-. Ve a tu cuarto ahora mismo.
Michael se encaminó hacia las escaleras. Paula tuvo que respirar profundamente para recuperar el aplomo antes de entrar en el cuarto de estar. De inmediato vio a Pedro en el sofá, rodeado por las amigas de su madre, que parecían encantadas de tener delante a una celebridad de Hollywood.
De manera que no había sido una alucinación, pensó, aturdida. Pedro estaba allí.
¿Cómo la había encontrado? Y, más importante, ¿por qué?
-¿Va todo bien, Paula, querida? -preguntó Lucy Bettencourt en tono dulce y con mirada anhelante.
Paula forzó una sonrisa.
-Sí, todo va bien. Me temo que Michael y sus amigos han hecho alguna trastada, pero ya está resuelto.
Lucy movió la cabeza y chasqueó la lengua.
-Te advertí sobre ese Nick Whitley -murmuró-. Ese chico ha nacido para meterse en problemas, y no debe arrastrar a tu hijo consigo.
Varias de sus amigas asintieron seriamente. Otras parecieron incómodas por Paula.
Barbara Mitchell, una de las vecinas favoritas de Paula, cambió rápidamente de tema.
-El señor Alfonso nos estaba diciendo que os conocisteis durante las vacaciones -dijo, dedicando una radiante sonrisa a Pedro.
-Les he explicado que me invitaste a Campbellville para la investigación que estoy haciendo sobre las pequeñas poblaciones sureñas -dijo Pedro rápidamente, y Paula se preguntó si alguna de las mujeres que había en el cuarto de estar sospecharían que estaba mintiendo descaradamente.
-¿Os imagináis? Nuestro pequeño Campbellville como centro para un bestseller -dijo Analee Grimes, maravillada-. ¿No sería fantástico?
Pedro sonrió.
-No utilizaría Campbellville en sí, por supuesto -aclaró-. Mis libros son una serie sobre agentes de policía que luchan con los criminales en un futuro no muy lejano. He pensado que sería interesante crear un sur futurista. He venido para captar la atmósfera.
Las damas escucharon atentamente sus explicaciones, fascinadas.
Ernestine miró de Paula a Pedro y luego señaló su reloj.
-Dios santo -dijo, en tono suficientemente alto-, se está haciendo realmente tarde, ¿no os parece?
Barbara Mitchell se levantó de inmediato.
-Desde luego. Será mejor que nos pongamos en marcha.
Lucy Bettencourt mostró cierta reticencia a irse, pero Barbara no le dio la más mínima oportunidad.
En cinco minutos, todas las damas del club se habían ido, dejando sola a la familia Chaves con Pedro. Paula notó que Miranda lo observaba como esperando que en cualquier momento le saliera otra cabeza.
Ernestine no parecía especialmente contenta.
-¿Qué ha hecho Michael para que lo haya tenido que traer a casa la policía? -preguntó.
-Hablaremos de eso más tarde -contestó Paula con calma-. Mamá, Miranda, ¿podríais darme un momento para hablar en privado con mi invitado, por favor?
-Oh, mamá. No puedo creer que conozcas a Pedro Alfonso -Miranda logró volver la mirada un momento hacia su madre-. Michael se va a volver loco cuando lo sepa. ¿Por qué no nos lo habías dicho?
Evitando la mirada de Pedro. Paula hizo un gesto para que su hija saliera del cuarto de estar.
-Ve a lavarte la cara -dijo-. Es casi la hora de acostarte.
Miranda pareció dispuesta a discutir, pero debió sentir que no era el momento más adecuado para hacerlo. Reacia, salió del cuarto.
-Michael está arriba, mamá -dijo Paula, dirigiéndose a su madre-. Estaría bien que le pidieras que te contara lo que ha hecho esta tarde.
Tener que confesar a su abuela lo ocurrido sería un castigo casi tan serio para Michael como el que tenía planeado ella. Michael escucharía el viejo sermón sobre no avergonzar a la familia, sobre conservar la reputación en la comunidad y enorgullecerse de su apellido. Sólo Dios sabía cuántas veces había escuchado Paula aquella monserga durante su juventud... aunque eso no le impidió humillar a su madre, pensó, no sin cierta ironía.
¿Corría el peligro de volver a hacerlo?

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Aca los dos capitulos!! Espero sus comentarios! Porfavor, comenten si? Gracias por leer Tw: Floor_PauChaves

3 comentarios:

  1. Me muero con las amigas de la madre!!! Conozco a un par como esas jajaja mimiroxb

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  2. muy buenos ... quiero que Paula le cuente a Pedro que esta sola ... mmmmmm muero x leer eso

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  3. Qué geniales los 2 caps. Muchas cosas que contar por parte de los 2. Subí más seguido x favor.

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